General
Atacar al periodismo… y algo más
La historia muestra una recurrente tensión, plagada de controles y represiones, entre el poder político y los medios de comunicación, que han soportado agresiones de gobiernos cualquiera fuera su signo
¿Por qué con sus altos y bajos ocurren los ataques al periodismo en la forma de una nutrida batería de injurias emanadas del Gobierno? Para quien se asoma al presente con ánimo optimista, tal escenario es quizás inesperado; para quien explora, en cambio, la historia podrá comprobar una recurrente tensión, plagada de controles y represiones, entre el poder político y los medios de comunicación. Esa fricción ahora se instala en una mutación civilizatoria impulsada por transformaciones científico-tecnológicas que parecen invadir el espectro entero de las relaciones sociales. ¿Qué nos pasa entonces cuando desde el poder se vocifera e insulta al periodismo, principal actor de la libertad de prensa? No hay que engañarse. Hasta uno de los más entusiastas defensores de dicha libertad en los orígenes de la tradición republicana retaceó, tal el caso de Thomas Jefferson, a aquella robusta confianza en el papel impreso cuando le tocó desempeñar el cargo de presidente. El padre de la independencia de los Estados Unidos no soportó la crítica de los periódicos transmisores, a sus ojos, de mentiras y hostigamientos. Entre nosotros estos episodios se repitieron a lo largo del último siglo. ¿O, acaso, no cabe recordar la autoritaria imposición de la censura que se desplegó sin cesar involucrando a tirios y troyanos? Ninguna primicia para quien observa este ánimo inquisitorial en circunstancias cambiantes. Las circunstancias -el periodismo y sus lectores- las vivimos a diario; los cambios de marras tienen al contrario un alcance mucho más amplio porque se insertan en la continuidad que muestra el asedio secular al periodismo. Hablamos más arriba de mutación civilizatoria, de una cadena de acontecimientos rotundamente impactante y de corta duración. Empero, conviene apuntar que esta manera de ver las cosas se disparó durante cada una de las etapas de la revolución industrial desde que despuntó a finales del setecientos. Cada emblema de aquellos sucesos con destino universal -el ferrocarril y el carbón, el hierro y el acero, el dínamo, el transporte a combustión y a propulsión, el petróleo y la electricidad, las grandes concentraciones productivas, la empresa individual transfigurada en sociedad anónima, y detengo aquí la enumeración, pues hay mucho más- significó, para actores y testigos, el comienzo de una era hasta entonces inédita; la captura del fuego con que soñaba la mitología antigua, el “adviento de Prometeo” como bien se ha escrito. Estos emblemas los transmitieron unos heraldos del poder tecnocrático. En cada etapa, desde Saint Simón y Comte hasta llegar a los que en este tiempo agitan nuestro mundo, estos heraldos soñaron con reemplazar el ejercicio del poder político por la administración de las cosas, como si esos productos de la invención humana tuvieran el atributo de gobernar a todos, siempre, claro está, que permanecieran en manos de quienes lo generaban. Estos, a su vez. decretaban una verdad absoluta que pretendía dejar atrás a las que la tradición republicana perseguía mediante el ejercicio franco de las libertades civiles, económicas y políticas. En este trámite, que encendía toda clase de conflictos, germinó la libertad de prensa en tanto creadora y reflejo de lo que acontecía. En cada etapa de la Revolución Industrial, el periodismo se acopló a esas transformaciones: prensa escrita, radio, televisión, comunicación digital y lo que vendrá. Tuvo asimismo sus heraldos, pero de otra categoría y significado. En 1840, Tocqueville sostuvo que “un periódico es un consejero que […] que se presenta voluntariamente y nos habla cada día y con brevedad del asunto común, sin apartarnos ni distraernos de los propios. Los periódicos resultan, pues, más necesarios a medida que los hombres se hacen más iguales y más temible es el individualismo. Sería disminuir su importancia creer que solo sirven para garantizar la libertad, cuando son los que mantienen la civilización”. Este párrafo puede suscitar rechazo en los propagadores de este libertarismo de nuevo cúneo que tenemos, adicto a un individualismo extremo en trance de repudiar al Estado sin distinción alguna y vuelto sobre sí mismo en tanto eje de la acción humana. La actitud opuesta al temple liberal-cívico de Tocqueville. Lo que más atrae de ese elogio a los periódicos va sin duda más lejos cuando el autor de La Democracia en América postula el valor del comportamiento asociativo para mantener una civilización de la palabra. De la mano de este presupuesto, cabe preguntarse acerca de qué factores y fuerzas sociales hoy hostigan estos valores. En primer lugar, son factores intrínsecos al ejercicio del periodismo que atañen a su calidad profesional y ética. Si el periodismo está sujeto a la defensa de intereses ocultos o se pone al servicio de poderes de turno, por ejemplo, incitando golpes de Estado, dejaría en rigor de defender no solo a la libertad