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La ciudad que quedó bajo el agua y hoy es meca del turismo
Fue trasladada por la fuerza en 1979 antes de desaparecer por la construcción de una represa; 15 años después, resurgió gracias al agua termal.
Hay ciudades que tienen una historia. Federación tiene tres. O quizás sería más preciso decir que Federación tuvo que reinventarse tres veces antes de convertirse en lo que es hoy: un destino turístico del litoral argentino que recibe más de 330.000 visitantes al año y que debe su existencia presente, en buena medida, a una catástrofe planificada. El agua fue su verdugo y su salvación. Primero el río Uruguay, que en 1979 la sepultó bajo el embalse de Salto Grande. Después el Acuífero Guaraní, que 15 años más tarde brotó del subsuelo a 42 grados y devolvió a la ciudad una razón para existir. Pero esa es la última parte de la historia. Para entenderla, hay que empezar mucho antes.El verdadero origen de Federación está atado a los próceres de la Patria: se remonta a 1777, cuando don Juan de San Martín, padre del Libertador y gobernador de la jurisdicción de Yapeyú, fundó la Estancia Mandisoví como posta en el sistema de transporte de mercaderías entre los pueblos misioneros y el puerto de Buenos Aires. El 16 de noviembre de 1810, Manuel Belgrano firmó el decreto que transformó esa estancia en Villa Mandisoví para darle rango de pueblo. Es la fecha que se considera el origen de la primera Federación.El traslado llegó en 1847. Las guerras habían despoblado la región y el gobernador Justo José de Urquiza decidió refundar el pueblo 38 kilómetros al sur, sobre la barranca del río Uruguay, con un nuevo nombre: Pueblo de la Federación, en homenaje a la causa federal y a la divisa de Juan Manuel de Rosas, “Federación o Muerte”. Fue allí donde más tarde la comunidad alcanzaría su época de esplendor. El lugar en el que la industria maderera floreció, llegaron inmigrantes y el ferrocarril, donde se construyó una ciudad real con plaza central, iglesia, biblioteca popular, cine y club social. La ciudad se fue modelando, como describieron las investigadoras María Rosa Catullo y Beatriz Patti, al ritmo del surgimiento gradual de sus necesidades y de la acumulación de las experiencias vitales de sus habitantes. Ese arraigo duraría poco más de un siglo. En 1946, un acuerdo firmado entre Argentina y Uruguay en Montevideo sentenciaría su destino.Una larga pausaEse año el presidente Juan Domingo Perón firmó el tratado binacional con el presidente uruguayo Tomás Berreta para la construcción del Complejo Hidroeléctrico Salto Grande. El objetivo principal era la producción de energía; la consecuencia inevitable, la desaparición de Federación bajo las aguas del embalse. Desde ese momento, la ciudad entró en un estado peculiar: sabía que iba a morir, pero no exactamente cuándo. Las obras de la represa no comenzaron sino hasta julio de 1974. Fueron 28 años de incertidumbre.La espera tuvo consecuencias concretas. Durante ese lapso, fue “una ciudad en pausa”, según cuenta Tabaré Santiago, exconcejal, nacido en la Nueva Federación e integrante de una de las familias relocalizadas. La gente dejó de cuidar las casas, de hacer reformas, de plantar árboles. “No se soportaba más el abandono”, recuerda, citando a su madre, Alicia Buchanan.En octubre de 1974, el gobierno provincial intentó darle un marco democrático al proceso con un plebiscito para elegir el emplazamiento de la nueva ciudad. Sin embargo, según documentaron Catullo y Patti, los resultados del equipo técnico fueron manipulados por una disputa interna en el gobierno provincial, atravesado por el clima del momento: la presencia de tendencias revolucionarias peronistas y los sectores más tradicionales del Partido Justicialista. Ese mismo año se creó un organismo conjunto con la Comisión Técnica Mixta (CTM), llamado ENFYSA, para planificar la construcción. Para diciembre de 1975, ese equipo ya tenía listo un primer proyecto urbano, que nunca se dio a conocer. El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 lo enterró.La ciudad que diseñó la dictaduraLa dictadura descartó ese primer proyecto con una acusación: era el resultado del “ala izquierdista” del gobierno anterior, una obra calificada de “comunista”. En su lugar, encomendó al equipo de arquitectos Pasinato, Soler, Viarenghi y Asociados el diseño de una nueva ciudad. El plazo: ocho meses para trazar desde cero el tejido urbano para 5000 personas.El proyecto que se ejecutó fue una versión recortada del original. Según el análisis de Catullo y Patti, se eliminaron edificios clave —la Municipalidad, la Dirección Departamental de Escuelas, el centro cultural y deportivo en su totalidad— y no se construyeron clubes ni espacios de reunión. La vieja Federación tenía cine, asociaciones barriales y festejos populares. La dictadura los obvió. Y el diseño no contemplaba ni siquiera un espacio para una plaza central. En el esquema de cualquier pueblo argentino, la plaza es el corazón de la vida pública, pero la Nueva Federación nacía sin corazón. “No construyó ninguno de los edificios culturales”, sintetiza