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Lo golpeaban y encerraban en el baño de la escuela y recién a los 33 pudo viajar solo: “No hacía nada, solo existía”
Entre Mendoza y San Luis, construyó una “valija de herramientas” para enfrentar los ataques de pánico y el peso del pasado; hoy, a través de su libro, busca demostrar que un diagnóstico no es un destino, sino un punto de partida
Uno de los primeros recuerdos relacionados con el miedo, Iván Nesteruk lo asocia al recreo. Parece algo simple, pero le tenía temor al momento en que sonaba el timbre. Ahí aparecían las burlas, los apodos, los empujones y, a veces, los golpes. El aula, incluso con todo lo que también podía pasar ahí adentro, le daba una sensación mínima de resguardo. Aunque muchas veces hasta responder una pregunta bien o recibir una nota buena en voz alta era motivo de burlas. “Una situación que me marcó mucho fue que me encerraran en un baño de la escuela después de empujarme y pegarme. Pasó dos veces. Y sé que para algunas personas puede sonar como una ´travesura´, porque incluso cuando lo conté de grande hubo quienes lo minimizaron. Pero yo tenía 10 u 11 años. Y lo que más me marcó no fue solamente el encierro físico, sino lo que significó emocionalmente: sentir que nadie me defendía, que nadie me buscaba, que yo podía desaparecer ahí adentro sin que pasara nada”, rememora Iván.Aprender a callarIván se sentía invisible porque, durante mucho tiempo, intentó pasar desapercibido para no dar motivos a las burlas. Incluso cuando pidió ayuda dentro de la escuela, sintió que las consecuencias fueron peores, así que aprendió a callar. En su casa, en cambio, prefería guardar silencio sobre muchas cosas: lo hacía para proteger ese espacio y que siguiera siendo, al menos allí, un lugar feliz.“Empecé a refugiarme en la lectura, porque me llevaba a otros mundos, y en la escritura, porque ahí podía inventarlos yo. En esos lugares no había peligro”. Seguía yendo a la escuela, pero empezó a desarrollar dolores físicos: retorcijones y cólicos tan fuertes que lo doblaban en la cama. Pasó por muchos estudios médicos y nunca apareció una causa específica que explicara por completo lo que le sucedía; en ese momento no se hablaba tanto de cómo el cuerpo también puede expresar el sufrimiento emocional.Fuera de la escuela se refugiaba en su casa, compartiendo tiempo con su hermana, leyendo y escribiendo. La lectura se volvió un escape imprescindible. ¿Qué pasó en la secundaria?En la secundaria el acoso fue más verbal que físico, pero igual se aisló mucho, sobre todo durante los primeros tres años. Le costaba muchísimo ir a juntadas o relacionarse con grupos grandes. Además, muchas de las situaciones dolorosas habían venido de chicos mayores, así que esa diferencia de edad se convirtió en una alerta constante.Años después, cuando terminó la secundaria, se fue de su pueblo, Bowen, en el sur de Mendoza, a estudiar a San Luis. Fue allí, ya en la universidad, donde tuvo su primer ataque de pánico. Hasta ese momento no había relacionado lo vivido en la infancia y la adolescencia con su salud mental. Percibía síntomas físicos, miedos y ansiedad en niveles desproporcionados para las situaciones que enfrentaba, pero no entendía de dónde venían.“Escuchar un diagnóstico y empezar un tratamiento fue un antes y un después”Tras muchos chequeos médicos, le diagnosticaron Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG) con crisis de pánico. Recién entonces empezó a ponerle nombre a lo que le pasaba.“El primer paso no lo di completamente por voluntad propia, sino porque mi cuerpo ya no podía sostener todo lo que yo venía callando. Después de varios episodios y los estudios médicos que daban bien, un médico de mi pueblo fue quien entendió que lo que me pasaba necesitaba otro tipo de abordaje y me derivó de urgencia a un psiquiatra. Siempre digo que, en algún punto, la ayuda llegó a mí cuando mi cuerpo empezó a hablar por todo lo que yo había silenciado durante años. Y aunque yo tenía conciencia de que algo no estaba bien, escuchar un diagnóstico y empezar un tratamiento fue un antes y un después”.