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Una lección de silencio, belleza y poesía
La muestra Travesía, de Vechy Logioio, en el segundo piso del Museo Nacional de Bellas Artes, curada con ojo certero por Andrés Duprat, director de la institución, es una lección de belleza, silencio y disciplina poética. En 1925, Logioio recibió el Premio Nacional a la Trayectoria Artística otorgado por la Secretaría de Cultura de La Nación y el Premio a la Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes. Esta exposición individual es la primera que el MNBA le consagra a esta notable pintora y escultora. Se pueden ver y admirar ocho piezas fundidas en bronce de pequeño y gran formato, además de veinte pinturas, collages y técnicas mixtas sobre papel, de series creadas en la década de 1990. Varios de esos trabajos cuidadosamente enmarcados podían verse en la casa-estudio de Logioio en un sector que, a menudo, oficia de comedor. Los invitados que visitaban a Vichy por primera vez siempre se sorprendían cuando veían esos trabajos que ella no exhibía sino en la intimidad.La estética de Logioio es abstracta. Duprat señaló con agudeza en el vernissage cuál es el origen de esa abstracción: la música. Vechy, antes de consagrarse a la pintura y a la escultura, en su adolescencia y juventud se dedicaba a la música, era una pianista que estudiaba con los mejores maestros en la Argentina y en Europa. Hasta que un día, en la década de 1970, cambió el piano por las artes plásticas, pero conservó de la música, el carácter abstracto. Uno podría decir que hay mucho de lo musical en las formas y el ritmo que animan su obra. Antes, su travesía vital y artística dependía del sonido. Ella sigue escuchando música con la misma avidez de su época de instrumentista. Cuando resolvió conquistar y crear espacios, líneas, valerse de la geometría y de los colores, Vechy eligió a grandes mentores: Emilio Pettoruti, Horacio Butler y Santiago Cogorno. En esos años, entró en su vida el refinado poeta y cuentista Ángel Bonomini. Los dos vivieron largos períodos en París y en Roma.Había en esa pareja un lazo que unía sus obras: la tenacidad por decir o expresar lo impronunciable. El bronce de Vechy convertido en dóciles y, al mismo tiempo, inexpugnables cintas agitadas en ondas, en olas de metal devenido un material sinuoso y obediente como la seda o un velo, buscaban un acercamiento a lo imposible, la traducción o revelación en volúmenes y formas geométricas de lo inefable. Dice Duprat en el catálogo de la muestra refiriéndose a los dibujos de cuerpos de Vechy: “En su serie de torsos, los cuerpos difuminados, como vistos al trasluz, sugieren un erotismo apolíneo, clásico, al tiempo que dan cuenta de la imposibilidad de capturar lo real”. Por ese camino, se llega a la sed de absoluto y a la teología negativa que busca algo imposible: ceñir lo divino enumerando todo lo que Dios no es.Vechy nació en La Pampa. Desde la niñez, los grandes espacios inabarcables, las llanuras, fueron sus escenarios. En su adultez, los paisajes de Europa con su variedad se alternaron con los infinitos desiertos de África del Norte que la fascinan, así como el mar contemplado desde la orilla o recorrido en embarcaciones que la llevan de un continente a otro entre olas que logró apresar fragmentariamente en sus bronces. En muchas de sus obras, hay una vocación monumental que, en algunas ocasiones, fue satisfecha. En el Parque de Esculturas que rodea el Museo, por ejemplo, se encuentra exhibida en forma permanente una obra de gran tamaño, Jugando con el viento, y ahora ha entrado en la reserva otra de esas piezas monumentales, Desde el jardín, de dos metros de altura. En alguna ocasión, Vechy comentó en la intimidad que le gustaría poner una obra de ese porte en cierto paisaje del sur de la Argentina, en medio de un bosque frente al mar (ella ya lo encontró y eligió) para que un explorador. de pronto, encuentre esa obra humana, como si estuviera allí desde el origen de la luz. ¿Puesto por quién?