De Raíz: Tomates, compost y rotaciones, el detrás de escena de una huerta orgánica en Coronel Suárez

En un viaje realizado en diciembre a Coronel Suárez, además de conocer el jardín diseñado por las paisajistas de Rapa Paisaje, también se pudo recorrer esta enorme huerta que Marina Moscardi empezó hace cinco años, en plena pandemia.
Todo nació en un antiguo potrero sin uso. “Pensaba que algo tenía que hacer con este lugar”, cuenta la mujer, mientras camina entre los cultivos y va mostrando cómo organiza cada sector. Primero arrancó junto a una socia y con la ayuda de un agrónomo especializado en producción orgánica. Después siguió sola, aprendiendo mucho a partir de la experiencia y del contacto cotidiano con la tierra.
Mirá el video con la entrevista completa.

La huerta orgánica de Marina aparece detrás del jardín como un mundo aparte. Apenas uno empieza a recorrerla, se encuentra con filas larguísimas de tomates, berenjenas, rúcula, acelgas, remolachas y distintos cultivos que se mezclan entre bancales perfectamente manejados. Todo se ve abundante y sano.
Lo más sorprendente es que ella habla de semejante producción con total naturalidad, como si sostener una huerta de este tamaño fuera  fácil. Pero detrás de cada línea sembrada hay años de trabajo, aprendizaje y observación.
Con el tiempo, el manejo de la huerta se volvió mucho más intuitivo. Marina asegura que hoy ya puede entender rápidamente qué necesita cada cultivo y cómo responder a los cambios de estación. También fue aprendiendo algo clave para cualquier emprendimiento productivo: qué verduras son las que realmente busca la gente.
“Al principio hicimos cosas que después vimos que no funcionaban tanto. El hinojo, por ejemplo, casi no sale”, cuenta. En cambio, tomates, berenjenas y hojas verdes son de las producciones más buscadas y las que más rota en los bolsones que arma semanalmente para sus clientes.
La huerta funciona con una lógica muy ligada a los tiempos naturales. Hay cultivos de verano y otros que prácticamente están presentes durante todo el año, como la rúcula, la acelga, la lechuga o la remolacha.
También trabaja con rotación de cultivos, algo fundamental para mantener el suelo sano. Donde una temporada hubo zapallos, al año siguiente aparecen tomates o berenjenas. Ese cambio ayuda a no desgastar la tierra y evita muchos problemas sanitarios.
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Uno de los puntos más interesantes del recorrido fue conocer cómo trabaja el suelo y los abonos. Marina utiliza cama de caballo compostada, una mezcla de aserrín y estiércol que primero debe estacionarse para bajar la acidez y evitar que queme las plantas. Después la incorpora a los bancales y la deja descomponerse durante meses bajo silo bolsa para generar temperatura y mejorar la calidad de la tierra. “Queda divina”, resume mientras muestra la textura oscura y liviana del suelo ya preparado.
El viento fuerte de Coronel Suárez es otro de los grandes desafíos de la huerta. Para proteger algunos cultivos más sensibles, como los tomates, deja líneas de malezas que funcionan como barrera natural y ayudan a generar reparo. En cuanto a las plagas, trabaja con manejo orgánico usando tierra de diatomeas, jabón potásico, aceite de neem y preparados naturales.
“No hay nada que funcione al 100%, pero vamos probando”, explica. Y justamente ahí parece estar parte de la esencia de la huerta: observar, probar y adaptarse constantemente.

Recorrer este lugar también permite entender algo que muchas veces no se ve cuando uno recibe una bolsa de verduras recién cosechadas. Detrás hay horas de trabajo físico, planificación, errores, estaciones buenas y otras más difíciles. Hay una persona que decidió empezar desde cero y sostener un proyecto productivo apostando a una forma de cultivo más natural y consciente.
Quizás eso sea lo más inspirador de esta huerta: ver cómo un espacio vacío terminó convertido en un lugar lleno de vida, producción y aprendizaje constante. Porque más allá de las verduras y las cosechas, acá también se cultiva paciencia, dedicación y amor por la tierra.
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