Una mañana de domingo con Borges

Tengo en mis manos tres hojas de carpeta amarillentas. En esta porteña tarde gris, leo y releo lo escrito en tinta azul con mi letra de niña y algunas oportunas correcciones en rojo de la señorita Azucena. Algunas frases resuenan en mi cabeza con la voz y la entonación exactas de quien las dijo. Sobre todo las primeras; quizá, claro, por la cantidad de veces que retrocedí la cinta del casete para desgrabar la charla. Pasaron 41 años desde ese momento guardado en mi memoria en el que Fanny, la mujer que trabajó para Jorge Luis Borges durante décadas, nos abrió un domingo por la mañana la puerta del departamento de la calle Maipú al 900. Nuestra maestra, dos compañeros de séptimo grado y yo nos encontramos allí con el genial y admirado autor, que, según nos contó, publicaba sus escritos “para librarse” de ellos.Fue en 1985. Yo era alumna de la escuela Cornelia Pizarro, en el barrio porteño de Recoleta, donde hacíamos un periódico mural, pinchando con chinches los artículos en un biombo cubierto con un paño verde. Un día supe que una de las notas sería la que surgiera de la charla nada más y nada menos que con Borges. Y ahora, a 40 años de su fallecimiento, su amabilidad y su voz suave son para mí un recuerdo bastante nítido, no surgido de haberlo visto y escuchado pantalla mediante, sino de haber estado a mis 12 años sentada a su lado, en el mismo sillón.“Borges iba todas las tardes a la Librería La Ciudad, en la Galería del Este. Mi viejo tenía su negocio ahí, así que siempre que iba lo veía”, me recuerda en este junio de 2026 Hernán Scholten, mi compañero de clases en aquel entonces. Un día, Hernán fue al encuentro del escritor con su papá, quien le contó que un grupo de estudiantes le quería hacer una nota. Aceptó gustoso y sin dudar.La edad a la que comenzó a escribir y el género abordado fueron los temas de nuestra primera pregunta. “No recuerdo una época en que no supiera leer ni escribir”, nos respondió. Y dijo que creía haber empezado con cuentos, por una razón simple: hasta entonces, había leído cuentos. Dos cosas de las tantas que expresó vinieron recurrentemente a mi memoria en todos estos años. Una es el mensaje que le pedimos que enviara especialmente a los chicos de la escuela. Nos recomendó, como su padre a él en su niñez, que leyéramos mucho. Pero no cualquier cosa, sino lo que nos gustara. “La lectura obligatoria no es buena”, enfatizó. Varias veces recordé esa premisa y, sin culpa, abandoné libros después de aburrirme con algunas páginas. En aquella charla, Borges se refirió a su música preferida –habló del tango y la milonga y dijo que la obra de Brahms lo llenaba de valor y felicidad–; nos contó sobre poemas surgidos de sus sueños –como el de la cierva blanca, que tenía un solo lado–, y no eludió una reflexión sobre la actualidad. “Estamos mal, pero este gobierno [el de Raúl Alfonsín] no puede modificar el país; eso depende también de cada individuo”, sostuvo, para mencionar luego su expectativa sobre “la medida de los australes” que había sido lanzada.Su referencia a un escrito de su obra, cuando le pedimos que nos hablara de uno en particular, es la otra respuesta que siempre vino sin esfuerzo a mi memoria. Se inclinó por El Libro de Arena. “Está escrito del modo más sencillo que he visto en mis libros”, argumentó, creo que atento a la edad de quienes lo escuchábamos. Por lo de aquel día, Borges siempre me resultó de una cercanía especial. Desde hace unos meses, a metros de donde vivo, una pintura de su rostro en la pared de un restaurante nos recuerda a quienes pasamos que él está presente. Presente, y bien presente, en su obra escrita, en sus expresiones orales y en las referencias que sobre él hay en nuestra hermosa Buenos Aires, la ciudad “tan eterna como el agua y el aire”... Infinita, como el maravilloso e inquietante Libro de Arena.
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