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Lalo Schifrin: los secretos y el legado del “mago de la batuta” argentino que desafió la lógica y creó un himno televisivo
Fallecido a los 93 años, el compositor argentino dejó varias enseñanzas y anécdotas que siguen siendo muy recordadas
Este viernes se cumple un año de la muerte del gran Lalo Schifrin. Pero si los artistas siguen vigentes gracias a sus obras, habrá que mencionar que en este 2026 se cumplen los 60 años de la mayor creación de Schifrin: la música de la serie televisiva Misión Imposible.Felices 60, especialmente, para el tema principal, que siguió sonando, con distintas versiones y arreglos, en cada reencarnación de la historia, en cada nuevo episodio de la serie y en cada película de una saga que se extendió durante décadas.¿Código Morse convertido en leitmotiv? ¿Caos sonoro que tomó forma cuando Schifrin llegó al estudio y dio un par de indicaciones a la orquesta durante la primera grabación? ¿Pieza musical creada en apenas tres minutos?Vayamos por partes. Lo del código Morse surgió cuando alguien se tomó el trabajo de relacionar los dos sonidos largos seguidos por dos sonidos cortos que sobresalen en el pulso de esta composición. Debido a que coinciden con las iniciales de las dos palabras del título de la serie, MI, se dijo que Schifrin había utilizado este sistema para escribir su obra más famosa, aunque ese rumor nunca terminó de ser confirmado por el compositor.Quizá esa tendencia a subrayar lo rítmico es lo que llevó a Schifrin a escribir esta pieza. Y fue la particularidad de haberla escrito en cinco tiempos lo que le dio su sello más distintivo.La tendencia a lo binario termina siendo norma. A primera vista, la corteza de los seres humanos está definida por pares. Ojos, cejas, brazos, manos, piernas, pies, orejas, orificios nasales, dentadura en espejo. Algo similar sucede con la música. Los ritmos binarios se terminaron imponiendo en la música occidental. Y hasta los ternarios se convirtieron en binarios, cuando el 3 fue llevado al 6 y buena parte de las músicas folclóricas de América latina se escribieron en 6/8.El cinco (la partitura de Misión Imposible está escrita en 5/4) nos saca de eje, de lo previsible. Deja algo en suspenso, como los compases de 7 corcheas, de 9 o, incluso otros verdaderamente complejos que se pueden encontrar en músicas africanas y asiáticas.Lalo primero buscó algo que se corriera del eje y luego encontró la línea de notas que hicieron de esa partitura algo que se queda impregnado en los oídos y que se puede silbar o tararear con apenas un par de onomatopeyas. Hay inspiraciones que solo duran un instante, pero terminan siendo para toda la vida. Y ese fue el leitmotiv de su vida, más allá de que en su haber hayan existido muchas otras composiciones para la pantalla grande y para la pantalla chica que adquirieron relevancia. Pasemos a la siguiente pregunta. ¿Fue compuesta en tres minutos? Así lo ha confirmado Lalo. Luego de algún intento fallido, volvió a comenzar y surgió el ritmo y la breve melodía que tiene unos llamativos saltos de intervalos, en notas agrupadas de a tres.Por último, veamos aquello de que parecía algo caótico que tomó forma cuando Schifrin tomó la batuta en el estudio. Sí, ese fue el recuerdo del actor Martin Landau, que participó por aquellos años en la famosa serie. En su memorabilia intangible quedó atesorado el recuerdo de haber estado en la grabación que por primera vez se hizo del tema. “Lalo levantó su varita hacia los músicos y escuché ‘dun dun, da da, dun dun, da da’ por primera vez, y fue ensordecedor”, dijo Landau. “Luego, interrumpió a la banda y dijo: ‘No, no, debe ser así’. Reanudaron la música y, antes de que pudiéramos decir nada, ya la habían grabado. Me quedé atónito. Era perfecta. Salí tarareando la melodía”. Seguramente Landau quiso decir “batuta” pero “varita” quedó bien en ese caso. Después de todo, con apenas cuatro figuras negras (las dos primeras con puntillo) Lalo hizo magia. Otro dato que parece menor pero que resulta un rasgo distintivo: el bongó. Es un elemento