Cómo sembrar abundancia: de las “palabras de poder” a los guardianes de los deseos

El primer árbol creado en el mundo, matriz del bosque y de todos los seres, planteó un desafío: fue necesario reconocer cuáles de sus frutos eran comestibles y cuáles no. Según el mito de origen de los pueblos indígenas Nonuya y Muinane, eso dio lugar a disputas y conflictos entre humanos y no humanos. La frágil armonía alcanzada fue quebrada por la codicia de la humanidad, que derribó el “árbol de la vida y la abundancia”. Así, sus semillas se dispersaron por el mundo. Y del gran hueco que dejó su tala, al llenarse de agua, nacieron los ríos amazónicos. Tita Merello, el aura de una diva plebeya imposible de olvidarPor este motivo aparece una pequeña hacha en el centro de uno de los dibujos de Abel Rodríguez exhibidos desde ayer en el Malba. Esta historia inspira muchas de las casi quinientas obras que este “sabedor” colombiano realizó hasta su muerte, el año pasado a los 84 años. Y también el título de su primera muestra póstuma, organizada por el Museo de Arte de San Pablo (MASP), donde se exhibió hasta abril antes de viajar a Buenos Aires. Forma parte de los muchos relatos que pasaron de boca en boca, de generación en generación hasta llegar a Mogaje Guihu (como lo llamaron en su lengua original), el último de su linaje de sabios botánicos.Tráiler del documental El nombrador de plantas, de Simón Hernández“Este ritual se llama mambear”, dice en un claro “portuñol” Leandro Muniz, curador del MASP que trabajó como asistente de Adriano Pedrosa, mientras señala uno de los dibujos que cuelgan entre más de medio centenar. Representa con detalle las hojas de coca con las cuales se hace el “mambe”, un polvo sagrado y ancestral compartido por los pueblos indígenas de la Amazonía, cuando los adultos se reúnen por la noche en ronda. “Ahí hablan palabras de poder –agrega-. Es un momento de enseñanza, de intercambio de saberes y de hablar de tus angustias, pero también de tus proyectos”.Como “palabras de poder” definía también las creaciones que realizaba Mogaje Guihu. Tenía unos cuarenta años cuando comenzó a plasmar en imágenes, con múltiples tonos de verde, la diversidad de alrededor de cuatrocientas especies botánicas de La Chorrera, su tierra natal. Con acuarelas, témperas, tinta y acrílico reconstruyó de memoria los ecosistemas amazónicos y sus ciclos. En los años noventa, el avance del conflicto armado, el narcotráfico y el extractivismo en la región lo obligaron a emigrar a Bogotá, donde vivió hasta el final de su vida.Reconocido en 2014 con el Premio Príncipe Claus, las exhibió entonces en algunos de los espacios más importantes circuito internacional del arte contemporáneo: desde la Documenta de Kassel hasta las bienales de San Pablo, Toronto, Sydney Gwangju y Venecia. Para la edición de esta última realizada en 2024 lo convocó Pedrosa, quien le dedicaría luego esta muestra en el MASP. “Su nombre indígena significa ‘pluma de gavilán resplandeciente’ –explica Muniz-. Él usaba ambos. Es descendiente de dos comunidades indígenas, los Muinane y los Nonuya, que vivían en la Amazonía colombiana. Un territorio que a finales de siglo XX fue acosado por la industria del caucho que los explotaba, los esclavizaba. Fueron diezmados: hay quienes dicen que sobrevivieron sólo ocho o diez hombres. Todas las mujeres murieron. Por eso, se juntaron con otras comunidades”.Desde los ocho años, agrega el curador, Mogaje Guihu fue formado por su tío para convertirse en “sabedor”. “No era un chamán –aclara-, sino una figura análoga a la del botánico: una persona que sabe cómo y dónde crecen las plantas, en qué época de año y para qué sirven. Para estas comunidades, todas las plantas son sagradas. Eso es muy importante porque tienen una comprensión muy integrada de la naturaleza, de la cual el ser humano no está apartado”.Esa es una diferencia radical, opina Muniz, entre estos dibujos y los del botánico occidental, “que presupone un pensamiento que separa las partes y recolecta y analiza muestras. Los dibujos de Rodríguez proponen una visión integrada, que recompone la totalidad de los ecosistemas, territorios y culturas. Si el dibujo botánico occidental tiende a representar las plantas dentro de un sistema fuera del tiempo, como tipos ideales, en el trabajo de Rodríguez los cambios estacionales son centrales. Asimismo, presenta la selva como una suerte de monumento y no como un territorio a colonizar, compuesto por meros especímenes”. Una concepción similar de la naturaleza tiene Wanas Konst, un parque de esculturas en Suecia que acaba de cumplir cuatro décadas. Dirigido por Debora Voges, argentina formada como historiadora del arte en la UBA, abarca obras temporarias como una realizada por Tomás Saraceno en 2009, pero también otras ochenta instaladas de forma permanente en un bosque que rodea un castillo medieval. Entre ellas se cuentan las realizada por Yoko Ono, Marina Abramovic, Jenny Holzer, William Forsythe y el argentino Eduardo Navarro. También los Guardianes de los deseos, dos ekekos que Leo Chiachio y Daniel Giannone acaban de crear con árboles caídos. Son parecidos a otros de porcelana realizado por el dúo en 2010 en la fábrica Verbano, en Santa Fe, que integran allí mismo hasta noviembre su exposición titulada Fortuna y abundancia. “Ese concepto lo comenzamos a trabajar en diferentes piezas desde 2004, con bordados sobre tela –dicen los artistas a LA NACION-. Ahora se exhibe en el Museo de Arte Contemporáneo de Salta una obra de aquella época que se llama La familia de la buena suerte, que pertenece a la colección de José Luis Lorenzo. En esas piezas estamos bordados como ekekos. Les pedimos a nuestros amigos que nos dijeran cuáles eran sus deseos y los bordamos en nuestros cuerpos, para que se hicieran realidad”.El origen de la palabra “abundancia”, recuerda esta pareja, proviene del latín abundantia, término que originalmente se utilizaba para describir el movimiento del agua cuando se desborda. Con el tiempo, su significado se amplió para referirse a la disponibilidad de cualquier recurso en gran cantidad, así como a la prosperidad y la riqueza. “Es una metáfora visual maravillosa ligada a la naturaleza –observan- que nos recuerda a las olas del mar que se desbordan constantemente”.
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