Diez grandes películas que casi nadie vio y hay que darles una segunda oportunidad

El lector debe saber, en este diálogo semanal, que el autor de esta nota ha encontrado una nueva vocación: la cacería de películas. El tiempo y las pantallas le han demostrado que es un problema enorme separar la paja del trigo en el maremagnum de plataformas y servicios con los que se puede contar hoy en día. Lo que hay es abrumador en cantidad, pero no tanto en calidad. Sin embargo, estos acervos un poco cambiantes (los derechos de exhibición hacen que las “carteleras” cambien de tanto en tanto, a veces sin previo aviso) funcionan al mismo tiempo como cambalache de ofertas y museo. En el segundo caso, permite que reevaluemos una cantidad nada despreciable de películas que, en el momento de su estreno en salas (si es que lo tuvieron), o pasaron inadvertidas o fueron decididamente transformadas en puré de fotogramas por la crítica dizque especializada. Confesión de un crítico, dicho sea de paso: cambiamos de opinión o encontramos oro allí donde vimos barro. Pues bien, vamos aquí con otras diez películas de metales nobilísimos que despertaron la indiferencia o el insulto variado en el pasado no tan remoto.Arranquemos por un film que se acerca a la obra maestra y que requiere concentración y mirada atenta. Se llama El buen pastor (HBO Max) y es la historia del nacimiento de la CIA desde el punto de vista de uno de sus agentes más destacados, interpretado por Matt Damon. Es la segunda película —después de Una luz en el infierno— dirigida por Robert De Niro, que interpreta un pequeño papel de mucho peso en la trama. Aunque no siempre es garantía la pluralidad de nombres, el elenco es espectacular: Damon, Alec Baldwin, Michael Gambon, Angelina Jolie, Billy Crudup, Eddye Redmayne. No es una película de espionaje a la manera de James Bond, sino algo mucho más cercano al ajedrez mortal e inescrupuloso que describió John le Carré, pero en los Estados Unidos, con sus logias universitarias, sus diferencias de clase, su patriotismo casi religioso. De hecho, hay mucho de religioso desde el título: se nota en los rituales, las tradiciones, los silencios y la voluntad invisible que rige a los personajes. No se trata de una película “de denuncia”, y eso molestó mucho a la crítica cuando fue su estreno hace bastante más de una década. Nadie decía que la CIA era mala, sino que en ese sentido la película era ambigua y se concentraba en el drama personal y en el gran tema humano: trascender a través de la vocación o concentrarse en el puro devenir biológico de la especie. Ese dilema, no otro, se le presenta al personaje cuando encuentra al “traidor” en la fallida invasión a Bahía de Cochinos con la que abre la película. Se puede decir mucho más, y eso ya es un elogio.En la misma plataforma hay otra película que trata, en tono distinto, ese abismo entre la vocación profesional y la vida privada, y que es absolutamente política en una forma nada “ideologizada”. Se llama Experta en crisis, fue un éxito en los EE.UU. y aquí no se estrenó en salas. La protagoniza una recién oscarizada Sandra Bullock, como una asesora de campaña política profesional, y Billy Bob Thornton como su rival. La dirigió uno de los más interesantes -y eclécticos- realizadores nacidos en el cine independiente americano, David Gordon Green (que hizo dos o tres mediocres revivals de Noche de Brujas y una muy mala continuación de El Exorcista, pero tiene en su haber joyas como George Washington y All the real girls, más buenas comedias como Pinneaple Express) y no se reduce a dos asesores tratando de ganar una elección, sino que disecciona con algo de humor y mucho ácido la campaña presidencial de Bolivia en 2002, cuando Sánchez de Lozada ganó las elecciones a un surgente entonces Evo Morales. No llevan esos nombres, de paso, pero lo que pasa está basado en la vida real, en elementos documentales muy claros. La manipulación de la información, la traición como herramienta política, la sobreactuación de los candidatos: todo es de una precisión que acerca la comedia al drama. Es una gran película que nadie vio.En cambio, Pelotas en juego (Netflix), que tampoco tuvo estreno comercial en la Argentina, creó un culto. Es una comedia cómica directa y disparatada sobre el quebrado dueño de un gimnasio a punto de ser absorbido por un inescrupuloso magnate del fitness que, para salvarse, se inscribe con un equipo de inadaptados a un campeonato de quemados. Sí, ese juego que nos obligaban a jugar en el patio del colegio durante la hora de gimnasia. El pobre tipo es Vince Vaughn, el empresario es un desaforado Ben Stiller y el elenco incluye performances extraordinarias de Christine Taylor, Justin Long, una irreconocible Missy Pyle y un cameo genial de Chuck Norris. Lo que la destaca: se ríe de todos los dramas deportivos de “perdedores que ganan” sin dejar de respetar el género y llenando cada partido de suspenso. Es de esas películas generosas que el director (Rawson Marshall Thurber, otro hijo del independiente) comparte más que impone al espectador.Lo que