A los 50, Dolores Trull cuenta cómo logró reinventarse y explica por qué le gusta romper conceptos

Pertenece al grupo de las modelos doradas de los 90, las que transitaron algunas pasarelas de París, Milán o Nueva York, pero volvieron para quedarse... y reinventarse.Dolores Trull fue tapa de montones de revistas y embajadora de la “belleza rara” que tantos beneficios le trajo en tiempos de chicas calcadas. Y así, haciendo uso de un estilo diferente, diseñó una carrera, una familia y, desde hace años, un proyecto de joyas.–¿Cómo definirías el diferencial de tus piezas de joyería?–Yo diría que el ADN de mi marca es distinto al de una joyería clásica. Realmente no habla de lujo ostentoso sino de esa búsqueda personal, artesanal. La marca lleva mis iniciales y tanto los anillos, los dijes, gargantillas, brazaletes y demás accesorios son piezas de edición limitada, hechas a mano. Siempre cuento que empecé con tres anillos y fui creciendo. Me gustan las historias y acá puedo plasmarlas.–¿Por ejemplo?–Muchas piezas están inspiradas en recuerdos de la infancia, lecturas y experiencias. Mi colección “Sinfín” es una especie de credo personal. Hay otra inspirada en El Escarabajo de Manuel Mujica Lainez, un libro que me regaló mi padre.–Cuando contás que hacés todo, ¿implica ponerte manos a la obra, con martillo, cincel, soplete y pinzas?–¡Claro! Yo pienso el diseño y después lo trabajo en el taller. Tengo dos, porque en el local también armé un espacio para trabajar. El proceso es largo. No todas las líneas recorren el mismo camino. Tengo asistentes, gente que sabe, pero la verdad es que yo estoy en absolutamente todo.–¿Cómo resulta ser artesana en esta Argentina?–Obviamente esta etapa está muy difícil por un tema de consumo, pero estoy acostumbrada a los vaivenes del dólar y demás. Conozco eso de un día ser cara, y al otro día, barata. Cuando digo que estoy acostumbrada no digo que no pasa nada. Todo lo contrario; es cansador. Sueño con la estabilidad, pero es Argentina. Yo vendía en España y en algunos hoteles internacionales, pero no se pudo sostener por este tema.–Igual no soltás...–No, porque me encanta. Decidí producir muy poco y tengo mucho control sobre las cosas. Después hay otros temas. Las redes por un lado son una genialidad, pero también son un caldo de cultivo para que te copien. Me mata ver mi anillo repetido en otros lados. Pasé de la bronca al aburrimiento. Mi skeleton, un anillo lleno de agujeritos, ahora está en todas partes. Y lo hacen idéntico. Así que lo miro y me da fiaca mi propia creación.–¿Y qué se hace? ¿Se abandona la idea y se sigue?–Ahora le estoy poniendo más atención a las cositas de oro, chiquitas y divertidas, un concepto lúdico. Me entusiasmé con los esmaltados de colores. Estoy bastante abstracta, y por otra parte, la inspiración antigua siempre me puede. Lo romano, lo egipcio. Haría miles de cosas, pero no se puede. Siempre la cabeza va más rápido que tu mano.–¿Te seguís considerando “rara”, ese adjetivo noventoso con el que a veces te definían?–Lo único raro de hoy en día es que me atraen las cosas atípicas. Tengo un ojo afilado hacia ciertas piezas que tal vez no encontrás en todos lados. Pero yendo a lo físico, calculo que se referían a que no era la rubia con la cara típica. Yo tenía el pelo cortito tipo varón, la cara larga, no ostentaba lolas. Recuerdo que leía algunas definiciones en las notas y me parecía gracioso. Pero bueno, yo también alimentaba eso. No se me ocurrió jamás dejarme el pelo largo y teñirme de rubia.–O sea que nunca te molestó, sino todo lo contrario.–Supongo que me divertía romper conceptos, ser en algún punto rebelde. Desde chica me gustó eso de ser distinta. Y lo heredó mi hija Cala. Veo chicas de su generación cubiertas de brillos y demás, pero ella sale con su saco net, oversize. Y eso que yo no le digo nada; es pura personalidad. Mi papá era arquitecto, mi hermano también. Hay un ojo estético contrera en la familia. Esa cosa de romper con lo obvio. Me parece que si querés ser creativo, siempre hay que arriesgarse.–Hoy las chicas no solo salen con looks gemelos sino que tienen la posibilidad de hacerlo con sus caras. Bocas a medida con solo un par de inyecciones.–Eso es impresionante. Porque es un proceso de media hora y salen diferentes. A ver, tampoco hay que dar cátedra o no entenderlas. Yo también tuve una transición en la que no me gustaban algunas cosas mías. Pasé por una pequeña etapa de inseguridad, ¿pero sabés qué? Tenía un padre y una familia que me decían: sos divina, única. Y no es detalle menor. Yo tuve esa suerte y siempre les agradecí, pero probablemente no es lo más común. En mi época también había chicas que se hicieron desastres.–¿Cirugías?–Sí, narices impersonales, bocas que aún hoy no pueden quitarse porque se usaba silicona y sacar eso es un lío. Reconozco que en la actualidad es terrible porque te pueden retocar a la vuelta de la esquina. Pero hay que educar. Saber que hay muchísimas herramientas y tratamientos no invasivos muy buenos, pero nunca perder el foco. Somos un todo. La ropa, el estilo, la actitud, la alegría de vivir, de trabajar, de conectarse con amigos.–Vos tenés un grupazo de amigas exmodelos, ¿no?–Sí, hermosa tribu. Hace poco cumplí 50 y estaban todas. Somos unidas, la pasamos bomba, nos queremos. Y hablando del tema estético, me dio risa que en las redes decían que estábamos operadas o rellenadas. Y cero. Yo nunca me puse hialurónico. Creo que toxina hace como cinco años. No tengo rollo con los años ni con la vejez. Sí me obsesiona bastante el tema de la salud. Yo entreno para estar fuerte y preservar la cadera en el futuro [risas]. Además, me alimento muy bien.–Sin rollos físicos ni miedo a la vejez, pasión por el trabajo, madre orgullosa y marido de décadas. ¿Dirías que lograste una vida prolija?–Con Alejandro [Pueyrredón] estamos desde 2001. No puedo ni hacer la cuenta. Millones de años, dos hijos divinos, Cala y Félix, y felices. Qué se yo si fue prolijidad: me salió. Tuve suerte. Lo digo porque soy muy familiera. No es que no respete ni conciba la vida sin un marido. Pero en mi caso lo mamé, lo deseé y lo logré. La verdad es que estoy muy agradecida porque a esta altura de la vida divertirse mucho con tu compañero, es genial.–¿Alguna vez tuviste encima a los paparazzi?–En mi época las modelos éramos nombres conocidos porque había revistas, guardias en las playas y todo eso. Pero jamás estuve en medio de un escándalo. No lo hubiera aguantado. Hoy veo cosas y digo: “Qué fiaca”. Eso de exponer y guionar las vidas para generar likes y laburo debe ser fatal.–¿Qué tenés de antimodelo?–Soy adicta a los quioscos. Las chicas, mis amigas, se matan de risa. Voy como una nena de 12 para comprarme bombones, porquerías. Pero bueno, son travesuras de flaca. En mi familia somos todos así. Se come sano, rico, pero nadie nos quita el sambayón.
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