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El pueblo patagónico que invita a vivir la nieve a fondo y combinarla con relax termal
Este destino de la cordillera neuquina propone un invierno extremo con la dupla imbatible de los baños termales y mucha nieve garantizada
No conozco la nieve. En verdad, la vi una vez en mi viaje de egresados en Bariloche, una experiencia que, quienes saben de esto, no dan por válida. Nieve, lo que se dice nieve, en mi caso aún está por verse. Me pregunto cómo será hundirse al caminar sobre un colchón de cristales de hielo. ¿Estar en un paisaje nevado se sentirá tan frío como meterse en una heladera?Este invierno (N de la R: 2025) es un invierno atípico. Casi no nevó en la Patagonia argentina y las pistas de esquí abrieron pocos días. Sin embargo, quienes me esperan me dicen que me quede tranquila: “Acá siempre hay”. Voy al norte neuquino, a Copahue, lugar conocido por los beneficios medicinales de sus baños termales, pero muy famoso por su ubicación cordillerana y remota.Un pueblo bajo la nieveCopahue es una localidad muy pequeña, ubicada al noroeste de Caviahue, con la que comparte la vida. A los pies del volcán homónimo, en verano, sus pocas manzanas se llenan de turistas que pasean en bata y de trabajadores de temporada en el complejo termal. Pero los inviernos son otra historia. El censo de 2022 arrojó que sólo seis personas pasan todo el año allí, media docena de valientes capaces de enfrentar un clima muy hostil, con fuertes vientos y tormentas que llegan a acumular varios metros de nieve. No por nada, este es el lugar elegido por el ejército argentino para entrenar al personal que viaja a la Antártida, aprovechando las condiciones climáticas y geográficas similares. Todavía me cuesta imaginar la blancura prometida. Caviahue se ve marrón y descubierta, algo inusual para esta fecha, a comienzos de septiembre. Pero me lo prometieron; así que me equipo en el local de Marush, donde elijo mi ¿exagerada? vestimenta para la ocasión.Los 17 kilómetros hasta Copahue no son para cualquier vehículo. En inviernos normales, hay que salir del pueblo en oruga o moto de nieve. Yo voy en una potente camioneta, la de Ricky Ledesma, la única capaz de sortear resbalosos tramos de barro y hielo. Al llegar al “punto de nieve”, el panorama se transforma. Este concepto nombra un punto que no es fijo, sino el límite hasta donde se puede acceder con vehículos normales y a partir del cual es necesario pasar a uno especial; cada año se emplaza en un lugar diferente. Aunque estoy dentro de la camioneta, siento cómo baja abruptamente la temperatura y, a través de la ventana, hago el primer contacto con ella: un horizonte blanco con apenas unas manchitas que dejan ver la corteza de las montañas bajo un gran manto blanco. El resplandor del fin de la tarde hace que parezca más temprano. Ahora sí llegué a Copahue. Mucho gusto, señora nieve.Desde la ventana de la habitación en el hotel Aguas Verdes tengo vista directa al volcán Copahue. Custodio de su entorno, este cono es frontera, deidad espiritual para los pueblos originarios y sanador de todos los que visitan el sistema de termas. La blancura y la quietud de la vista sólo se interrumpen por el movimiento del vapor que sube desde los piletones, únicos resquicios en la carcasa de nieve que lo cubre todo. Este hotel y los departamentos Hualcupén son las únicas opciones para hospedarse en Copahue en invierno. Muchos turistas prefieren quedarse en Caviahue, donde hay más servicios, pero para quienes buscan vivir la experiencia profunda, instalarse en Copahue es una oportunidad poco común.Me abrigo y salgo del hotel. Cada tanto, para mi sorpresa, sale el sol y no hace nada de frío. Moverse sobre la nieve es un desafío corporal y también un juego: según dónde pise, mis piernas pueden hundirse hasta la rodilla y hacer una cuadra me lleva un buen rato. En una construcción leo unas letras y adivino la palabra “almacén”, que asoma entre la nieve detrás de una hilera de techos alpinos. Parece la locación de una película de ciencia ficción: un pueblo sumergido en la nieve tras un fenómeno atípico. Pero esta es la realidad de Copahue.Experiencia cumbre“¿Viste? Podemos seguir y seguir que parece que no va a terminar nunca”, me dice “Sepu”, de Caviahue Aventura en la moto de nieve. Vamos con un grupo para hacer la “experiencia cumbre”, atravesando la cordillera de los Andes. Gracias a la acumulación de precipitación nívea y a las equipadas motos, podemos movernos con un desliz suave y veloz que nos permite llegar a los puntos más altos y a miradores naturales de difícil y exclusivo acceso: un privilegio y una gran aventura. Cuando frenamos a hacer fotos, miramos a lo lejos, nos preguntamos cómo será más allá, y con sólo avanzar unos minutos podemos ir en busca de la respuesta. Las motos hacen que todo parezca accesible, incluso el volcán Copahue al que subimos por su ladera oeste, del lado chileno. En su punto más alto, apagamos los motores y caminamos cautelosamente: la nieve que nos permitió llegar hasta ahí es resbaladiza y hay que tener cuidado. Nos sentamos a observar con distancia y respeto