24 horas en el monasterio: cómo se vive entre monjes de semiclausura, salmos al amanecer y comida frugal

“Aquí están los horarios de las oraciones y comidas”, dice Marcela, a cargo de la hospedería. Me asigna la habitación 11, con un cartel de San Anselmo, a mitad del pasillo en dirección al comedor. Tiene cama simple, baño individual, una frazada y una almohada. Las sábanas me las traje yo. Hay una ventana con mosquitero que da al jardín. De una pared cuelga la Virgen de Guadalupe; de la otra, una cruz de madera. Hay una silla, un escritorio empotrado, una Biblia, el libro de San Benito y una hoja plastificada con indicaciones. Todo parece simple, pero suficiente.Marcela explica que hay que hablar en voz baja en espacios comunes, llevar el celular en vibrador, respetar el cierre de accesos a las 21.30 y cumplir con la puntualidad estricta en oraciones y comidas. También hay normas para el uso de la vajilla. Tanta indicación me abruma un poco, pero su tono es cálido. “La hospedería está abierta para todos: católicos y no católicos. Quien quiere participa; quien no, no”, explica.Son las 17 de un día caluroso cuando me siento en el jardín, entre sauces, araucarias y casuarinas, a hablar con el padre Osvaldo Donnici, abad de este monasterio de semiclausura. Sanjuanino, es la máxima autoridad en Santa María de Los Toldos, que durante años estuvo conducida por el monje y escritor Mamerto Menapace, quien murió el 6 de junio de 2025, a los 83 años, y dejó una huella imborrable. Con maestría, supo combinar la vida monástica con la actividad educativa, literaria y musical.Nacido en 1942 en Malabrigo, Santa Fe, Menapace fue reconocido por su catequesis llana y cercana, que supo llegar a más de una generación. Tenía 12 hermanos y, por sus ganas de formarse, entró de niño al Monasterio Santa María de Los Toldos, donde pasó la mayor parte de su vida. Se hizo monje y, además, estudió teología en el Monasterio de Las Condes, en Chile, donde se ordenó sacerdote en 1966. Se recibió de Maestro Normal Nacional en la institución marista de Luján. Y tras desempeñarse como abad en Los Toldos, fue elegido abad presidente de la Congregación Benedictina del Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay). ¿Más? Publicó alrededor de 40 libros que fueron catequesis para cientos de niños y niñas, entre las que me encuentro. “Los monasterios son una de las formas más antiguas de vida de la Iglesia y surgieron en el siglo IV”, me cuenta el padre Osvaldo sobre esas primeras organizaciones que vivían aisladas y en las que había desde jardineros hasta zapateros, pasando por cocineros y costureros. En el siglo VI, Benito de Nursia creó la abadía de Montecasino y fundó la Orden de San Benito, con una premisa central: vivir con los pies en la Tierra y el corazón en el Cielo. Además, dejó por escrito sus famosas Reglas de San Benito que constan de un prólogo y 73 capítulos. Hablan de virtudes monásticas básicas como la humildad, el silencio y la obediencia. Y establecen directivas para la vida diaria vinculadas a la oración, la lectura y el trabajo comunitario. Con la creación de la orden, San Benito contribuyó a la evangelización cristiana en toda Europa y se lo considera patrono del continente. En la actualidad, hay monasterios benedictinos a lo largo y a lo ancho del planeta. En la Argentina, además de la Abadía de Santa María de Los Toldos, en esa ciudad de la provincia de Buenos Aires, está la del Niño Dios en Victoria (Entre Ríos), la de San Benito de Luján, la de Cristo Rey en El Siambón (Tucumán) y el Monasterio Tüpasy Maria (Misiones). Todas son para hombres. Y hay otras varias abadías habitadas por hermanas de la orden benedictina. Según consta en los documentos, la Abadía de Santa María de Los Toldos se fundó el 3 de mayo de 1948. Fue a partir de la donación de María Marenco de Sánchez Díaz, quien conoció el Monasterio de Einsiedeln, en Suiza, y promovió la llegada de monjes benedictinos a la Argentina.Opción de vida“Al monasterio se entra para ser monje, no sacerdote”, aclara el abad. Pueden ser ambas cosas, pero no es lo mismo. Él es sacerdote –y por eso lo llamo “padre Osvaldo”–, además de monje. De los otros 15 monjes, varios no lo son; por eso los llaman hermanos. En la comunidad, el más joven tiene 31 años y el más anciano, 87; la mayoría ronda los 60. “Ser monje –dice– es buscar una vida de recogimiento en presencia de Dios. Implica una vocación muy fuerte. Conviven dos polos opuestos: el solitario y el comunitario. No hacemos pastoral, pero tampoco somos seres oscuros, encapuchados y lejanos. Buscamos crecer en función de nuestros carismas. De hecho, hay grandes pintores y músicos que son monjes. O escritores, como Mamerto. Sí es cierto que en el monasterio el estilo de vida es muy particular: uno entra y muere en la misma abadía, entre otras cosas”. De eso se trata el voto de estabilidad, junto con los de pobreza, castidad y obediencia. El proceso de formación es largo: unos días en la hospedería –la misma donde estamos nosotras–; luego entre un año y uno y medio en los claustros; después, entre