Estefanía Santiago, hermana de Tabaré, artista visual —cuya obra está referenciada a su lugar de origen— e hija de federaenses relocalizados. “Lo primero que construyeron fue la Prefectura y la cárcel”, revela. La construcción se inició en 1977, a unos cinco kilómetros al norte de la Vieja Federación, también sobre la costa del río Uruguay. En 16 meses, algo parecido a una ciudad estaba en pie. Las 1015 viviendas venían en cuatro estándares de terminación según el poder adquisitivo del destinatario, pero el sistema de adjudicación fue por sorteo, no por continuidad barrial. Las familias que habían sido vecinas durante décadas quedaron dispersas al azar. “Lo que se hizo fue una separación de clases”, explica Estefanía. “Dependiendo del tipo de casa que tenías, te localizaban en un determinado barrio. También eso determinaba el tipo de piso: baldosa o parquet”.Tabaré recuerda la arquitectura con algo de alucinación: “Mucho hormigón, mucho concreto. Ideas de ciudades como Brasilia. Las formas geométricas, los ojos de buey circulares, las líneas rectas de las casas, de las veredas... todo era perfecto. A nosotros nos tocó entrar a jugar en esa ciudad nueva de concreto, con calles de barro”.Hubo además un problema que nadie había previsto: prácticamente nadie tenía título de propiedad en la vieja Federación. Para acceder a una casa nueva, había que demostrar que la vieja era propia. “Fue un quilombo”, recuerda Estefanía. “Mi viejo, Carlos, era el único abogado del pueblo y de repente tuvo que trabajar muchísimo para lograr que la gente pudiera hacerse de su título”, cuenta.La demoliciónEl traslado comenzó en marzo de 1979. La dinámica fue brutal: a medida que las familias se mudaban, las topadoras demolían sus casas en la vieja ciudad. No había tiempo para esperar, no había posibilidad de retroceder. La Nueva Federación era una maqueta sin culminar: no había hospital, las escuelas no estaban listas, los servicios fallaban. “La vida era muy dura”, cuenta Estefanía, según el relato de sus padres. “No había árboles, no había intimidad, no había cerco, se veía todo”. Se les había prometido que no iban a pagar la luz durante un período prolongado. Jamás se cumplió. Su padre, por encabezar ese reclamo, fue amenazado de muerte.Antes de que el agua subiera, la vieja ciudad fue arrasada hasta los cimientos y todos sus árboles fueron talados. Más de 130 años de historia demolidos: la casa de Guarumba (un caudillo guaraní-criollo), los edificios históricos, la memoria aplastada por las topadoras. Todo, menos la iglesia, que se trasladó parte por parte. “Fue como una guerra”, dice Estefanía. “En un momento cortaron la luz. Mi viejo no pudo soportarlo y se fue solo”, relata. Todavía había familias en la vieja ciudad cuando soltaron el agua.El 25 de marzo de 1979, Jorge Rafael Videla llegó para inaugurar la Nueva Federación que estaba lejos del final de obra. Videla cortó las cintas. El párroco Gilberto Viola pronunció un discurso que el documentalista Néstor Frenkel recuperó en su película Construcción de una ciudad (2007) y que condensa el espíritu de época: “Federación ha renacido como el ave fénix de sus cenizas; después de tantas horas de incertidumbre, de llanto de dolor por su futuro; pero hoy renace nueva, nace alegre, contenta y feliz, porque todos sus hijos se encuentran dichosos”. El 1° de abril comenzó el llenado del embalse. La vieja Federación desapareció bajo el agua. Décadas más tarde, el Concejo Deliberante ordenó retirar las fotografías de la inauguración donde se veía a Videla cortando las cintas. La medida se entendió como un acto reparatorio. Aquella inauguración no había sido una celebración libre sino el acto final de una relocalización compulsiva.El desarraigo heredadoEl impacto psicológico no fue uniforme. “Muchos murieron de tristeza”, dice Estefanía. La historiadora Dina Burna, que tenía alrededor de 30 años cuando ocurrió el traslado, lo describe como “un proceso de duelo que llegaría hasta la tercera generación: para quienes ya éramos grandes, fue pensar en un progreso. Para los mayores, era empezar de nuevo. Para los más chiquitos, era el futuro, una nueva ciudad, qué lindo…”.Lo que se rompió fue el tejido social. El sorteo de viviendas desarmó redes de vecindad construidas durante generaciones. “La gente, al principio, se perdía”, recuerda Dina. “¿Dónde era que vivía mi vecino? Todo eso había que rearmar”, agrega. José Ramírez, periodista y responsable del Museo de los Asentamientos José María Dalorso, lo resume de esta manera: “La estructura de esta nueva ciudad nació en despachos, en reuniones de escritorio, donde quienes le dieron forma a lo urbanístico no tenían nada de relación con esta ciudad ni con lo que era la vieja Federación. Al vecino, esta maqueta le cayó como llena de misterio, de ir descubriendo de a poquito de qué se trataba”. La plaza central se inauguró recién en 1991, 12 años después del traslado. La herida no tiene fecha de cierre. Tabaré lo llama “el desarraigo heredado”: “Si bien yo siempre viví en la nueva, me crié escuchando a mis padres hablando de ‘porque en la vieja ciudad esto y aquello’. Siempre tuvimos