Los Vallejo llegaron desde Corrientes para sembrar algodón en el sur de Formosa: Casi noventa años después, la familia tuvo que dejarlo para sobrevivir

En la colonia El Alba, a unos quince kilómetros de El Colorado, en el extremo sureste de Formosa, César Alberto Vallejo todavía conserva la cosechadora, la sembradora y los implementos que alguna vez dieron vida a sus campañas algodoneras. No están trabajando. Tampoco fueron vendidos, sino que esperan. Esos fierros, igual que él, que algún día los números vuelvan a cerrar.
Vallejo tiene 50 hectáreas y se define a sí mismo como “pequeño productor”. Lo dice casi como una presentación formal en dialogo con Bichos de Campo, pero también como una manera de explicar el lugar desde el que habla, que no es ni más ni menos que el de quienes producen con la familia, con pocas hectáreas y con una economía que depende tanto del clima como de los precios.
En esa parte de Formosa, el clima nunca da tregua: “Cuando vienen las lluvias, vienen con todo, y cuando faltan, se van rápido por las altas temperaturas”, resume César, acostumbrado a convivir con meses enteros de sequía y, de golpe, tormentas capaces de dejar cientos de milímetros en pocos días.
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Pero el clima no fue lo que terminó corriendo al algodón de la colonia. Fue la economía. “Ya no nos dio más”, dice, sin demasiadas vueltas César.
Es que durante décadas el algodón fue la razón de ser de la zona. Los abuelos de César llegaron desde Corrientes en 1938 y encontraron una colonia que era prácticamente un mar blanco. “El Alba era totalmente algodón”, recuerda.
Después llegaron años mejores y años peores. Hubo momentos en que el cultivo retrocedió y otros en que parecía recuperar el terreno perdido. Uno de esos renacimientos ocurrió entre 2010 y 2012, cuando el sistema de surco estrecho empujó un nuevo salto productivo y muchos pequeños productores volvieron a entusiasmarse.
“Nos acompañaron técnicos e ingenieros para producir más y mejor”, recuerda.
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Aquellos años dejaron imágenes difíciles de olvidar para quienes las vivieron desde el interior profundo de Formosa. El Congreso Mundial del Algodón se realizó en la provincia y llegaron representantes de 48 países productores.
“Demostramos lo que sabíamos hacer los pequeños productores de la zona”, cuenta César con un orgullo que todavía se nota en la voz. Pero también llegaron las inversiones.
La cosechadora Dolbi, las sembradoras, las desmotadoras instaladas cerca, la posibilidad de no tener que viajar al Chaco o a Santa Fe para comercializar la producción. Parecía que el algodón había vuelto para quedarse. Pero volvió a irse.
“El costo de producir algodón hoy es muy alto y el precio es muy bajo”, resume Vallejo.
Mirá la entrevista completa con César Alberto Vallejo:

Para muchos, la ecuación dejó de cerrar. Los gastos de implantación, manejo y cosecha terminaron por empujar a muchos productores hacia cultivos menos rentables, pero también menos riesgosos. Solo quedan produciendo algodón en la zona algunos medianos o agricultores, con capacidad financiera más alta. Entonces llegó el repliegue.
“Nos achicamos y producimos lo que consumimos, básicamente”, describe Vallejo.
La chacra que antes vivía del algodón hoy produce mandioca, batata, maíz y zapallo. Parte se consume en la propia familia y parte se vende en las ferias francas y en las plazas de los pueblos cercanos.
“Ahí vendemos nuestros productos para llevar las cosas que nos hacen falta en el campo”, explica.
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La transformación económica fue también una transformación cultural, porque abandonar el algodón no fue simplemente cambiar un cultivo por otro, sino que fue abandonar el trabajo que habían hecho los abuelos, el que hicieron los padres y el que ellos mismos aprendieron desde chicos.
“Nos duele mucho que termine este producto que nos hizo nacer y crecer acá en nuestra colonia”, dice.
La frase aparece sin dramatismos ni golpes de efecto, pero alcanza para explicar varias décadas de historia rural del norte argentino. El algodón no era solamente un ingreso. Era paisaje, era trabajo compartido, era movimiento de camiones, era empleo en las desmotadoras, era conversación de campaña y era identidad.
Por eso, cuando se le pregunta si todavía piensa en volver, la respuesta sale casi automáticamente: “El productor no pierde nunca la esperanza”.
Mientras, la cosechadora sigue ahí. La sembradora también.
“No las vendimos porque cuando se dé vuelta un poquito lo que nos está ocurriendo, seguramente volveremos al algodón, porque eso no se pierde. Eso lo tenemos grabado”, anuncia el formoseño
Quizás esa sea la mejor definición de lo que ocurre hoy en muchas colonias algodoneras del norte argentino. El algodón dejó de estar en los lotes. Pero todavía sigue sembrado en la memoria.
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