A 114 años de El Grito de Alcorta, tómese “un momento” para buscar paralelos con el presente: Lo hicieron Andrea Sarnari y Federico Netri, el bisnieto del fundador de la Federación Agraria

“Seguimos ilusionados con una buena cosecha y ella ha llegado, pero continuamos en la miseria”.
La frase parece dicha ahora, pero cumple exactamente 114 años. La lanzó Francisco Bulzani, hijo de inmigrantes italianos, el 25 de junio de 1912 en la sede de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos de un pueblo santafesino llamado Alcorta. La cita era a las 3. Habían llegado caravanas de sulkies que venían por caminos embarrados desde las colonias La Adela y La Sepultura.
En esa asamblea nacía la primera huelga agraria masiva de la historia argentina, que terminaría movilizando a más de 100 mil colonos de distintas localidades de 5 provincias. Menos de dos meses después se creaba la Federación Agraria Argentina. 

A 114 años de aquel episodio histórico, la periodista Sofía Selasco, parte del plantel periodístico de Bichos de Campo y del programa Rivadavia Agro ,drealizó una producción especial dentro de su programa “Un Momento”, que produce Agrolink, para hablar del Grito de Alcorta: cómo se dio la primera huelga agraria en la historia de Argentina.
“La lucha por los arrendamientos marcó el nacimiento de la Federación Agraria Argentina, una de las entidades más importantes del agro actual. Un hito que transformó la estructura rural y plantó la semilla de una pregunta que, 114 años después, todavía queda sin respuesta clara: ¿a quién le pertenece la renta de La Pampa?”, es la pregunta que intenta responder la comunicadora con entrevistas tanto a la presidenta de la Federación Agraria, Andrea Sarnari, como a al bisnieto del fundador de esa entidad, Federico Netri. 
Este es el capítulo de Un Momento:

Para 1912, Argentina era el granero del mundo y eso no es una metáfora. En 1929 estábamos colocando dos tercios del maíz que se exportaba en el planeta, un quinto del trigo, cuatro quintos de lino y tres quintos de la carne. Éramos una bestia económica.
Pero detrás de esa fiesta había una contradicción enorme. La tierra, las mejores tierras de la pampa, eran de muy pocos. Después de la Conquista del Desierto, la Generación del 80 había repartido el territorio entre un puñado de familias. José Martínez de Hoz, primer presidente de la Sociedad Rural fundada en 1866, había recibido alrededor de dos millones y medio de hectáreas. Los Anchorena, 300 mil. Los Amadeo, medio millón. Una geografía de latifundios.
“Y acá viene el dato clave: los dueños de la tierra no la trabajaban. La trabajaban los gringos”, define Selasco, para presentar a “unos cien mil colonos inmigrantes, italianos en su enorme mayoría —piamonteses, lombardos, friulanos, vénetos—, acompañados por españoles, suizos y alemanes, llegaron con una mano atrás y otra adelante, alquilaron una parcela y la hicieron producir”.

Para 1912, según su investigación, el 64% de los productores agrícolas pampeanos era arrendatario. Y el censo de 1914 iba a mostrar algo más fuerte: el 84% de esos arrendatarios eran extranjeros. Es decir: la economía del país la sostenían personas que, en su mayoría, no tenían siquiera derecho a votar.
¿Y cómo era la vida del chacarero gringo?
En el programa Selasco mostró un contrato de arrendamiento de aquella época. Era una pieza de ingeniería jurídica diseñada para capturar la renta entera del colono. El contrato duraba uno o dos años, máximo tres. El chacarero tenía que entregar entre el 32% y el 50% de la cosecha al propietario -en zonas como Firmat llegaba al 54%, más de la mitad-. La cosecha iba limpia, seca, embolsada en bolsas nuevas y puesta en la estación del tren. ¿Y las bolsas? Se las compraba al propietario. La trilla se hacía con la máquina del propietario. La comida, la ropa y las herramientas, en el almacén del propietario. Y si quedaba corto, firmaba pagarés en blanco.
Además en aquel contrato el chacarero “tenía prohibido cultivar alfalfa, porque el dueño quería recuperar la parcela como pastura para meter ganadería después. En muchos contratos, hasta tenía prohibido criar cerdos para el consumo familiar”.
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En este contexto, en Alcorta, la asamblea no fue espontánea. Llevaba meses cocinándose en sótanos. En el de Ángel Bujarrabal, un comerciante socialista de ese pueblo, se juntaban los hermanos Bulzani, varios productores italianos, el anarquista español Francisco Capdevila, y tres hermanos que iban a ser claves: los Netri. 
José Netri era cura párroco de Alcorta y usaba el púlpito para arengar a los colonos. Pascual era cura de Máximo Paz. Y el menor, Francisco, era abogado: nacido en Basilicata, graduado en la Universidad de Nápoles, militante del catolicismo social. Tres hermanos italianos que chocaban frontalmente con la jerarquía eclesiástica argentina, ligada hasta los huesos a la Sociedad Rural.
En ese sótano, se decidió convocar la asamblea pública del 25 de junio. Y se decidió pedirle a Francisco Netri, el abogado, que redactara el pliego de reclamos.
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El pliego que leyó Netri tenía nueve puntos. En lo concreto: bajar el arrendamiento al 25% bruto de la cosecha; contratos escritos por al menos cuatro años; libertad para elegir con qué máquina trillar y en qué almacén comprar; eliminar las bolsas obligatorias; eliminar los pagarés en blanco; terminar con los desalojos arbitrarios. En carteles pintados a mano aparecieron dos consignas que iban a quedar: “¡Abajo los arrendamientos altos!” y “¡Abajo los contratos esclavistas!”. La asamblea votó huelga por tiempo indeterminado.
En diez días, la huelga se extendió por toda la pampa gringa. Santa Fe, sudeste de Córdoba, norte de Buenos Aires, Entre Ríos, La Pampa. Cien localidades. Más de cien mil colonos. Medio millón de arados parados.
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