Con el cierre del último tambo de Margarita, en el norte santafesino, no solo se comprenden las lágrimas derramadas por la familia Cancián sino todos los padecimientos que viven los pequeños productores de leche

En Margarita, una localidad del norte de la provincia de Santa Fe, ubicada a poco de Vera y de Reconquista, el 17 de junio se dio un hecho que quedará en la historia de una colonia que se desarrolla a la vera de la Ruta Nacional 11. Ese día, a la tarde, fue el ordeño final del último tambo existente en el distrito.
El establecimiento nació por iniciativa de “Mito” Cancián, después de una de las tantas temporadas de crisis en la agricultura. “No había para comer, vendió una vaca de color que tenía, le compró a un tambo de la zona unas Holando y así arrancó”, recuerda un memorioso.

El 1° de marzo de 1980 Cancián entregó por primera vez leche cruda a la Milkaut de entonces, 80 litros en la planta de Reconquista. Ahí comenzaba una tradición que se prolongaría por tres generaciones.
Desde el tambo recorrían ocho kilómetros por un camino de tierra con los tachos, para que el camión busque la producción de ese entonces, que llegó a crecer hasta los 200 litros, siempre ordeñados a mano.
En 1996 Mito empieza a trabajar a medias con uno de sus cuatro hijos hasta 2001, cuando se jubiló para alquilarle la tierra y 35 vacas que daban 300 litros de producción y sustento a la familia.
Ese tambo a principios de los 2000 sostenía las carreras universitarias de tres hijos, a varios kilómetros de distancia en Esperanza. Ese era entonces el poder de compra de la leche.
“Yo estudiaba veterinaria, me la rebuscaba con algunos trabajos y volvía los fines de semana a ayudar en el tambo, porque mis hermanas también cursaban Agronomía y Administración de Empresas. Mientras, mis viejos trabajaban en el campo, ni nosotros sabíamos cómo hacían, pero todo eso fue un sacrificio de familia”.

En 2013 Damián Cancián, hijo de Mito, se recibió y volvió al campo con la idea de empezar a industrializar la leche. “Llegamos a sacar 2000 litros por día casi, con unas cien vacas”, pero la idea de crecer los llevó a incorporar un empleado que “por mala suerte después terminamos con un juicio laboral y mi viejo no quiso nunca más tener gente en el tambo”.
“Después nos agarró la corriente del niño en 2016, nos liquidó. Tuvimos que vender la mitad de las vacas y muchas vaquillonas”, sacando la leche cada tres días. Con la salida del tractor trasladaban mercadería para toda la colonia, emergencia sobre la que nunca recibieron ayudas.
A partir de ahí Damián aprovechó la oportunidad de comprar la llave de una veterinaria de grandes animales, habiendo sido su papá el que le dijo “andate”, entendiendo la complicación de la producción, que a partir de ahí no tuvo otra opción que achicarse, porque si bien él sigue vinculado a la empresa familiar, la jubilación próxima de Miguel Ángel y de Belkis es lo que apuró la decisión.

“Ultimamente se ordeñaban 20 vacas nomás. Más allá de toda la historia, a nosotros y a mí particularmente me pegó fuerte, porque yo nací dentro del tambo. Mi mamá siempre se enoja porque dije ´vaca´ antes que mamá y papá. Cumplí 40 años hace unos días y todo este proceso me pegó fuerte. Lloré y mi viejo lloró, porque tuvimos que prescindir de la actividad”.
Pero los motivos no son sólo familiares. Entran en juego cuestiones nada menores como la falta de infraestructura, los malos caminos, el pésimo servicio eléctrico… En la cuenta también entran los valores, los precios y los costos, en una actividad que se concentra por muchos motivos y detrás de la que hay gente que resigna su pasión frente a la realidad.
“Estamos a 30 kilómetros del asfalto, pasaron 46 años de tambo y los caminos siguen siendo los mismos”; además “el tema de la energía eléctrica es el otro problema que tenemos, ya las líneas están muy deterioradas, hemos pasado cinco días sin servicio en la última tormenta grande de febrero., Entonces todas esas cuestiones te llevan a tener que abandonar”.
“En lechería la pregunta no es a qué precio voy a vender sino a qué costo voy a producir”, afirma el especialista Francisco Candiotti