tres y nueve años de vida monástica; y, finalmente, la profesión solemne, que es como “recibirse” de monje u ordenarse sacerdote. La charla con el padre Osvaldo termina cuando faltan diez minutos para las 19, hora de nuestra primera oración. Suenan las campanas y entro a la capilla por la puerta principal; por una lateral ingresan en silencio los monjes. Se ubican primero los hermanos y luego los padres. Todos en procesión. Un monje se me acerca y me da dos cuadernillos. A un costado del altar, una pizarra indica números de salmos, himnos y páginas. Aunque dos monjes guían la ceremonia e intento seguirlos, en un momento me pierdo, de tanto cambiar de cuadernillo y de página. Entonces dejo de participar en voz alta y observo. Impera la solemnidad y cierto aire medieval. Cual mantra, los cantos me pacifican. Noto que entre los monjes hay uno sin cogulla –el hábito con capucha– y asumo que estará en proceso de preparación para monje. Terminan después de 20 minutos de himnos y salmos y, antes de regresar a los claustros, pasan frente a la imagen de una Virgen Negra y cantan el Salve Regina en latín. Me voy al comedor de la hospedería, decidida a cumplir con el horario, como en Suiza. Alrededor de la mesa estamos Gustavo, abogado laboralista y practicante de meditación budista; Carolina, mi compañera fotógrafa, que cree “que hay un Dios o tal vez varios”; Marcela, que es laica y católica practicante; y yo, que también soy católica y practicante (aunque por estas horas me sienta algo ajena a tanto rito monacal). Comemos un plato de sopa –a pesar de que hace calor–, una porción de tarta de verduras y una fruta. Y hay vino en jarra. Lavamos, secamos y guardamos lo que usamos, tal como dice la hoja plastificada que me dejaron en el cuarto. Me voy a acostar temprano, ansiosa por sumarme a la primera oración de mañana. Dormir en un monasterioEl despertador suena a las 5.20 y me visto al compás de las campanas que retumban unos minutos después. Con el jardín todavía a oscuras, camino los 30 metros que separan la hospedería de la capilla. Me siento en la segunda fila (ya con más confianza que ayer, cuando me senté en la tercera). El mismo monje que ayer me alcanzó los cuadernillos ahora me mira desde la sillería y me hace una seña para que agarre los que están apilados sobre una mesita. Otra vez, himnos y salmos que sigo con algo más de eficacia. Me dejo contagiar por el clima de recogimiento y entro en una letanía que me hace bien. Al cabo de unos 20 minutos, termina la oración y afuera ya amaneció. Una vez en mi cuarto, pongo el despertador a las 7.30 y duermo una siesta profunda. Me levanto para tomar un desayuno frugal y, a las 7.58, estoy entrando otra vez a la capilla para participar de la misa matutina.Ahora sí, estoy en sintonía. Conozco los tiempos y el proceder de una misa. Me gusta que no todo sea en latín, que me hablen en castellano en el sermón y comulgar. Además, Marcela, Caro y yo no somos las únicas mujeres de la celebración. Están también las hermanas benedictinas del Monasterio de la Transfiguración, que queda enfrente. Las saludamos en el atrio al salir.Regreso a mi habitación, me doy un baño y tengo un rato libre que aprovecho para caminar por los jardines del monasterio. Voy al cementerio, donde están enterrados los monjes (entre ellos, Mamerto). Visito también la huerta. Tengo wifi cuando me acerco de nuevo a la hospedería y recibo un mensaje de Marcela que me confirma que Fernando –el que no usa cogulla– está disponible para charlar conmigo. Fernando es de Berazategui y está en la etapa de postulantado. “Me bautizaron y tomé la Primera Comunión, pero a los 12 años me borré de la Iglesia. De adolescente dejé el colegio, tenía malas amistades, iba mucho a la cancha y a recitales; tenía ofertas de lo que se te ocurra… Terminé el secundario a los 20. Una vuelta, me metieron en cana durante 24 horas. Me di cuenta de que tenía que cambiar porque, si no, iba a terminar mal… Me mandaron a hacer seis meses de trabajo comunitario y, como mi vieja conoce al cura de la parroquia de mi barrio, me recibieron rebién para que limpiara los baños. Un día me confesé y tuve mi conversión. Me cambió la vida en seis meses”, cuenta Fernando, que entró al seminario en el clero secular y, cuando le faltaban dos de los nueve años para ordenarse sacerdote, dio un giro monacal que lo trajo, hace un año, a vivir al monasterio. Su historia me conmueve. “La vida monástica es ir a lo fundamental, sin adornos y con crudeza. Es una forma de vida que no rinde ni produce (en términos modernos). Tiene más que ver con la alabanza a Dios, que es gratuita”, me explica. Y agrega que el sacerdocio quedó en suspenso. “Veremos más adelante; si la comunidad quiere, podría ser”, desliza con una calma que admiro.¿Cómo es su día a día? Participa de la oración del amanecer, lee la Biblia hasta la misa de las 8 y después hace algún trabajo, como cortar el pasto o limpiar en los claustros. Luego del almuerzo duerme una siesta y estudia o vuelve a trabajar en el jardín. La cena
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