Un confort de trinchera que corroe la inteligencia

“Vargas Llosa era una persona deliciosa con la que era un placer no estar de acuerdo”, desliza Benjamín Prado, poeta exquisito, novelista de fuste, periodista radial, letrista de Sabina y gran testigo de época. Prado está presentando en España sus jugosas memorias Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara), en las que narra sus anécdotas personalísimas con los próceres de las letras hispanoamericanas. Reconoce allí que siempre le preguntaban cómo podía ser amigo de un “facha” como el autor de Conversación en La Catedral. “En principio no es ningún facho, les respondía: es un caballero -recordó en Cadena Ser-. Mario siempre se estaba riendo. A Onetti, de hecho, le preguntaron por qué no se arreglaba los dientes, y éste respondió: ‘Porque los tiene todos Vargas Llosa’. Mario me explicaba su opinión política sin la menor violencia, con una batería de argumentos razonables, y era un gusto escucharlo, aunque luego yo no cambiara de parecer”. Aprendió Benjamín Prado aquella y otras lecciones de Rafael Alberti, que fue su maestro, y que alguna vez le dijo: “Niño, tómate muy en serio tu obra y muy en broma a ti mismo, y no seas sectario, porque te pierdes la mitad de cada cosa. De la gente con quien estás de acuerdo ya lo sabes todo, y de los otros, pon la oreja que aprenderás mucho”.Es inadmisible en la Argentina que un “enemigo” tenga algo de razónEsa filosofía es subversiva en la actual cultura de la polarización, confort bélico que a la larga corroe la inteligencia. La grieta sostenida en el tiempo devasta la sensatez y la innovación, y amasa, como efecto colateral, algo rarísimo e imperdonable: un creciente aburrimiento. Ese tedio profundo -satura escuchar tu propio eco- proviene de que todo parece ya dicho, sabido y cristalizado: una minoría intensa sabe anticipadamente quiénes son “los buenos y los malos”, trabaja para calmar la conciencia de sus tribus y acostumbra a descalificar hasta las verdades que profieran los antagonistas a uno y otro lado de la vereda. Porque es inadmisible en la Argentina que un “enemigo” tenga algo de razón. No hay posibilidad -incomoda mucho- de introducir pensamientos ambiguos o disonantes, y entonces todo es un cansador y repetitivo juego de posicionamientos, donde a veces -por ejemplo- Maradona es “El Che” y Messi es un fascista; el Indio Solari, un mesías popular o un millonario que vampirizaba a los pobres. Todo es binario y es caricatura. Resulta estéril pensar cada día con los pies en el barro de tu trinchera y una urna incrustada en el cráneo. Resulta estéril pensar cada día con los pies en el barro de tu trinchera y una urna incrustada en el cráneoSolo los frágiles y los fanáticos se pueden permitir ese refugio de falsas superioridades morales y de uniformación del pensamiento, un autoengaño donde las partes libran una guerra civil virtual y donde cada matiz diferenciador o desobediencia a la narrativa de cada cual es tomado como una agachada. Algunos de nosotros nos hemos pasado la vida leyendo y admirando a autores con los que no teníamos coincidencias ideológicas, pero esa simple práctica hoy es un pecado mortal. Borges decía: “Que yo sea conservador y Cortázar comunista, no tiene nada que ver con el hecho literario. No creo que un escritor deba ser juzgado por sus opiniones. En ese caso yo tendría que admirar a todos los escritores conservadores. Y Cortázar tendría que admirar a todos los comunistas. La literatura es algo mucho más complejo”. La vida y la política también.La conjunción de sobreoferta y previsibilidad no es halagüeña; tampoco el oficialismo ciego que pretende el gobierno de Javier MileiQuizá esa conflagración de suma cero, hecha para la pereza mental, reduzca con el tiempo ciertas audiencias audiovisuales, ávidas de sorpresa, insumo este muy contrario a cualquier orden rígido. Y una grieta añeja y sobreactuada produce esa clase de cansancio e indiferencia, aun en medio de una era política exótica y psicótica, y de un ensordecedor griterío. La conjunción de sobreoferta y previsibilidad no es halagüeña; tampoco el oficialismo ciego que pretende el gobierno de Javier Milei, según el cual la “gente de bien” huye del espíritu crítico: el rating de todos los canales juntos señala el enorme interés transversal que provoca, por caso, el escándalo Adorni, y eso coincide con muchos sondeos según los cuales la población está mayoritariamente enojada y triste con esta gestión. Los casos de venalidad manifiesta (y este tiene toda la pinta) han servido históricamente para catalizar la indignación de los decepcionados. La demanda ordena la oferta. Eso no quiere decir que los periodistas deban hacer demagogia o tengan carta libre para la condena sin pruebas: algunos impostan dureza para que se les perdone la tibieza de hace un rato. Los libertarios se sienten especialmente despechados con los colegas más próximos, que no han podido soslayar el escándalo del jefe de Gabinete a riesgo de perder a su público. Distintos voceros informales del mileísmo dejaron en claro esta semana que ahora los golpes no son militares sino mediáticos (impensado homenaje a 6,7,8) y que “todos los periodistas son unos hijos de puta” (sic), lo que incluye muy especialmente a quienes comulgan con sus políticas de fondo. Pero ese fondo, recordemos, implicaba también la promesa de evitar las mañas de la “casta”, algo que evidentemente no han cumplido. ¿Quién “traicionó” a quién entonces? Vale la pena escuchar a Carlos Alsina, un referente de la radio española (Onda Cero), quien precisamente estos días explicó la perpetua incomprensión de los políticos acerca del mejor oficio del mundo: “Cuando criticas al Gobierno, no solo la oposición te aplaude sino que piensa que eres uno de ellos. Y cuando le pegas a la oposición, el Gobierno dice: ‘Ey, parece que se nos está arrimando’...Vivimos en un mundo trepidante de las redes sociales, donde pasamos de ser ‘fachoesfera’ a ser un peligroso sanchista porque no has hecho una pregunta. Todo es muy sencillo: no estamos para maquillar o usar el argumentario del Gobierno, ni para ayudar a nadie de la oposición”.Exige coraje repensarlo todo de nuevo, y tratar de hacer de ese temperamento un valorPensar sin cárceles mentales y sin corralitos identitarios, y ejercer la profesión con la mayor ecuanimidad, permitiría señalar hoy que el programa de estabilización macroeconómica por fin parece haber alcanzado consistencia, que el récord histórico de la balanza comercial es muy significativo y, a la vez, que existe una tardía preocupación dentro y fuera de la república (Wall Street recién se da cuenta ahora) por el nivel de actividad, en un país libertario donde se han cerrado 26.448 empresas y donde los expertos comienzan a ver que esta mediocridad del consumo llegó para quedarse: con ella Milei deberá conseguir la reelección. Sin prejuicios, habría que examinar también el modelo final que quedará en pie, cuando las múltiples e improvisadas reformas se apliquen; quizás no pocos opositores acierten en señalar algunos de sus peligros. Exige coraje repensarlo todo de nuevo, y tratar de hacer de ese temperamento un valor. Bertrand Russell observaba que “los estúpidos están completamente seguros mientras que los inteligentes están llenos de duda”.
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