A sus 6 años los nazis ingresaron en Viena, la expulsaron del colegio y su mamá la envió a Inglaterra: “Ser cuidada por extraños me salvó la vida”

“Nací en Viena en julio del año 1931. Mi padre era doctor en Derecho y trabajaba como asesor jurídico. Mi madre era una mujer muy moderna, empresaria, tenía un negocio de decoraciones y éramos una familia normal. A los cinco años, a principios de 1937, nació mi hermanita. En septiembre, cuando empezaron las clases, yo con seis años entré a la escuela pública. Ahí me sentía muy bien, estaba muy contenta, me encantaba aprender a leer y escribir, pero esa felicidad duró muy poco tiempo. Apenas seis meses después, el 13 de marzo de 1938, las botas nazis resonaron por las calles de Viena. Austria dejó de ser una república para convertirse en una provincia alemana”.En ese momento la infancia de Ruth Jäckel Marshall terminó, palabra que ella misma utiliza. A partir de entonces su vida se transformó por completo: su padre perdió casi de inmediato su empleo, su madre tuvo que vender su negocio a un precio vil y a ella la expulsaron del colegio. “No podía seguir yendo a una escuela donde había también niños arios. Me mandaron a un colegio exclusivamente para niños judíos que estaba desbordado. En lugar de maestras de grado teníamos a un profesor de secundaria, degradado a maestro por ser judío. Las clases eran totalmente irregulares porque no había suficiente espacio; eran más cortas o directamente se suspendían muchos días. No recuerdo haber tenido amigos; lo único que conservo en la memoria es el mal humor de nuestro maestro”.“Hasta los seis años y medio fui una niña normal”Además, su padre estuvo cada vez más amenazado, sobre todo por la Gestapo: no solo por ser judío, sino también por ser intelectual, empleado público y militante del partido socialdemócrata.“Hasta los seis años y medio fui una niña normal: jugaba, iba al jardín y a la escuela, hacía lo que hacen las nenas. A los siete, cuando entraron los nazis, mi padre se fue. Él era mi ídolo, el que me contaba cuentos y me despertaba la curiosidad por el mundo. Su partida cambió todo; mi madre dejó de ser la mujer alegre y despreocupada que conocía. Ya no tenía amigas ni podía jugar en el parque: el parque no era para los judíos. Escuchaba las conversaciones de los adultos sobre trámites y emigración, y supe que estábamos en peligro por ser judíos”.¿Por qué su padre se salvó de ir a un campo de concentración?A partir de septiembre de 1938, cuando su padre partió —se trasladó a Inglaterra— la familia quedó marcada por la ausencia. Recordó con claridad la Noche de los Cristales Rotos, cuando el 9 de noviembre se llevaron a muchos hombres a Dachau, uno de los primeros campos de concentración cerca de Viena. Su padre evitó esa suerte precisamente porque ya no estaba en la ciudad.Ella, apenas una niña, escuchó relatos sobre vecinos y parientes que fueron detenidos y comprendió que la amenaza era real. Su madre, antes sociable y muy querida en el vecindario, pasó a recibir visitas de conocidos que compartían consejos y experiencias para intentar emigrar. Cuando su padre cruzó clandestinamente a Francia, la madre quedó sola con Ruth, una bebé pequeña y la pesada tarea de desarmar un hogar en medio de la creciente inseguridad. Buscaron apoyos familiares: había una tía en Argentina y parientes en Australia; tramitaron visas para distintos países, pero esos intentos apenas prosperaron. La familia vivía entre la angustia y la urgencia, sin certezas sobre el futuro.Ruth se traslada en Kindertransport a InglaterraAnte la dificultad para emigrar, decidieron enviar a Ruth a Inglaterra a través de un Kindertransport, los trenes organizados para salvar a niños judíos de Alemania y Austria. Inglaterra —junto con Holanda— fue uno de los pocos países que abrió sus puertas; se calcula que así se salvaron unos 10.000 niños. A diferencia de muchos, Ruth supo a dónde la llevaban porque su madre ya había gestionado una familia de acogida, lo que evitó parte de la confusión que vivieron otros niños.“Tenía siete años y, aunque al principio todo me sonaba a aventura, era una mezcla de miedo y extrañeza que me latía en el pecho. Me fui porque mi madre creyó que así estaría más segura; me preguntó si quería ir y yo dije que sí, ilusionada por los cuentos que papá me contaba, sin entender del todo lo que significaba dejar la casa, la calle y a la gente que conocía. En Inglaterra me recibieron con amabilidad, pero las noches eran largas y, a veces, me despertaba con la sensación de que me faltaba algo: el olor de mi casa, la risa de mi madre, la presencia de papá. Ser cuidada por extraños me salvó la vida, pero la soledad y la espera por reunirnos quedaron clavadas en mí como una pregunta sin respuesta”.Esperando la visa para viajar a la ArgentinaMientras tanto, su madre logró liquidar lo necesario y preparó un gran baúl y un cajón con muebles básicos, además de reunir tres máquinas de coser usadas: el embrión de la empresa que luego fundaría y que tendría buen renombre. La madre, que ya se había reunido con el padre, obtuvo un permiso de 24 