fundamental en la partitura. Porque lleva los colores y esa tendencia percusiva que Lalo había dejado como una marca de agua en otros trabajos para la pantalla. Incluso en esa misma serie, con el incidental “The Plot”, que lleva muestra el paso de una marcha militar debajo de una melodía medio-oriental que luego deja lugar a la psicodelia de aquellos años. Una verdadera rareza, porque si hubiera sido escrita a finales de los 90, habría sido un estandarte del jungle y el breakbeat de la música electrónica.Aunque su fin primero haya sido acompañar imágenes, muchas de las obras breves de Schifrin tienen perlitas que se pueden disfrutar sin pantalla. El tono misterioso, el gesto incidental y los diálogos entre la cuerda y el “brass” del famoso “Shifting Gears” de la película Bullitt. El tema principal de Mannix, que oscila entre el swing y el piano-blues con un gran fondo de orquestación. O Harry el sucio, porque vuelve al bongó para cargar todo su bagaje sobre una poderosa base funk.Es curioso cómo llegó a este tipo de trabajos, luego de un derrotero que lo llevó de Buenos Aires a París y más tarde a los Estados Unidos. La vida de Schifrin comenzó en Buenos Aires, el 21 de junio de 1932. Para los seis años ya tocaba el piano y pasaba de ser Boris Claudio a “Lalo”. Su padre violinista era la puerta de acceso a la música académica y su propia intuición era el pase a la música popular. Al jazz, especialmente. Allá por la década del 50, cuando el célebre trompetista de jazz Dizzy Gillespie visitó la Argentina, conoció al veinteañero Schifrin y le propuso que escribiera una suite (la que llamó Gillespiana) y que fuera a los Estados Unidos para trabajar con él. Cosa que hizo, entre 1960 y 1962. Schifrin vio que allí estaría su destino, pero con algunos cambios de viento que luego lo llevaron desde aquel primer desembarco, en Nueva York, hacia la costa Oeste. De a poco, se hizo un lugar en Hollywood y consiguió que su firma quedara en los títulos de tan importantes películas y series de televisión. Solo como dato anecdótico aparece el hecho de que la casa de Beverly Hills donde vivió durante décadas, alguna vez perteneció a Groucho Marx. Lalo murió a los 93 años, poco después de que su última obra sinfónica, ¡Viva la Libertad! -escrita junto al compositor Rod Schejtman- fuera estrenada en Buenos Aires. A un año de su partida, tanto la familia de Lalo como Schejtman están difundiendo su legado. Por un lado, esta última sinfonía fue declarada Obra de Interés Cultural por la Presidencia de la Nación. Por otro, impulsada por Marca País, se proyecta una gira mundial de conciertos con el repertorio más relevante de Schifrin. En varias charlas con LA NACION habló de su periplo, de su formación musical y del modo como escribió su obra. “Mi padre, Luis Schifrin, fue primer violín de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, en el Teatro Colón. Y mi primera educación fue muy clásica. Mi maestro fue Enrique Barenboim, el padre de Daniel. En la adolescencia escuché discos de jazz. Me encantó aunque a mi padre no le gustaba porque pensaba que eso era ruido. Cuando Enrique partió de la Argentina para acompañar la carrera de su hijo, un día que yo estaba en la casa de música Ricordi de la calle Florida, probando un piano, me preguntaron con quién estudiaba. Les conté que me había quedado sin maestro y me recomendaron a Andreas Karalis, que había sido director del conservatorio de Kiev. No era fácil ser alumno de este maestro porque tuve que dar un examen antes para que me aceptara. En el fondo, creo que fue más difícil ese examen que el que di para la beca en el Conservatorio de París, adonde llegué gracias a Juan Carlos Paz, que me daba lecciones en un café de la calle Corrientes. ‘Para escribir música tenés que estar bien lejos del piano’, me decía”. Y así fue como Lalo escribía sus composiciones, solo con un lápiz y un papel pentagramado: “La gramática y la sintaxis del idioma español la tenemos en el cerebro. La música es un lenguaje universal. Con estos maestros yo estudié la gramática y la sintaxis de la música”.