nos lleva a otra película del acervo de Netflix que fue complicada, por decirlo suavemente: Hillbilly, una elegía rural. Es complicada porque quizás sepan que se trata de una especie de autobiografía del actual vicepresidente estadounidense J.D. Vance, que escribió el libro original narrando a su propia familia. La fábula es la del hijo de una familia demasiado tradicional, poco letrada y atada a la tierra, que vuelve para ayudar a resolver una crisis familiar. Un personaje que pasa del repudio a aquel mundo a la comprensión de sus valores. Esa idea “conservadora” es la que hizo que muchos en los EE.UU. destrozaran al que es, probablemente, uno de los mejores dramas que subió la plataforma. Dirigido por el veterano Ron Howard (Apolo 13, Cinderella Man) y protagonizado sobre todo por perfectas Amy Adams y Glenn Close (que no satirizan nunca sus personajes, sino que los tratan con comprensión y amor) es al mismo tiempo una declaración de amor por ciertos valores y una ventana a un mundo que, incluso para ser criticado, requiere ser comprendido.Sin embargo, Hillbilly... no fue tan maltratada como uno de los casos de miopía crítica más increíbles de la historia. A fines de los años setenta, Joe Dante -con guión del gran John Sayles, nunca lo olvidemos- logró una especie de parodia-homenaje a Tiburón para Roger Corman con el nombre de Piraña (si quieren recordarla, en Prime Video). Pero en 1981, por un contrato que Corman tenía con unos productores italianos, mandó a uno de sus más capaces diseñadores de producción a dirigir rápidamente una secuela con peces voladores mutados por la radiactividad. El tipo venía de hacer las naves del film de culto Batalla más allá de las galaxias (versión “Star Wars Clase B” de Los siete samuráis) y se llevó a su novia, la diseñadora de producción de esa película, para que le diera una mano. El muchacho se llama James Cameron, la chica, Gale-Anne Hurd, y la película Piraña 2: el regreso estuvo muchísimo tiempo sin ser vista. Destrozada por la crítica al mismo tiempo que Cameron lograba juntar dinero para hacer Terminator (se estrenaron ambas con un año de diferencia, 1983 y 1984) es, sin embargo, una gran y súper “cameroniana” película. La bióloga marina que protagoniza el film es independiente, tiene una vida propia, hace cacería submarina, tiene que enfrentarse a un tipo de una corporación y combate el mal como Sarah Connor, Anne Ripley o Neytiri. Todos los temas de Cameron -la mujer fuerte, las empresas malvadas, el respeto por la naturaleza, la confrontación directa cuando es necesario, la fascinación por el agua- están en esta película que sólo es “menos buena” porque no tenían un peso: tiraban pirañas de gomaespuma ante la cámara para que pareciese que volaban, se rompían, pasaban la noche volviéndolas a coser, y a filmar desde temprano al otro día. Aún así, se nota una mano autoral. Completistas del director: aquí tienen su chance.Y en la misma plataforma hay una película (adivinaron: no estrenada en cines aquí) de uno de esos directores que tienen una obra consecuente, pero a los que nadie dice “autores”: Dennis Dugan. Exactor (trabajó en -todos de pie- Moonlighting con Cybill Shepperd y Bruce Willis) y cómplice tras la cámara de varias de las mejores películas de Adam Sandler, dirigió Tan perversa como el Diablo con un elenco que hoy sería imposible: Steve Zahn, Jason Biggs, un surgente Jack Black y Amanda Pett. De hecho, no sólo el elenco no podría juntarse hoy: la premisa de la película es, en tiempos de corrección política exacerbada, infilmable. Un joven (Biggs) encuentra a una chica hermosa con la que va a casarse (Pett), pero eso implica dejar la banda de rock que armó con sus amigos (Zahn y Black). La chica, de hecho, es básicamente un monstruo, y los amigos deciden secuestrarla para “salvar” al inocente muchacho. Inspirada en ese gran cuento de O’Henry El rescate del gran jefe rojo donde los criminales quedan a merced de la “víctima”, es un crescendo cómico que pasa del humor negro a la comedia romántica un poco perversa (hay una parejita que se enamora a los bifes, por ejemplo) con un nervio y una simpatía que contradicen casi la premisa. El final es feliz y musical (no es spoiler) y siempre es bueno ver una película sin ninguna vergüenza.La plataforma que quizás más cantidad de joyas alternativas tiene —porque es su especialidad curatorial, además— es Mubi. Pero incluso allí es posible encontrar películas pésimamente vistas y peor recibidas. Y entre ellas hay títulos sorprendentes, por ejemplo, Twin Peaks: Fuego camina conmigo, de David Lynch, y Melancholia, de Lars von Trier. La primera se presentó en Cannes luego de la primera temporada de la serie (toda también en la plataforma: no dejen de ver por nada del mundo el episodio 8 de la temporada 3, una joya surrealista mayor) y se dijo que era pura explotación, un chiste de Lynch, apenas un aprovechamiento de marca. Y no lo es: cuenta las últimas horas de Laura Palmer y lo hace con una estructura onírica que pasa de lo surr
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