“En los inicios del fútbol, los resultados viajaban en palomas mensajeras”

Un café de barrio, en la esquina de Independencia y Tacuarí, al sur de la ciudad de Buenos Aires. La conversación transcurre entre cafés y tangos, alrededor de la prehistoria del deporte argentino, junto a Jorge Iwanczuk, el historiador que más investigó los años previos al profesionalismo. Hace dos años publicó la reedición de Historia del fútbol amateur en la Argentina y ahora Desde el comienzo, dos obras únicas que reconstruyen el recorrido del juego desde sus orígenes hasta la actualidad. Iwanczuk no se considera un nostálgico, sino un hombre empeñado en desmitificar una idea muy arraigada: que la historia real del fútbol argentino comienza recién con la profesionalización de 1931. Detrás de su tono sereno y de una memoria extraordinaria aparece una voluntad de hierro que le permitió rescatar más de diez mil resultados inéditos entre 1891 y 1931, un trabajo que hoy constituye la piedra angular de cualquier estudio sobre este deporte en el país. Para él, el fútbol no nació como comercio, sino como una costumbre tallada en el barro, en la resistencia de los inmigrantes y en la organización de los barrios que crecían al ritmo de los ferrocarriles en el inicio del siglo XX. En esa época sin radio, cine, televisión ni internet, la comunicación era un ejercicio de paciencia y astucia. “Cuando los equipos jugaban de visitantes llevaban palomas mensajeras”, relata Jorge con la calma de quien leyó mucho y escrutó archivos con minuciosidad.El sistema permitía que los socios en la sede se enteraran de lo que pasaba en la cancha lejana a través de las aves que llegaban con las incidencias. Décadas después, buena parte de aquellas historias sobreviven gracias al trabajo de investigadores y archivistas que reconstruyeron el fútbol amateur a partir de diarios, actas y registros dispersos. —Su trabajo es hoy una referencia para entender el fútbol amateur en el país. ¿Cuándo empezó ese interés por reconstruir ese mundo? —Amé el fútbol desde chico; jugarlo, coleccionar datos y recortes era mi vocación. Mamá siempre me decía: “Tirá todo esto”. Pero fueron muchos años y pensaba: “Algo tengo que hacer con ‘todo esto’”. Originariamente quise escribir la historia de mi club, pero cuando llegué a 1925 era imposible: en esos primeros años todo era muy confuso, como un verdadero rompecabezas. Entonces dejé esa idea para investigar la historia de la era amateur completa, de la que no había nada escrito. —Su obra insignia, Historia del fútbol amateur en la Argentina, va por su segunda edición. ¿Qué significa para usted que ese libro sea hoy la referencia obligada para hablar de nuestros orígenes? —La satisfacción de haber completado el casillero que estaba vacío. Investigar el amateurismo es aceptar que la historia no está completa y que hay que reconstruirla pieza por pieza, sin garantías. Por ejemplo, en la primera edición faltaron 55 resultados de campeonatos y ahora, gracias a que la investigación se profundizó, quedan solo nueve. No es un relato ingenuo: hubo conflictos muy fuertes, discusiones reglamentarias y disputas de poder entre clubes. Era el inicio. Se hizo camino al andar, y vaya si fue importante, visto desde nuestros días. Reivindicar este período es un debate de poder simbólico, porque obliga a revisar títulos y jerarquías, y esos debates nunca son cómodos. Jorge hace una pausa antes de seguir. Mira hacia la ventana del bar como si todavía pudiera ver aquellas canchas improvisadas de principios del siglo XX. Habla del amateurismo con una mezcla de precisión histórica y emoción personal; no desde la nostalgia, aclara, sino desde la necesidad de rescatar una memoria que siente injustamente relegada del relato oficial. —¿El fútbol es una consecuencia directa de la Revolución Industrial? ¿Cómo se explica esa mutación de la máquina de vapor al juego? —En el siglo XVI, en Inglaterra, se dictó una ley, la de los commonfields (campos comunes), que convirtió las tierras donde vivía la gente en propiedad privada de algunos terratenientes. Eso produjo una migración masiva del campo a la ciudad. Ahí nació la necesidad de producción en masa y, con ello, las fábricas. Los adelantos tecnológicos fueron fundamentales: se cambió el carbón por el acero y nació la máquina de vapor, entre otros avances. Entre 1750 y 1840, este gran proceso de cambio se denominó Revolución Industrial. Se trabajaba todos los días a excepción de los domingos, único día para la distracción. Ahí germinó la semilla. —Este deporte pasó de ser un juego prohibido por los reyes a una herramienta educativa. —Todas las grandes civilizaciones tuvieron vestigios de juegos de pelota; incluso el hombre primitivo pintaba escenas lúdicas en las cavernas. En Bretaña y Normandía se practicaba un entretenimiento parecido al fútbol. Los reyes lo prohibieron porque distraía a la gente de la guerra de los Cien Años. Pasó entonces a jugarse en los conventos, donde el poder real no interfería. Con el tiempo, el pueblo popularizó esa forma de distracción y fue en