Claro que se resistieron a tomar la decisión. Pensaron en comprar algunos animales más, en no renunciar a las vacas y al tambo. “Pero bueno, lamentablemente, sabíamos que íbamos a renegar cada vez más, aunque con el tambo nunca te vas a morir de hambre, no es sólo un tema de rentabilidad”.
Hay un deterioro en el contexto que hace que hoy ya no pueda vivir y crecer una familia con un tambo de 800 litros, como antes, mucho menos lejos de los pueblos, en una actividad de todos los días del año, con caminos de tierra, electricidad débil y compromisos laborales cada vez más complejos.
“Es una combinación de muchas cosas, pero sobre todo saber que no conseguís personal para laburar lejos del pueblo. En la colonia nuestra sólo están quedando mis viejos allá y unos vecinos que viven en el campo. Hace 15 años querías hacer un partido de fútbol y armabas un equipo, ahora no hay nadie”, dice Damián sobre la zona de Margarita, que entre el ´90 y el 2000 tenía una veintena de tambos.
A eso se agregó con el tiempo la complejidad de la comercialización de la leche, que en los últimos años la hacían en conjunto con otros seis tambos. A medida que fueron quedando solos la competitividad fue disminuyendo por los fletes y las complicaciones de la logística.

Lo que Damián agrega es que se hacía “engorrosa” la negociación del precio en solitario, lejos y sin caminos adecuados para que el camión llegue con comodidad al tambo.
Los Cancián resistieron cinco años desde el que había sido el último cierre de un tambo en la zona, uno que necesitaba mucha inversión en infraestructura interna. Ellos dejaron ahora sin actividad a una sala con espina de pescado, que desde 1998 convertía a ese tambo en el único con esas características en Margarita, incluyendo un equipo de frío.
“Mi viejo nunca tuvo un metro cuadrado de tierra, desde que se jubiló mi abuelo, siempre le alquiló el campo. En 2011 también le alquilamos 170 hectáreas a una tía”. Sobre esas 300 hectáreas que se cortan con un arroyo y campo natural estaba el tambo.
La producción de leche en lo que sería la cuenca Santa Fe norte se basa en rollos, alfalfa, maíz, expeller, picado y silos. Por eso hace algunos años comenzaron lentamente con vacas en recría e invernada como actividad complementaria.
Estuvieron a punto de cerrar sus tambos debido a las inundaciones, pero seis productores lecheros de Santa Fe decidieron unir fuerzas y terminaron creciendo: “Con apoyo acá tirás para adelante”, celebran ahora en Pro Tambo

“La idea era cerrar el tambo a fin del año pasado, porque los viejos ya son grandes y son ellos los que ordeñaban todos los días. Lo fuimos estirando al cierre, hasta que me llamó un productor de Avellaneda, para preguntarme qué iba a hacer y ofreció comprarme todas las vacas que estaban en producción. Él nos puso la fecha, fue el miércoles 17, se ordeñaron a la tarde, se cargaron las 20 en un camión”, relata.
Ese día todos lloraron en el tambo, aunque quedaron dos vacas para seguir dando la leche de todos los días “para mis viejos y para los gatos”.
“Fue impactante el momento, no me los quería cruzar y ellos no me querían cruzar”, dice con la emoción de un cierre de ciclo por el que muchos vecinos lo felicitaron, pero los más cercanos también lo sufrieron.
Los productores santafesinos advierten por un “cóctel que invita al abandono” de los tambos: El sector afronta 37 impuestos diferentes y una carga fiscal del 42%

Ahora se cambió de actividad. “Yo creo que es un poco más tranquila la ganadería de carne, porque ya no hay más gente para el trabajo en el campo. Hoy los robots son un lujo, necesitas 24 horas de energía, que no la tenés. Entonces, cualquier cambio del clima, que hay una tormenta, te quedas sin energía en el tambo que es lo principal y perdés la inversión”.
El tambo se terminó para los Cancián, pero conservan el amor por las vacas, por el trabajo, por todo lo que lograron con la lechería, incluyendo los primeros profesionales en la familia. Ahora será el tiempo de entender ese proceso, de todo lo que faltó, lo que no acompañó, pero también lo que vendrá.
“Como le dijo mi viejo, tenés que quedarte tranquilo, gracias al tambo tenemos todo, lo hiciste gracias al tambo, sin tener campo propio, pero podemos seguir produciendo y también haciendo nuestra vida”, lo consuela Damián.
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