La inteligencia artificial aplicada al fútbol... y a la abogacía

Estamos en tiempo de Mundial. Y hay algo en la liturgia del fútbol que, bien mirado, ilumina con una claridad inesperada uno de los debates más importantes que tiene hoy el mundo jurídico: qué puede hacer la inteligencia artificial en el ejercicio del derecho y, sobre todo, qué no podrá hacer jamás. Permítame el lector la analogía, y veamos primero lo que la IA puede hacer en el fútbol. Antes de cada partido, los cuerpos técnicos disponen hoy de una cantidad de información que hace apenas una década habría resultado inimaginable. Cada jugador tiene su perfil de datos: cuántos pasos da por partido, hacia dónde se desplaza habitualmente, con qué pie prefiere patear, qué palo elige en los penales, cómo reacciona bajo presión y hasta cuándo pierde precisión si está cansado y conviene cambiarlo. Los sistemas de inteligencia artificial procesan esa información y producen análisis predictivos de enorme sofisticación. Ya no es solo preparación previa: la tecnología opera en tiempo real, durante el partido mismo. El seleccionado de Estados Unidos en este Mundial es un ejemplo elocuente: el sistema Performance Live Pro, que trabaja directamente en el banco de suplentes del técnico Mauricio Pochettino, procesa más de 6000 métricas de jugadores y decisiones tácticas por partido, y captura casi 2000 variables de rendimiento individual en tiempo real, una magnitud que ningún asistente humano podría registrar ni procesar simultáneamente. Puede anticipar patrones, identificar debilidades defensivas, sugerir esquemas tácticos y modelar escenarios probables con base en cientos de partidos anteriores. Es una herramienta extraordinaria. Los equipos técnicos que la usan bien tienen ventajas reales. El derecho funciona de manera análoga. La inteligencia artificial puede hoy analizar jurisprudencia masiva en segundos, identificar precedentes relevantes, redactar contratos, anticipar argumentos contrarios, detectar riesgos en cláusulas y producir escritos forenses de notable calidad técnica. Todo lo que el ejercicio jurídico tiene de información -leyes, fallos, doctrina, códigos- puede ser procesado, organizado y potenciado por algoritmos con una eficiencia que ningún abogado humano puede igualar trabajando solo o incluso en grupo. Eso es lo que la inteligencia artificial puede hacer. Y lo hace muy bien. Empieza el partido Pero después el árbitro hace sonar su silbato. Y a jugar en la cancha. Y ahí ocurre algo que ningún modelo predictivo puede capturar del todo. El jugador que siempre patea los penales al palo derecho decide, esta vez, cambiar. No porque los datos lo indiquen. Sino porque en ese instante, en esa cancha, con esa presión, con el arquero moviéndose levemente hacia la derecha, algo en él -experiencia, intuición, audacia, o simplemente el instinto afinado por años de práctica- le dice que esta vez tiene que elegir la izquierda, o “fuerte al medio”. Y es gol. O en otro momento del juego la pelota rebota en las manos del arquero de apellido ilustre, que esta vez no puede retener el balón, que cae justamente en los pies del mejor jugador del mundo, que amaga levemente pero define a su derecha, de derecha. Y es gol. O el mediocampista lee una situación en décimas de segundo y hace un pase que ningún análisis previo había anticipado porque nació de la percepción inmediata de lo que estaba ocurriendo. O el líder del equipo ve algo que los demás no vieron, y cambia el rumbo del partido con un gesto de repliegue o de preparación para el contragolpe. Todo eso -la repentización, la improvisación, la decisión tomada en tiempo real bajo presión, la creatividad que surge del momento irrepetible- es lo que hace grande a un jugador y su equipo. Y es, precisamente, lo que ninguna inteligencia artificial puede reproducir. No porque la tecnología sea todavía insuficiente, sino porque la esencia de ese acto es su humanidad. Su riesgo. Su presencia física e irreemplazable en el campo de juego. El abogado en la cancha El paralelismo con la abogacía es tan exacto que resulta casi incómodo ignorarlo. El trabajo jurídico tiene también su dimensión analítica -información, normas, jurisprudencia, estrategia preparada de antemano- y su dimensión de cancha: el momento en que el abogado está parado frente a un juez, frente a una contraparte, frente a un cliente angustiado, frente a ministro o funcionario superior, frente a un directorio o el presidente de la compañía y debe actuar. Y en ese momento, lo que define el resultado no es cuánta información tiene. Es cómo la usa. Cómo habla. Cómo escucha. Cómo lee la sala. La convicción con que defiende una posición. La pausa que introduce antes de la pregunta más difícil. La capacidad de cambiar el argumento en tiempo real cuando siente que el tribunal no está siguiendo el razonamiento previsto. El criterio que aplica en el momento de decidir qué utilizará y qué no del cúmulo de información con el que cuenta. La empatía que genera confianza antes de que el cliente haya escuchado el primer