General
De acá a unos años más
Los álbumes de fotos impresas, los diccionarios en la biblioteca, en un estante a mano; el magiclick, las alcancías, el diario íntimo con candado, los candelabros, la cajita musical, esa que tiene la bailarina clásica con tutú en medio; las celosías, el dedal, el vajillero, el bahiut, el timbre, las llaves de bronce, los sobres de papel, los manuales de instrucciones, el control remoto, las lapiceras de pluma, esa tinta, el alhajero, las hojas de calcar, el papel carbónico, el contact transparente, la bolsa de agua caliente, la pava, el posapava, los juguetes a cuerda, la brújula redonda, el equipo de música, los frasquitos de vidrio adornados con sales de colores, los ruleros de plástico verde, las hebillas plateadas para esos ruleros, las contraseñas, la pantuflas, las enaguas, las pilas, el reloj despertador, el que tenía el martillito de metal y golpeaba ida y vuelta ida y vuelta dos campanas; el de la infancia, con el gato Garfield en el centro; las enciclopedias en tomos, el ábaco, la birome multi que trae muchas opciones de colores, las calculadoras que solo hacen eso, cuentas; las facturas impresas, las monedas para pagar cosas, los monederos para guardar las monedas, los auriculares con cable (¿los auriculares?, ¿los cables?), los ojalillos, los pitucones, las entradas para recitales, los platos para decorar las paredes, las tarjetas de crédito físicas, la foto carnet, las serenatas, la correspondencia por carta, irse de vacaciones y desconectarse por completo, sacar fotos y verlas recién unos días después, el espejo de mano, el espejito en la cartera, con el rubor; el silencio natural, la distancia, sostener el botón del calefón apretado por diez segundos para que encienda la llama, la paciencia, las llaves de paso, la budinera de teflón, la sartén del mismo material, la intimidad esperable, las computadoras de escritorio, las palanganas, las billeteras de cuero, la cédula de identidad plastificada, el registro de conducir plastificado, las conversaciones por teléfono, por horas; el camafeo, la curiosidad, el calendario anillado para colgar en la puerta, del lado de atrás, para tachar con un fibrón y una cruz los días, el tatetí, el tutti-frutti, el veo-veo, el mensú, las linternas para cuando se corta la luz, los paquetes de velas largas, los jabones perfumados entre los cajones de la ropa interior, el recipiente doble de tapa de madera para guardar la yerba y el azúcar juntas, la gente que colecciona objetos, los billetes, las firmas personales, únicas e irrepetibles, las que van en el cuaderno rojo de comunicaciones; el cuaderno rojo de comunicaciones, el mouse, la gomina para el cabello, las tizas, saltar la soga en el recreo del colegio, saltar el rango, el ocio, el tan temido ocio; aprender a cantar en canon en la clase de música, el bordado a mano, el test vocacional, las bolsas de nylon, la atención, la concentración, el embrague, los choferes de transporte público, las charlas con desconocidos en una sala de espera, la brillantina, los actores de publicidad, la abrochadora de papel, los anillos de compromiso, los portarretratos, la cera para depilarse, el currículum vitae, los cheques, el lunfardo, el plumero para remover el polvo entre los adornos, los almohadones para decorar las camas, que no sirven para acostarse porque no son cómodos pero que quedan lindos porque son preciosos; las zapatillas con cinco enchufes, los pendrives, el jeringoso, los pañuelos de tela en los bolsillos del pantalón, las musas, la ilusión como algo cotidiano, la imaginación, el portero eléctrico, el sacacorchos, el calzador de zapatos, las radiografías para ver un eclipse. Hay días en que, sin motivo, pienso en las cosas que en unos años quizá ya no existan más. Y en todo lo que se se irá con ellas también.