El hombre que sobrevivió gracias al RCP que le realizó su hijo de 12 años

Aquel 21 de julio de 2015 River se enfrentaba con Guaraní de Paraguay en las semifinales de la Copa Libertadores y todo era expectativa en lo de los Vázquez, fanáticos del Millo. Aaron, de 12 años, estaba emocionado. Ariel, nervioso. Y Pamela, mujer de Ariel y madre de Aaron, daba vueltas en la cocina.Todo transcurría normalmente hasta que algo pasó. Fue un parpadeo. Un instante en que Aaron vio que su papá se sentaba, se agarraba la cabeza y decía que estaba mareado. De ahí al desmayo pasaron segundos. “Se me apagaron todas las luces y no sé más nada, por eso le digo que cuente él cómo siguió todo”, dice hoy Ariel junto a su hijo, que continúa el relato.Aaron recuerda, entonces, que su mamá salió corriendo a pedir ayuda. “Traé azúcar”, llegó a gritarle desde la puerta, suponiendo un bajón de presión. Pero Aaron tuvo una intuición. “Me di cuenta de que no era eso, le salía saliva por la boca, era otra cosa”, asegura. “Algo tengo que hacer”, pensó, y lo hizo. Es que él, que era parte de los Scouts de Temperley, había recibido una capacitación de Reanimación Cardiopulmonar (RCP) una semana antes y la tenía muy presente. Por eso se arrodilló junto a su padre y comenzó a realizarle compresiones torácicas. “Apliqué los conocimientos que tenía, que no eran muchos, pero era lo básico y ayudó”.En efecto, al mantener el bombeo de sangre de forma manual durante esos minutos críticos, Aaron logró reanimar a su papá. Fueron sus maniobras las que permitieron que Ariel llegara vivo al hospital, donde volvió a descompensarse y recibió dos choques eléctricos.Ariel pasó dos semanas internado y sin ver a su hijo, hasta que lo derivaron al hospital de El Cruce donde, finalmente, le diagnosticaron Síndrome de Brugada: una enfermedad genética que provoca arritmia y puede causar, incluso, muerte súbita. Ya con un desfibrilador implantado, pudo volver a su casa y reponerse del susto. Y recién entonces, escuchó lo que había hecho su hijo por él.“En el medio del caos y con papá internado yo le conté a mi tía lo que había pasado”, recuerda Aaron, y fue ella quien dimensionó la importancia del acto y empezó a difundir la noticia. “El orgullo que tengo por él no entra en esta casa, ni en el planeta –reconoce Ariel con una sonrisa-. Yo soy su papá, pero le debo la vida”, dice, y agrega que después de lo ocurrido se capacitó y dicta cursos de RCP él también.Actualmente, ambos comparten otra pasión: el profesorado de teatro en el CePEAC.¿Aún piensan en lo ocurrido? “Sí, sobre todo ahora que se cumplen 11 años” dice Ariel, y agrega que no abunda gente como su hijo. “Algunos se ponen a llorar en un rincón, otros se desesperan y no hacen nada, otros salen corriendo… La reacción de Aaron es un ejemplo. Hay mucha gente que habla y mucha gente que hace, pero son más los que hablan que los que hacen. Por suerte, no es el caso de mi hijo.”
Leer nota completa en La Nación →