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La vigencia del legado de Saavedra Lamas
Noventa años atrás, el 6 de junio de 1936, el entonces canciller argentino, Carlos Saavedra Lamas, era galardonado con el Premio Nobel de la Paz, el primer argentino y latinoamericano en obtenerlo.En el contexto de una década turbulenta -que se inicia con una crisis económica con ramificaciones globales y termina con el comienzo de otra guerra mundial- en nuestro continente Saavedra Lamas es reconocido mundialmente por sus aportes a la paz: Tratado Antibélico de no Agresión y Conciliación de 1933 -Pacto Saavedra Lamas- y su exitosa mediación en la guerra entre Bolivia y Paraguay que desembocó en la Conferencia Interamericana de Consolidación de diciembre de 1936. Fue una reunión que presidio Saavedra Lamas y a la que asistió el presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt, quien en su discurso reiteró unas contundentes palabras ya expresadas ante el Congreso y la Suprema Corte de Justicia de Brasil: todos hemos disfrutado de las glorias de la independencia. Vayamos ahora en pos de las que nos depara la interdependencia.Como ministro de Relaciones Exteriores y Culto, cargo que ocupó entre 1932 y 1938, puso en práctica su visión de paz y solidaridad universal; solución pacífica de las controversias y mediación; defensa del principio de no intervención; recurso a la diplomacia, diálogo y negociación y cooperación internacional. En definitiva, toda una agenda de un multilateralismo activo.En esta lógica, una de sus primeras decisiones fue la incorporación a la Sociedad de las Naciones, pacto que había entrado en vigor en 1919, pero que no había sido ratificado por la Argentina. Es así como el 25 de septiembre de 1933, el Congreso sanciona la ley 11.722 que estatuyó que, luego de más de 15 años, la República Argentina, ingresaba formalmente al concierto de las naciones, asumiendo desde el primer momento un activismo internacional basado en sus intereses y valores nacionales. Saavedra Lamas interpretó correctamente el momento en que vivía y consideró que la voz de la diplomacia -y particularmente la diplomacia multilateral concertada en el ámbito de la Sociedad de las Naciones- debía ser más fuerte que el rugido de los cañones.Hay mucho que aprender del pensamiento y acción de un hombre público que actuó hace casi 100 años, en un decenio marcado por conflictos entre imperios coloniales, guerras civiles, emergencia de violentos nacionalismos, aparición de totalitarismos, incubación de la segunda guerra mundial, hecatombe financiera y económica, generando la gran depresión.Fue un período histórico en el cual la naciente primera experiencia de gobernanza global, a través de la Sociedad de las Naciones, se veía incapaz de garantizar la paz. Caracterizaron esos tiempos la conquista de Manchuria por Japón en 1931; la decisión de Alemania de abandonar la Sociedad de las Naciones en 1933 y su posterior política de rearme, y la invasión de Abisinia por Italia en 1935.Fue en este contexto en el que Saavedra Lamas actúo en defensa de la paz, del multilateralismo y de la solución pacífica de las controversias -utilizando mecanismos tales como la mediación-, además de privilegiar el derecho y la diplomacia, antes que el fácil recurso a la violencia armada. Consciente del carácter interdependiente del sistema internacional, abogó por la universalización de los derechos sociales, económicos y laborales.En tiempos de primacía del uso inmediato de la fuerza en desmedro de la diplomacia, no alcanza con interponer obstáculos meramente formales al desorden y a la violencia. Es necesario demostrar que la paz es posible.Estamos transitando esta época con ciertas falencias que dificultan el abordaje de los desafíos del siglo XXI: déficit de liderazgo y de visión. Y es en este contexto que Saavedra Lamas emerge por su vigencia y necesidad.En ocasión de pronunciar su discurso de aceptación de la presidencia de la Asamblea General de la Liga de las Naciones, el 21 de septiembre de 1936, señalaba que “la Sociedad de las Naciones es objeto de críticas continuadas. Se le formulan reproches persistentes y se hacen incidir sobre ella todas las responsabilidades. Tiene, sin embargo, el derecho de volverse hacia los que la fustigan, hacia el mundo que la circunda, para formularle, a su vez, una reclamación: la necesidad de contribución moral, de la lealtad solidaria, del coraje hasta del espíritu de sacrificio, que se comprometieron en el momento de su creación y que su misión exige”.Si reemplazamos Sociedad de las Naciones por Organización de las Naciones Unidas, tenemos el necesario alegato para este siglo XXI, y una imprescindible hoja de ruta para la política exterior de la República Argentina, hoy caracterizada por el abandono de las nobles tradiciones que nos legara Saavedra Lamas.