las public schools (escuelas públicas) que empezó a tomar forma, aprovechando el criterio de estudiar para primero después practicarlo. Después, los alumnos de las escuelas pasaron a las universidades, y más tarde fundaron clubes para jugarlo. Finalmente, con tanta confusión y popularidad, se reunieron en la Freemasons’ Tavern, en Londres, representantes de todos los ámbitos y lo reglamentaron en 1863 como deporte. —¿Cómo fue ese proceso hasta llegar a nuestras pampas? —En la Argentina se expandió de dos formas: la bárbara, de los marineros jugando en los puertos, a quienes los nativos llamaban “ingleses locos” porque no entendían qué hacían, y la reglamentada. El 20 de junio de 1867, en el terreno donde hoy está el Planetario de la ciudad de Buenos Aires, se jugó el primer partido del que se tenga constancia. El dueño de The Standard, periódico de habla inglesa de esa época, fue con un reglamento en mano al club inglés y organizaron el primer partido de la historia en el país. La epidemia de fiebre amarilla, que diezmó la población, hizo olvidar la práctica del deporte por varios años. —¿De qué manera desembarcó esa estructura en la Argentina y qué importancia tuvo la figura de Alexander Watson Hutton en ese esquema educativo? —Años después, Alexander Watson Hutton, considerado el padre del fútbol argentino, introdujo la idea de que el deporte era fundamental en la educación: los sacaba del alcohol y de la calle e inculcaba el valor de luchar por una divisa y el compañerismo. Fundamentalmente, los hacía estudiar para luego poder practicarlo. Funda el English High School, implementa como actividad física en el colegio al fútbol y de allí surge el célebre Alumni, el primer grande del fútbol argentino. Un fenómeno socialMientras el café humea sobre la mesa, Iwanczuk encadena fechas, nombres y reglamentos con una naturalidad asombrosa. En su relato, el fútbol deja de ser apenas un deporte para convertirse en una consecuencia directa de los barcos, los colegios y la inmigración. Habla de la pelota como quien reconstruye un fenómeno social mucho más amplio que noventa minutos y un resultado. —¿Cómo funcionaban los desafíos publicados en el diario y de qué manera impulsaron el nacimiento de la vida social de los clubes? —En aquel entonces no había radio, ni televisión ni internet. Los desafíos se hacían a través de un periódico llamado La Argentina, que publicaba los retos de forma gratuita. El anuncio decía, por ejemplo: “el equipo de la calle Piedras desafía al de la calle Tacuarí para dentro de tres domingos, en su cancha”. Y el rival debía contestar si aceptaba o no. Pero para que el diario lo publicara, tenían que cumplir con ciertas condiciones formales: un nombre, un sello, una dirección, un responsable, la cancha alquilada y una pelota. Para cumplir con esos requerimientos había que pagar una cuota mensual. Esos requisitos fueron el origen de la mayoría de los clubes. Ahí también comienza a consolidarse la figura del socio. “Si tenían 30 muchachos no necesitaban mucho, pero eran 100, ¿qué hacían el resto de los días de semana?”, plantea Jorge para explicar cómo los clubes comenzaron a ampliar su función social. Así surgieron los espacios de encuentro para jugar a las cartas, dominó, ludo, ajedrez o a las damas, y con el crecimiento de la vida social apareció también la necesidad de tener una sede propia y un campo de deportes. El fútbol seguía siendo el motor de convocatoria, pero fue la dimensión social y los éxitos deportivos lo que terminó de consolidar a las instituciones. “El anuncio decía, por ejemplo: ‘El equipo de la calle Piedras desafía al de la calle Tacuarí para dentro de tres domingos, en su cancha’. Y el rival debía contestar si aceptaba o no”En el relato de Jorge aparecen árboles en mitad de las canchas, dirigentes improvisados, clubes que desaparecían después de algunas derrotas y jugadores que viajaban colgados de los trenes para disputar un partido. El fútbol argentino todavía no era comercio ni espectáculo: era una costumbre nacida entre barro, potreros y barrios ferroviarios. —En su investigación aparecen anécdotas que hoy parecen surreales, como la de un club desafiliado por un árbol en la mitad de la cancha. —Eran tiempos de una intensidad brutal. En 1907 se crean los ascensos y descensos, y el primero que gana el derecho es Gath & Chaves, donde jugaba el Premio Nobel Bernardo Houssay. Pero los eliminaron porque tenían un árbol en la mitad de la cancha. Esos jugadores pasaron luego a jugar en River Plate y, al año siguiente, lograron el ascenso. River fue el primer grande, de los actuales, en ascender, en 1909. También existía el amateurismo marrón, en el que ya se pagaba algún dinero por debajo de la mesa a los mejores jugadores para marcar la diferencia. —En el libro marca que el origen de las hinchadas ruidosas, esas “barras bullangueras”, no tiene nada que ver con la violencia actual, sino que nació con los estudiantes de Alumni. ¿Cómo era ese clima en las tribunas de aquel entonces? —Ex
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