el cráter, apenas visible. La adrenalina se detiene por un instante de solemnidad. Estamos frente al soberano del lugar, que nos recuerda que este mundo nos antecede y que debajo de la nieve corre la sangre del planeta. Agradecidos por estar ahí, ante tanta belleza e intimidad con el paisaje, retomamos el recorrido.Volvemos al fluido deslizamiento de las motos, ahora en busca de laderas de nieve virgen para que los deportistas del grupo puedan esquiar y practicar snowboard. Nos adentramos en la cara norte del cerro Chancho-Co y, junto a un pequeño arroyo de deshielo, hacemos campamento. Mientras parte del grupo sube con Sepu, nuestro guía, al punto más alto para los descensos en tablas, el resto ayuda a montar un almuerzo de lujo. Mariano De Mattia, dueño y cocinero de Trua en Caviahue, nos prepara una raclette de cerdo en sándwiches que acompañamos con malbecs neuquinos. Sentada en una reposera, en mangas cortas y con los ojos achinados por el solazo que rebota sobre la nieve, disfruto del manjar y observo las viboritas que los esquiadores marcan en las laderas impolutas. La calidez del inviernoNo siento los pies. Estuve varias horas dando vueltas por Copahue, hundiéndome en la nieve, tan entretenida haciendo fotos que ni sentí el frío. Llego al centro termal y me veo en el espejo: mis orejas están rojas y duras. Por suerte tengo agendado un baño en la Laguna del Chancho, la mejor manera de revivir el cuerpo entumecido. El personal de termas es amoroso; me entregan una bata blanca y me informan los beneficios que voy a recibir. Las Termas de Copahue son un oasis energético entre montañas. Sus aguas y fangos son reconocidas por su riqueza mineral única en el mundo, capaces de aliviar afecciones reumáticas, dermatológicas, respiratorias y digestivas de sus visitantes, o simplemente invitar a relajarse y descansar.Me quito la bata. En malla siento un poco más de frío, pero al poner un pie en el agua, una sensación de alivio recorre mi cuerpo. Me sumerjo hasta el cuello: el contraste de la temperatura genera un placer que afloja todos los músculos. Miro a mi alrededor y registro lo lejos que estoy de la vida diaria, del bullicio de la ciudad. Estoy aquí y ahora, calentita, relajada, feliz.Cuando ya perdí la noción, me avisan que es momento de salir. Hay que respetar los tiempos del tratamiento. Continúo con una mascarilla facial con algas extraídas de la Laguna Verde. La cosmetóloga me explica sus propiedades antimicrobianas, antiinflamatorias y estimulantes para la piel. Con los ojos cerrados bajo la capa de algas, me quedo dormida mientras la piel absorbe los minerales.Antes de completar la experiencia, hago una pausa para almorzar en El Montañés, el único restaurante que abre sin reserva en invierno. La decoración en madera y la salamandra encendida crean un ambiente perfecto de montaña y confort. Adentro, es fácil olvidarse de las inclemencias del clima y de la distancia con la civilización: en esta época no hay almacén, kiosco ni otros comercios abiertos y el lugar funciona como un verdadero remanso, con internet y una carta variada de comidas y bebidas. El bife de chorizo con puré es excelente y lo disfruto aún más por lo excepcional del contexto.Completo la jornada con la experiencia del “vapor” en un ambiente interior. En penumbra respiro intensos vahos con aroma a eucalipto. La sensación primera es de sofocamiento, pero enseguida viene la expansión: el tratamiento perfecto para eliminar toxinas.Por la noche, antes de dormir, con el cuerpo reseteado, el bienestar me hace sentir como un bebé en brazos de la madre tierra.Viento blanco¡Está nevando! Miro por la ventana de la habitación; el dibujito del cráter del volcán ya no se ve. La nieve cubrió todo y eliminó las marcas de la geografía. Lo poco que estaba descubierto ahora tiene una fina capa blanca que, con el paso de las horas, se ensancha y ensancha. Aunque desde dentro se oye el silbido del viento, me animo a salir a dar una vuelta, pero resisto poco. El viento fuerte no me deja avanzar; la nieve me golpea la cara y me duele.Doy por hecho que la excursión del día se suspende, pero me sorprende la llegada en cuatri de mi guía Leandro, de su pareja Andrea y de su hijito Liam, de 6 años. Vienen a buscarme para salir a pasear. Me colocan unas buenas antiparras; casi no tengo piel descubierta y por ende no me entero del frío. Aprendo que bien equipado todo es posible.Como las motos, pero más lento; los cuatris se mueven sin dificultad y, a pesar de las inclemencias climáticas, avanzamos. Primero vamos hacia el oeste, al hito que marca la frontera con Chile. Hacemos fotos con un pie en cada país y luego seguimos hacia Las Máquinas. En el trayecto, el viento se complica y la visibilidad se reduce: dejamos de ver el horizonte y apenas distinguimos unos metros. De todos modos, continuamos. Cubiertos como estamos, no nos vemos las caras y, con el viento, también se hace difícil escucharnos. Leandro me señala el camino: un cartel de giro asoma y entiendo que allá abajo está la ruta. Me siento una exploradora muy audaz, pero sobre todo admiro la valentía y el disfrute de Liam.El clima nos hace