horas para viajar a Francia y pidió que fueran a buscar a Ruth, porque no podían mantenerla enferma lejos de la familia.Llegaron a Francia el 30 de agosto; dos días después estalló la guerra: el 1 de septiembre los alemanes invadieron Polonia y el 3 de septiembre se declaró la guerra, lo que hubiera impedido cualquier reunión posterior. En ese lapso llegó la visa para Argentina, pero conseguir pasajes resultó casi imposible: los barcos habían sido requisados para uso militar y mucha gente intentaba huir de Europa. Mientras gestionaban los pasajes, la policía francesa detuvo a su padre por considerarlo “extranjero enemigo” —tenía pasaporte alemán— y lo internaron en un campo de detención donde obligaban a trabajar a prisioneros de diversas filiaciones.Aun así, la madre no se rindió, consiguió los billetes y fue hasta la comandancia del campo, donde habló con el comandante y logró lo que parecía imposible: la liberación de su esposo y la devolución del equipaje incautado. Gracias a esa insistencia, la familia pudo finalmente reunirse y avanzar con la difícil búsqueda de una salida de Europa.“Para una niña que no hablaba el idioma y venía cansada de tanto miedo, su apoyo fue una luz”“Por fin, en noviembre de 1939 nos subimos a un barco francés en plena guerra y zarpamos hacia la esperanza. Llegamos a la Argentina el 16 de diciembre, en pleno verano; no hablábamos el idioma y, aunque teníamos algunos parientes aquí, ellos tampoco podían darnos grandes ayudas porque estaban en su propia lucha por comenzar de nuevo. Aun así, bajar a ese puerto fue como respirar después de tanta angustia: sentí que por primera vez habría lugar para reconstruirlo todo”, sonríe Ruth.Al llegar a la Argentina, la Asociación Filantrópica Israelita (AFI) fue un abrazo concreto en medio del desarraigo: “Me ayudaron con trámites, nos dieron orientación y compañía, y nos ofrecieron redes que mi familia y yo no teníamos. Para una niña que no hablaba el idioma y venía cansada de tanto miedo, su apoyo fue una luz: me permitió sentir que no estábamos solos, que había gente dispuesta a tender la mano y que, poco a poco, podríamos reconstruir una vida nueva”.La Asociación Filantrópica Israelita (AFI) fue fundada en 1933 por integrantes de la comunidad judeo-alemana en Argentina, con el objetivo de asistir y contener a las personas que llegaban al país huyendo de la persecución nazi en Europa. Desde sus inicios, la institución brindó ayuda humanitaria, alojamiento, inserción laboral y acompañamiento social a miles de refugiados, convirtiéndose en una red de apoyo clave para quienes buscaban reconstruir sus vidas en la Argentina. Con el tiempo, esa misión solidaria dio origen al actual Centro Hirsch, hoy referente en cuidado y rehabilitación de personas mayores y personas con discapacidad.Ruth guarda esas imágenes como fotos de un álbum que hay que armar como un rompecabezas. En su memoria aparece, primero, una casa grande y un tanto extraña: balcones interiores que la atravesaban, muchas habitaciones con las puertas abiertas y la luz entrando sin filtro. En los pasillos se escuchaba alemán y se veían valijas apiladas; todo parecía un lugar de tránsito, gente que iba y venía con prisa o con incertidumbre.Para Ruth, aquel albergue fue el primer techo de muchos llegados de afuera: personas que arribaban sin saber el idioma, sin parientes, sin nada a mano. En su recuerdo la casa no era solo un edificio frío, sino un refugio cálido donde, entre palabras en otro idioma y maletas apiladas, la gente encontraba por primera vez un lugar donde sentirse un poco menos sola.El verano de 1941 y la vieja casa colonial“El hogar de los niños, en aquella época, era una vieja casa colonial. Recuerdo las ventanas que llegaban casi hasta la acera con sus fuertes rejas, bien coloniales, y un hermoso patio interno donde íbamos algunos chicos; a veces incluso dormíamos allí por un tiempo. Había otra casa para dormir en la calle 11 de septiembre, La Vuelta, y era muy divertido pasar la noche allí: nos levantábamos para jugar, salíamos al patio y a la mañana nos mandaban al colegio. Al mediodía volvíamos para el almuerzo, nos ayudaban con las tareas, jugábamos y nos leían cuentos. Hicimos paseos nocturnos entre los pinos que todavía hoy existen. En fin, fue el verano de 1941 y lo guardo como un tiempo realmente precioso; fui muy agradecida y formé amistades que me duraron prácticamente toda la vida”.Ruth fue enviada al colegio público apenas llegó: la pusieron en Primer Grado Inferior, aunque ella ya sabía leer, escribir y hacer cuentas a los ocho años, mientras muchos niños recién aprendían los trazos básicos porque aún no existía la educación preescolar. A mitad de aquel primer año la pasaron a primer grado superior; al año siguiente sus padres consiguieron que la matricularan en el Colegio Pestalozzi, donde volvió a empezar en un grado y, progresando a mitad de año, llegó a tercero y luego cuarto. Con el paso del tiempo siguió subiendo de curso hasta completar quinto y sexto, etapa en la que disfrutó la escuela y empez
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