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I Capuleti e i Montecchi: una puesta sencilla en la que lucen las voces principales
El Coro y la Orquesta estables también cumplieron con creces en el estreno de la ópera de Bellini que cuenta con la dirección musical de Evelino Pidò
I Capuleti e i Montecchi. Ópera en dos actos. Música: Vicenzo Bellini. Libreto: Felice Romani. Dirección musical: Evelino Pidò. Dirección escénica: Pablo Maritano. Orquesta Estable del Teatro Colón, Coro Estable del Teatro Colón (dirigido por Miguel Martínez). Intérpretes: Yaritza Véliz (soprano), Silvia Tró Santafé (mezzosoprano), Ioan Hotea (tenor), Nicola Ulivieri (bajo-barítono) y Fabrizio Beggi. Repite: 24, 25, 26, 28 y 30 de junio). Sala: Teatro Colón.4 starsEs imposible evocar a las familias Montesco y Capuleto sin pensar en el famosísimo drama de William Shakespeare representado hasta el cansancio en su versión de texto y recreada también en la ópera. Hay algunas menos conocidas e inclusive relativamente modernas, aunque la más reputada es la que escribió Charles Gounod en 1867. Pero unos pocos años antes, en 1830, a algunos kilómetros de distancia, el italiano Vicenzo Bellini hizo su versión sobre textos de su compatriota Felice Romani, para ser estrenada en el teatro La Fenice de Venecia en marzo de 1830 (dato accesorio: en Buenos Aires se conoció en 1852 en el teatro Principal de la Victoria, al 900 de lo que hoy es la calle Hipólito Yrigoyen).La ópera no estaba originalmente en el repertorio de La Fenice para esa temporada, pero la caída de otro título hizo que los autores tuvieran que darse a la tarea de escribirla, sin demasiado tiempo para trabajarla, con lo que la pieza final quedó terminada en algo menos de dos meses. Romani volvió sobre un libreto suyo de pocos años anteriores -un libreto llamado Giulietta e Romeo-, hizo cambios en el argumento respecto de su idea original y modificó el nombre, primero a Giuletta Capelli y, finalmente, a I Capuleti e i Montecchi. Bellini, por su parte, echó mano a músicas que tenía escritas para su ópera Zaira, estrenada el año anterior en Parma aunque con escasa aceptación.Así, dieron nacimiento a esta obra que no debería tanto asociarse a Shakespeare -quien, por otra parte, no era aún tan conocido en la Italia de principios del siglo XIX-, sino en las propias referencias históricas y literarias; como que hasta el Dante, en su Divina Comedia, refiere a este conflicto. Hay un nudo que no deja de lado el tema romántico del complicado amor entre Romeo y Julieta, pero la muerte y, sobre todo, la guerra, parecen ser las cuestiones que dominan esta versión de la historia. Montescos y Capuletos eran familias enfrentadas por cuestiones políticas, religiosas y económicas. Existieron y fueron algunos de quienes dieron vida a un enfrentamiento cruel y muy duro en el siglo XII en el Sacro Imperio Romano entre gibelinos y güelfos. Los primeros, seguidores de la casa de Hohenstaufen de Suabia, señores del castillo de Waiblingen. Los güelfos, por su parte, de la casa de Baviera, los Welfen. Y de esas adaptaciones del alemán al italiano resultaron los nombres de ambas facciones.Bellini y Romani se centraron básicamente en ese conflicto, con un Capellio -el padre de Julieta- mucho más interesado en los asuntos bélicos que en la salud y el futuro amoroso de su hija. El “prometido” Tebaldo tampoco es aquí lo que se diría un amante desesperado por el amor de la joven heredera, aunque termina dando la vida por ella y por su facción. Romeo, además de ser el aspirante al amor de Julieta y, por tanto, rival de Tebaldo, tampoco es sólo un jovencito perjudicado por cuestiones familiares. Es aquí un jefe guerrero que, en esta versión del cuento, ya ha matado al hermano de su amada, lo que suma conflicto y contradicción en la misma Julieta.Hay pociones adormecedoras, como un Propofol de la Edad Media, que el aquí médico -y no sacerdote- Lorenzo le da a Julieta para simular una muerte que luego le permita escapar de la boda con Tebaldo y huir con Romeo. Hay un veneno final que toma el guerrero Montesco al creerla muerta y descubre su error cuando ya no hay vuelta atrás. Pero no hay grandes momentos amorosos, salvo uno más íntimo en el cuarto de la joven Capuleto, ni balcón de Verona. Y quienes conocen a Shakespeare con profundidad notarán la falta de algunos personajes, la resignificación de otros y, sobre todo, la distancia entre una trama y otra.Dicho todo esto, hay que reconocer que no estamos frente al Bellini en su mayor expresión, si lo comparamos con sus posteriores Norma, La sonámbula o I Puritani. Pensemos además el modo y el apuro con que debió ser concebida. Inclusive, algunos adjudican el hecho de que eligiera a una mezzo para el papel masculino de Romeo más por cuestiones de practicidad respecto del talento de los artistas que trabajaban en el teatro que por razones estrictamente musicales. Aunque, a la distancia, musicógrafos y musicólogos se han entusiasmado con buscar en eso asuntos de otra índole conceptual o filosófica.Sin embargo, ya se nota la mano y el oficio de un compositor que en pocos años y con un repertorio relativamente pequeño se convirtió en uno de los nombres más significativos de la ópera italiana.En la función de estreno, cinco de los papeles principales cayeron bajo la responsabilidad de la soprano chilena Yaritza Véliz (Giulietta), la mezzosoprano española Silvia Tró Santafé (Romeo), el tenor rumano Ioan Hotea (Tebaldo), el bajo-barítono italiano Nicola Ulivieri (Capellio) y el bajo también italiano Fabrizio Beggi (Lorenzo). En algunas de las demás funciones, esos papeles quedarán en manos, respectivamente, de Jaquelina Livieri, Ekaterina Vorontsova, Santiago Martínez, Sergio Wamba y Fernando Rodó.Pero yendo a la primera función que aquí comentamos, es válido destacar el papel de los cantantes, con especial lucimiento de Tró Santafé y, muy especialmente, de un maravilloso Lorenzo de Beggi, en una personificación que lo hace casi un hechicero misterioso y muy sugerente. En lo vocal, también es muy buena la actuación de Véliz, aunque su figura pequeña contrasta con la de un guerrero asesino que además enloquece de lujuria a su codiciada Julieta. Hay además un papel muy destacado, por momentos sobresaliente, del Coro Estable del Teatro Colón dirigido por Miguel Martínez. Y la Orquesta Estable, con la batuta del maestro invitado Evelino Pidò, cumple con eficiencia profesional con una partitura que por momentos languidece y a la que cuesta sacarle mucho jugo. El diseño escenográfico de Gonzalo Córdoba Estévez y la dirección escénica de Pablo Maritano recurrieron a una puesta sencilla que cumple sobradamente con lo necesario. Y también merece especial mención el vestuario de Emilia Tambutti.Como cierre, vale la pena mencionar el comienzo de la ópera por el coro (“Aggiorna appena”) ocupando todo el escenario y con un alto lucimiento vocal, y el dúo de Romeo y Julieta (“Sì, fuggire: a noi non resta” / “Ah! crudel, d’onor ragioni”) prácticamente en el arranque del segundo acto, en el que las dos mujeres alcanzaron uno de sus mejores momentos.