De las 42 millones de hectáreas cultivadas que tiene Argentina, solo unas 2,1 millones cuentan con sistemas de riego.
La cifra representa apenas el 5% del área agrícola nacional, pero detrás de ese porcentaje se esconde una tendencia cada vez más marcada: el crecimiento sostenido de una tecnología que ya no se utiliza solamente para compensar la falta de lluvias, sino para impulsar modelos productivos más intensivos y eficientes.
El potencial de expansión es enorme. Distintos estudios estiman que el país podría cuadruplicar la superficie regada, apoyado en una visión que redefine el papel del agua dentro de los sistemas agrícolas modernos.
Este escenario será uno de los temas que formarán parte del próximo Congreso Aapresid que se realizará del 4 al 6 de agosto en Rosario.
Allí, especialistas debatirán sobre las oportunidades y desafíos que presenta una herramienta que gana protagonismo en las decisiones de inversión del agro.
Entre ellos estará Diego Rotili, docente e investigador de la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam), quien viene analizando el avance de estos sistemas y las razones que explican su creciente adopción.
UN CAMBIO DE MIRADA SOBRE EL RIEGO
Aunque la gestión del agua y las tecnologías de riego forman parte de la agenda científica desde hace décadas, en Argentina su desarrollo masivo es relativamente reciente.
El salto no estuvo impulsado únicamente por la necesidad de enfrentar sequías, sino por una nueva visión productiva.
“Lo que sucede actualmente en Argentina es que se reconocen oportunidades de negocio nuevas y hay una comprensión de que el uso profesional de los sistemas de riego en la agricultura extensiva puede ofrecer muchísimas ventajas”, explicó Rotili.
Según el especialista, no existe una única razón detrás de este crecimiento. Los primeros avances llegaron de la mano de productores que apostaron por el riego en regiones consideradas no tradicionales, como el sudoeste bonaerense.
Allí demostraron que era posible expandir la superficie irrigada sin comprometer la disponibilidad regional de agua y, al mismo tiempo, abrir nuevas alternativas de negocio vinculadas a la producción de semillas, hortalizas y otros cultivos de alto valor.
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A ese proceso se sumaron factores económicos que ayudaron a acelerar las inversiones. En una primera etapa, el acceso al financiamiento y las tarifas subsidiadas jugaron un papel importante.
Más recientemente, la aparición de herramientas específicas como el Régimen de Incentivo para las Inversiones en Riego (RIMI) aportó beneficios impositivos y contables que mejoraron la ecuación de los proyectos.
EL RIEGO, MUCHO MÁS QUE CUBRIR UN DÉFICIT DE AGUA
Tradicionalmente, el riego fue visto como una herramienta defensiva destinada a garantizar rendimientos cuando las lluvias no acompañaban. Sin embargo, la lógica actual es diferente.
En un contexto en el que las empresas agropecuarias necesitan aumentar productividad y eficiencia para sostener márgenes positivos, el riego comienza a ocupar un lugar central dentro de las estrategias de crecimiento.
“Las nuevas condiciones macroeconómicas permiten contemplar que las empresas agropecuarias necesitan intensificar su producción, aumentar su productividad y eficientizar el uso de insumos para ser rentables. Las decisiones de inversión se orientan hacia la incorporación de alternativas que cumplan con esas premisas y el riego es una de ellas”, sostuvo Rotili.
A partir de esa incorporación, agregó, “el riesgo empresario y productivo disminuye considerablemente”.
La explicación es sencilla: disponer de agua en cantidad adecuada permite manejar los cultivos con una estrategia más agresiva, aprovechar mejor el potencial genético y estabilizar los resultados productivos.
“Ofrecer agua en cantidad adecuada a los sistemas de producción y manejar de manera ofensiva los cultivos permite capturar altos márgenes de manera consistente”, aseguró.
DESAFÍOS DE PRODUCIR BAJO RIEGO
Como ocurre con cualquier tecnología, el éxito no depende solamente de la inversión inicial. La planificación y el manejo adecuado son factores determinantes para alcanzar los resultados esperados.
“Lo que hay que tener claro es qué rol va a cumplir el riego para alcanzar un determinado objetivo”, señaló Rotili.
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Para ello resulta indispensable realizar un diagnóstico previo que contemple tanto la disponibilidad y calidad del agua como las necesidades específicas del planteo productivo y las características climáticas de la zona.
“El principal error radica en no comprender a partir de qué indicadores tomar la decisión de regar o dejar de regar”, advirtió.
Además del agua, existe otra variable fundamental: la radiación solar. Cuando el recurso hídrico deja de ser una limitante, el desafío pasa por maximizar la captura de energía mediante decisiones vinculadas a fechas de siembra, densidades, elección de materiales genéticos, nutrición, protección de cultivos y esquemas de rotación.
A largo plazo también aparecen cuestiones asociadas a la sustentabilidad de los sistemas. Entre ellas, la capacidad de recarga de los acuíferos y el impacto que puede tener sobre los suelos el uso de aguas con determinados niveles de salinidad.
“Otro desafío es sostener la fertilidad química del suelo, teniendo en cuenta que los sistemas agrícolas bajo riego generan una fuerte exportación de nutrientes en el grano a partir de su elevada productividad”, agregó.
Por eso, el monitoreo permanente de variables como conductividad eléctrica, pH, porcentaje de sodio intercambiable y niveles de nutrientes se vuelve una práctica indispensable para preservar la calidad de los recursos en el tiempo.
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UN FUTURO EN EXPANSIÓN
Las perspectivas para los próximos años son alentadoras. El crecimiento de la superficie irrigada aparece como una tendencia consolidada y, junto con ella, se espera una fuerte evolución en las herramientas de gestión y monitoreo.
“Preveo una mayor difusión en términos de superficie y una mayor profesionalización que hagan ese trabajo más simplificado y ágil”, afirmó Rotili.
Según el investigador, este proceso permitirá desarrollar esquemas productivos más flexibles y adaptados a las nuevas condiciones económicas, incorporando cultivos de mayor valor agregado y actividades complementarias como la multiplicación de semillas, el almacenamiento y el acondicionamiento de granos.
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Además, anticipó una integración cada vez más estrecha entre agricultura y ganadería, especialmente en sistemas lecheros y de producción de carne, donde la estabilidad en la oferta de forrajes representa una ventaja competitiva significativa.
La expansión del riego también estará acompañada por innovaciones tecnológicas que ya comienzan a transformar el sector: energías alternativas, telemetría, monitoreo remoto y generación de datos en tiempo real para optimizar cada decisión productiva.
Con ese horizonte, el riego parece haber dejado atrás su rol de herramienta complementaria para convertirse en uno de los pilares de la agricultura que viene.
Agro & Campo
El riego, ante un cambio de paradigma: de tecnología complementaria a pilar de la nueva agricultura
Aunque hoy alcanza apenas al 5% de la superficie cultivada, el riego avanza incluso en regiones no tradicionales y se consolida como una herramienta estratégica para aumentar productividad, reducir riesgos y potenciar nuevos negocios.