General
Hace 20 años creó un espectáculo con el público dentro de la escena y es un éxito en todo el mundo
El creador de Fuerza Bruta habla de Aven, su show más luminoso, de la necesidad de cambiar todo el tiempo y de una forma de hacer teatro donde el cuerpo, la emoción y la experiencia colectiva pesan más que la palabra
Dice que no puede aburrirse con lo que hace. No lo dice como una frase hecha ni como una consigna motivacional: lo cuenta mientras habla de estructuras de diez toneladas que se mueven durante una función, de una ballena gigante que mira al público, de un túnel de viento al que llama “la máquina de bailar” y de una obra que, incluso después de tres años en cartel, sigue cambiando todos los días.Diqui James, el creador de Fuerza Bruta está al frente de Aven, una experiencia que define como el intento de hacer “el show más feliz del mundo”. Después de años de una búsqueda más urbana, oscura y tensionada, el nuevo espectáculo abre otra zona: la de una belleza asociada a la naturaleza, a la euforia, al festejo y a esa emoción anterior a la palabra que, según James, es el territorio más propio de su lenguaje.—Aven ya lleva tres años. En algún momento dijiste que era la obra más alegre de Fuerza Bruta. ¿Por qué quisiste hacer un show más feliz?—Lo que nos pasó fue que, de alguna manera, en el inicio de Fuerza Bruta, en Wayra y en todo ese proceso, lo que hacíamos era muy urbano. Era un show urbano para gente que vive en la ciudad. Siempre lo urbano fue como la inspiración. A mí siempre me fascinó Buenos Aires, caminar por las calles, descubrir lugares, los edificios. Y después, al viajar a Nueva York, Londres, Tokio, caminar por las calles y sentir como si la geografía urbana fuera el sinónimo de belleza, de búsqueda, de luces.Siempre tuvo un poco ese lugar oscuro, dark, de la ciudad; que la ciudad raspa, la ciudad duele un poco siempre. Y de repente con Aven quisimos hacer el show más feliz del mundo. Fue como una premisa de decir: listo, ya fue la oscuridad. Con Wayra generábamos tensión, algo oprimido, oscuro, y después se liberaba una fiesta. Acá quise lograr acercarme a esa felicidad o esa euforia sin necesidad de pasar por algo oscuro.—¿Qué buscaste entonces?—Los arcos son más emotivo-eufóricos. Siempre buscamos que la gente sienta la certeza de que está todo bien. Como el público forma parte del show y está caminando, y vos estás arriba o alrededor, es muy fácil generar inquietud, algo incómodo o tenso para después liberarlo. Tratamos de salir de ese lugar.Y, por otro lado, empecé a buscar la belleza dentro de la naturaleza, salir de la ciudad y empezar a entender que la belleza está en el mar, en una tormenta, en un animal, en el agua. Entonces empezamos a trabajar la idea de naturaleza artificial: cómo traer la belleza de la naturaleza a un ámbito absolutamente urbano y tecnológico.—¿Esa búsqueda tiene que ver con un momento personal?—Puede ser que haya cambiado mi manera de valorar tanto lo urbano y empezar a volver a valorar lo natural. Puede ser algo personal también. Yo creo que la pandemia me afectó, nos afectó a todos bastante. Fue un momento en el que volvimos a valorar la naturaleza. Tener que estar encerrado en una ciudad es una pesadilla. Y la naturaleza se transformó en un paraíso. Puede ser que se mezcle todo eso.En realidad, nosotros no somos intelectuales. Hago un esfuerzo grande por no sobrepensar por qué quiero hacer una escena o por qué quiero hacer un show. Todo lo que pienso del porqué no me sirve para nada: me sirve para detenerme. Si digo “quiero una ballena que te mire, que la toques, que sea más grande que el espacio”, es eso. Después empiezo a cuestionarme ocho mil cosas: por qué tan grande, es incómodo, no lo podemos mover. Pero necesito mantener ese impulso primitivo de por qué lo quise hacer.—¿Por qué?—Porque cuando se empieza a intelectualizar, la cago. No va por ahí nuestro lenguaje. Cuando vivís el show, todo el tiempo lo que pasa le habla a tu cuerpo, a los sentidos, a la emoción. El show no es para que se te ocurran pensamientos. El viaje no va por lo intelectual ni por que reflexiones. Después, cuando salís, espero que se te haya movilizado todo y seas un poco más feliz, o creas más en que podés modificar cosas en tu vida, que hay cosas bellas, que te pasaron cosas que no pensabas que te iban a pasar y eso te saque del teléfono. Que hayas vivido una experiencia colectiva que te hace bien.—Hablás mucho de una emoción anterior a la palabra—Sí, tiene que ver con algo primitivo, anterior a la palabra. El show todo el tiempo te lleva a ese lugar donde sentís algo y todavía no dijiste qué es lo que sentís. Es la emoción primitiva anterior a la palabra. Estamos todo el tiempo llevándote a ese lugar.—¿De dónde viene esa forma de hacer teatro, tan física y tan poco apoyada en la palabra?