consejo técnico. O pensemos en escenas que cualquier abogado reconocerá: el alegato oral donde el tono de voz cambia el peso de una palabra. La audiencia de mediación en que el momento exacto para callar vale más que cualquier palabra. La negociación donde la forma en que se presenta una concesión determina si el acuerdo se cierra o se rompe. La reunión de directorio donde el modo de comunicar un riesgo jurídico decide si se toma o se evita una decisión con consecuencias millonarias. La manera como se escribe un texto que se propondrá a la contraparte o las modificaciones que se deciden en un contrato que la IA escribió muy bien pero que se perfecciona con el criterio humano aplicado. Nada de eso está en ninguna base de datos. Nada de eso puede ser entrenado en un modelo de lenguaje. Es el arte de abogar. Y ese arte, como el fútbol en la cancha, es irreemplazablemente humano. El jugador que se prepara para lo que los datos no pueden darle. Hay una lección adicional que el fútbol de alto rendimiento enseña y que los jóvenes abogados harían bien en escuchar. Los grandes jugadores y los grandes técnicos no desprecian los datos. Los usan. Conocen los análisis, estudian a sus rivales, incorporan la información que la tecnología les provee. Pero saben que eso es solo la preparación. Que el partido se juega en la cancha, con el cuerpo, con la mente y con algo que no figura en ninguna planilla: el criterio construido con años de práctica, la confianza ganada bajo presión y la presencia que se impone en el momento decisivo. La inteligencia aplicada a lo que viene expresada en el maravilloso y elocuente gesto del técnico que desde el costado de la cancha se toca repetidamente sus sienes con los dos dedos índices. Los jóvenes abogados que hoy ingresan a la profesión enfrentan un escenario similar. Muchas de las tareas que históricamente ocupaban los primeros años de carrera -redactar escritos de trámite, buscar jurisprudencia, revisar contratos estándar- serán absorbidas por la inteligencia artificial más rápido de lo que imaginan. Eso no es una tragedia. Es una oportunidad. Si se la sabe leer. Porque libera tiempo para desarrollar precisamente lo que ningún algoritmo puede quitarles: la capacidad de pararse frente a otro ser humano y persuadirlo o de escuchar un problema complejo y traducirlo en estrategia, como el director técnico en un vestuario. De hablar en público con autoridad y convicción, como el libero que ordena la defensa o grita “¡salgan!” en el momento preciso. De negociar con inteligencia emocional, como el capitán que encabeza una remontada diciendo “falta mucho, no pasa nada” cuando está en desventaja. De construir la reputación que solo se gana con el tiempo, con la presencia y con la confianza acumulada caso a caso, como la tranquilidad que traslada el jugador de experiencia que equilibra el entusiasmo de los más jóvenes que quieren “mostrarse”. De aprender a leer una sala como se lee un partido, a manejar los silencios como se manejan los tiempos controlando la pelota, a construir un relato oral que sea tan sólido como el despliegue que permite ocupar los espacios en el campo de juego. El partido que importa Un joven abogado debería invertir tanto en desarrollar su criterio, su escritura y su oratoria como en conocer el Código. Entrenarse en técnicas de negociación con la misma seriedad con que estudia derecho procesal. También cultivar, con deliberada intención, el vínculo humano con todos clientes, colegas y factores de poder. Ese capital relacional no se descarga de ninguna base de datos ni se genera con ningún prompt. La ciencia del derecho puede, en gran medida, ser gobernada por algoritmos. El arte de abogar -como el arte de jugar al fútbol en un potrero o en una final del mundo- nunca. La inteligencia artificial transformará el derecho de manera profunda e irreversible. Quien crea que puede ignorarla comete un error tan grave como el director técnico que desprecia el análisis de datos porque confía solo en la intuición o en su experiencia. Pero, a la vez, quien crea que la tecnología puede reemplazar al abogado en la cancha comete un error exactamente simétrico. Porque el derecho no es solo información. Es también presencia, criterio, responsabilidad y humanidad. Es el abogado que en el momento justo dice lo correcto de la manera correcta ante la persona correcta. Que decide, como el jugador frente al arco, el tiro a “quemarropa” -maravillosa palabra- o la comba al segundo palo cuando todo indicaba lo contrario. Eso no lo hace ninguna máquina. La ciencia del derecho puede, en gran medida, ser gobernada por algoritmos. El arte de abogar -como el arte de jugar al fútbol en un potrero o en una final del mundo- nunca. Y mientras dure este Mundial, cada vez que veamos a un jugador hacer algo que ningún dato predijo, recordemos que en alguna sala de audiencias, en alguna negociación tensa, en algún despacho con un cliente que no sabe qué hacer, un abogado está haciendo exactamente lo mismo.
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