si no también su independencia; abdicaría de la exigencia de investigar y desenmascarar aquello que permanece oculto. Tampoco el periodismo se confunde con el instinto depredador de quienes agitan la opinión manipulando las sensaciones de lectores y espectadores o manoseando el trajín del oficio con mentiras y difamaciones. Es una antigua inclinación, corruptora de la disciplina que demanda abordar las verdades parciales, contenidas en una noticia o en una página editorial, que ahora recibe el nombre de fake news. Pero, además, de continuar en esta tesitura, el periodismo dejaría de lado desempeñar el papel educativo que busca perfeccionar el nivel, la altura histórica de las costumbres cívicas, en última instancia legitimadoras de la democracia republicana. Este desafío a la calidad de independencia de los medios de comunicación soporta, por otra parte, la agresión incesante de poderes opresores cualquiera que fuese su signo: totalitarios, autocráticos, populistas, y poderes actuando en la trastienda para erosionar los derechos y garantías de una constitución republicana. Envueltos en esta mutación civilizatoria, los regímenes de partido único en China o en Cuba y Corea del Norte, las autocracias de tinte imperialista y clerical en Rusia o, sin mayor pretensión expansiva, en Nicaragua (la enumeración, va de suyo, no es exhaustiva) marcan con dureza la contradicción que ya tenía en mente Lord Acton. Resulta, en efecto, que el progreso es asimétrico; un aspecto de la acción humana marcha hacia adelante y otros quedan atrás. Por un lado, la ciencia y la tecnología inyectan en la historia el intenso ritmo de un progreso que no parece detenerse y que viene de lejos (ya en el prólogo a La rebelión de las masas, que Ortega y Gasset escribió en 1937, emerge este fenómeno: “hay, sobre todo, épocas en que la realidad humana, siempre móvil, se acelera, se embala en velocidades vertiginosas”). Por otro, parecería que el progreso político no acompaña tamaño vértigo. Por ejemplo, a las democracias representativas les cuesta adaptarse al ritmo de la mutación civilizatoria mientras se multiplican, a una intensidad difícil de abarcar, nuevos instrumentos de comunicación. De aquí el desconcierto que fluye en las democracias establecidas con liderazgos que no atinan a atrapar en términos representativos esa mutación civilizatoria. Ortega destacaba, pues, ese dato para él vertiginoso, pero lo que ahora asombra es que semejante vértigo adquiere una velocidad tal que, más allá de la práctica habitual de los teléfonos inteligentes, instrumentos indispensables de las redes sociales cuesta abarcar con una mirada más amplia tal sucesión de invenciones. En apenas algo más de tres décadas la comunicación interindividual y colectiva viene atrapando al mundo. Desde luego el periodismo está justo en el medio de esta mutación con el añadido de que, en el plano de sus relaciones con el poder político padece unas agresiones tan actuales como las que provienen del fondo del pasado. El periodismo, en mayor o menor grado, siempre sufrió esos embates. Este asunto nos coloca con más precisión frente a los rasgos contradictorios del progreso humano. Siguiendo el rumbo de la historia de la ciencia, el paradigma partero de la transformación digital es acumulativo. A diario se amontonan esos hechos inéditos, revolucionarios de la vida. Pero si enderezamos este vistazo hacia como hoy se expresa la acción política y los regímenes que dicha acción va formando, comprobaremos un retraso que también involucra al periodismo. Mientras en los sistemas políticos de las democracias reinan, como ya hemos subrayado, descreimientos e incertidumbre, en el ámbito propio de la mutación civilizatoria y como respuesta a ese desasosiego creciente, estalla la tormenta reaccionaria de quienes buscan apropiarse del poder emanado de la transformación científica-tecnológica sin prestar mayor atención a los pesos y contrapesos del orden republicano. El periodismo, que ocupó en la opinión pública el lugar relevante de los creadores, afronta en consecuencia varios desafíos. Primero, el hecho inesperado de que la opinión pública se ha convertido en un genio planetario de miles de millones de cabezas que van elaborando, mediante las redes sociales, una representación autosuficienteAsistimos, por tanto, a otra versión del poder tecnocrático, a una apropiación de medios de control hasta el momento desconocidos por grandes empresarios y geniales innovadores, titulares de fortunas inmensas que sueñan con asumir la condición de ser legisladores de este mundo en gestación. ¿Dónde ha quedado, pues, el lento y benéfico trabajo de la historia política, de la división de poderes, de los parlamentos, de los partidos que lo protagonizan, de la prensa libre involucrada en fecundar la opinión pública, de la ciudadanía que encarrila sus demandas a través de aquellos agentes mediadores? Siguen por cierto presentes, aunque en muchos casos diseñando la figura de un aparato oxidado poco adaptable al nuevo mundo. Cuando esa inadaptación se difunde, surgen los nuevos príncipes, encaramados en las agencias ejecutiva