—Por ahí la primera inspiración básica fue más del carnaval, de los recitales de rock, de ese primer impulso de que realmente me gustara mucho la calle. El carnaval tiene eso de que la gente sale a festejar y ves a los abuelos con los nietos, los pibes, cada uno en su movida, todos mezclados. Eso me inspiró mucho.También tuve una época en la que leía mucho y eso me hizo muy bien. Y también la naturaleza, las tormentas. Siempre fui una persona muy física. No me considero un intelectual en absoluto. Soy una persona muy física y muy emocional. Desde el principio, cuando empecé a estudiar teatro y distintas disciplinas dentro del teatro, enseguida me sentí mucho más identificado con lo físico, con generar energía, con que el cuerpo esté al 100%, más que con la palabra o con contar una historia.—¿En qué pensás para hacer Fuerza Bruta?—En generar acción en el espacio, en generar teatralidad, en transformar ideas en realidad. Al principio me gustaba mucho actuar, cuando estaba en La Organización Negra. Después me gustó actuar, crear y dirigir. Después, en Fuerza Bruta, dejé de actuar y eso me liberó para poder pensar ideas que podían hacer otros y que yo necesitaba hacer. Eso me generó mucha más libertad creativa.También tengo la suerte de que trabajamos con Gabi Kerpel desde hace 40 años, con Ale García y un montón de gente del equipo de Fuerza Bruta. Trabajamos hace muchos años juntos, crecimos juntos haciendo esto. Tenemos un equipo muy sólido para llevar a cabo las ideas, que no es fácil. Tenés un millón de razones para abandonar en el camino. Y hay que seguir adelante, seguir buscando, seguir probando. Cuando no funciona, seguir intentando.—Muchas veces se dice que lo de Fuerza Bruta no es teatro convencional, ¿qué opinás?—Lo raro es la definición de teatro convencional, porque las convenciones van cambiando a lo largo de los siglos y del tiempo. El teatro es de siempre. Hoy llamás teatro convencional a un teatro de la calle Corrientes que cuenta una historia, pero hace 200 años eso no era convencional. Para ellos era más convencional algo callejero, salvaje, ritual, y eso era más teatral que contar una historia con palabras.La teatralidad es mucho más amplia. Que los teatros se llamen teatros ya es una contradicción. Esa forma de butacas mirando hacia un escenario es un formato dentro de lo que es el teatro. A nosotros siempre nos dijeron: “Lo que ustedes hacen no es teatro”. Y es gracioso porque después dejaron de decirnos.—¿Qué lugar ocupa Buenos Aires en ese proceso creativo?—Buenos Aires nos permite todo el tiempo probar cosas nuevas, desarrollar el show. Cuando salís de gira es muy difícil probar. Tenés una exigencia de agenda, de montaje y desmontaje, donde no tenés ni un minuto de más. Podés animarte a probar alguna cosa, pero tiene que ser muy acotada.En cambio, tener un show en la Argentina, en Buenos Aires, y cambiarlo todo el tiempo es distinto. Todo el tiempo probamos cosas nuevas y al público lo entendés. Entendés por qué reaccionó de una manera o de otra. Y hay algo que me encanta que tenemos los argentinos, todo nuestro equipo de trabajo, los técnicos, los actores: venís y decís que querés probar una idea nueva y se ponen todos contentos.—¿Eso no pasa en otros lugares?—Nosotros hicimos el show en Nueva York durante nueve años. Hacíamos seis shows por semana con una compañía de gente de Nueva York, de todos lados del mundo, superprofesionales. Salía muy bien todos los días. Pero cuando queríamos cambiar algo era un drama. En cambio acá digo: “Dale, vamos a probar algo nuevo”, y están todos felices.Hay un espíritu que tiene que ver con probar, con cambiar. Somos bastante salvajes. No respetamos la obra como obra. Queremos cambiar, todo lo cambiamos. Somos medio callejeros. Tenemos ese estilo.—¿Para vos la obra nunca queda cerrada?—Para mí el teatro es hoy, es todos los días, y la obra cambia todos los días. Es una manera de entender o vivir el teatro. Como somos más salvajes, si tenemos que cambiar algo, lo cambiamos. Si algo no funciona, hay que cambiarlo.—En Aven también se amplió la experiencia alrededor del show: el bar, el DJ, la posibilidad de quedarse después—Lo que hacemos ahora es abrir el bar antes. El bar forma parte de la sala porque lo unimos todo y está diseñado para eso. Empieza el show y seguís tomando algo en la sala. Termina el show, toca un DJ y sigue media hora más. La gente se queda bailando y se va cuando quiere. En general se quedan todos.A mí siempre me molestó, como espectador y como autor, cuando viajás de gira y no tenés control sobre la sala, que terminás la obra y te prenden la luz y te echan a la gente. Es durísimo. Vos te mataste para inspirarlos, terminó la obra y te barren los pies. Entonces empecé a hacer un truco: terminaba la obra y ponía dos canciones más que yo decía que formaban parte de la obra. El iluminador se tenía que quedar, el sonidista se tenía que quedar y no podían hacer nada hasta que la obra terminara. La gente se quedaba, sacaba fotos, jugaba con los papelitos. Me gustó tanto que ahora la obra dura media hora más. Termina y te quedás con el bar abierto, la gente bailando, hay una puesta especial para ese momento. Se transformó en algo medio como un festival o una fiesta.—La música es central en ese clima, ¿cómo trabajan con Gabi Kerpel?—La música es fundamental. Con Gabi trabajamos juntos hace muchísimos años y logramos algo que no es fácil para un músico. Es más fácil para mí que para él, porque él tiene que hacer música que no está term