La intensa vida de Warenka Smutny Valle: Deportista y campeona de kitesurf en México, ahora lidera una comunidad regenerativa de casi medio millón de personas

“Se me hace muy impresionante que todos comemos pero pocos saben de dónde sale su comida”, dispara Warenka Smutny Valle, veterinaria, granjera y ranchera mexicana que es furor en redes sociales (tienen casi medio millón de seguidores) contando y mostrando sobre las ventajas de la producción regenerativa.
En la presente nota, repasamos parte de su polifacética vida en la cual llegó a ser campeona mexicana y subcampeona de Norteamérica de kitesurf. Además ella pinta, hace carpintería, parapente y paramotor, toca el piano, es mamá de dos y esposa (de Eduardo, compañero de aventuras en el mar y en el rancho).

“A diferencia de lo que muchos pueden pensar soy flor de asfalto, me crie en México DF, que por entonces era la ciudad más poblada del mundo”, cuenta Warenka durante uno de los capítulos de la séptima temporada de El Podcast de tu vida. Y remarca: “Cuando empezamos a ir con la facultad a conocer producciones industriales quedé horrorizada, por eso me hice vegetariana, para no avalar ese tipo de producción, pero duré seis años, pues empecé a notar, como deportista de alto rendimiento, que me faltaban las proteínas y nutrientes que obtenía de la carne”.
Por eso, empezó a producir con su marido, primero huevos, después carnes y otros productos, en el modo que ella concibe que se puede producir, de manera más amigable con los animales y con el ambiente. “Sí, son más caros (nuestros productos), pero creo que la gente que nos compra sabe que vale la pena. Es como un seguro médico, porque por el hecho de que no lo pagues ahora no significa que no lo vas a pagar después”. Pasen y disfruten…

-Contame de tu infancia, ¿Dónde te criaste? ¿Qué hacían tus padres?
-Al revés de lo que todo el mundo pensaría, soy flor de asfalto. Nací y me crie hasta los 15 años en Ciudad de México. Por entonces, el DF era la ciudad más poblada del mundo (N de la R: década del 90, superaba los 20 millones de habitantes, hoy tiene casi la misma población pero ocupa el puesto 7 después de Yakarta, Delhi, Tokio, Shanghai, Daca, Manila y San Pablo). No obstante, yo vivía en una colonia que era una burbuja de todo lo que significa el tráfico, las muchedumbres y el cemento. Rodeada de árboles, podía escalar las piedras, había una hondonada llena de ríos, animales pequeños en los charcos. Me encantaba todo eso. Muchas veces le dijeron a mi madre que tenía déficit de atención, que no podía ir a esa escuela, era una niña problemática. Fui a 13 escuelas distintas.

-Me imagino que esa energía te servía muy bien para estar en la naturaleza.
-Si, claro, pero para la sociedad, una persona que se mueve tanto, que tiene tanto interés y pregunta, da problemas. Le decían que a mi madre que tenía que medicarme. Ella no quiso. Entonces fui encontrando cómo agradar sin tener que tomar medicación (se ríe).
-¿Y cuándo se mudaron a Colima?
-Cuando tenía unos 15 años, la delincuencia estaba fuerte en ciudad de México y mis padres decidieron que era momento de salir de ahí y nos vinimos a vivir a Colima, un estado que tiene costa y es de clima tropical. La escuela me gustó, también la gente y el lugar. Me hizo bien ese cambio.

-Antes de terminar la secundaria te fuiste a Nueva Zelanda. Una experiencia que te marcó.
-Primero me fui a vivir un tiempo a Nueva Zelanda, aún en la secundaria. Me tocó una familia humilde, que tenía una pequeña granja. A mí me encantó esa experiencia, fue ahí que sentí un cambio en mi vida. Vivía cerca de la playa, empecé a surfear, me hice salvavidas, y aprendí el mantenimiento diario de una granja pequeña. Además, la señora que me hospedó era de una tremenda fortaleza y resiliencia. Aprendí mucho de su fuerza.
-Llegó el momento de estudiar una carrera, fuiste por veterinaria. ¿Tenías plan b?
-Después regresé a México y seguí estudiando la secundaria, conocí a mi novio, ahora mi esposo, Eduardo, y él me empezó a enseñar una vida “padrísima” de kite, surf y viajes. Arreglamos una combi con cama y cocina y viajamos por todo México. Terminé la secundaria a distancia. Eso marcó mucho mi decisión de qué estudiar porque mi abuelo era médico cirujano y yo quería estudiar medicina, me fascina entender cómo funciona el cuerpo humano. Pero luego, viajando, sentí que iba a tener que decirle adiós a todo eso que amaba, viajar, los deportes, la naturaleza. Incluso ya por entonces competía en kitesurf… Todo eso era incompatible con la vida de médico. Entonces me enfoqué en los animales y dije, bueno, voy por acá.

-¿Cuándo decidieron con Eduardo poner en marcha “Vikinga tropical” y qué hacen allí?
-Yo estaba estudiando veterinaria y nos empezaron a llevar a granjas industriales. Son lugares muy feos. Están los animales encerrados, en espacios pequeños, las puercas gestantes nunca pueden voltear hacia atrás en su jaula, para mí eso era maltrato animal. Yo no quería estar fomentando que esos animales vivan en esas condiciones entonces me volví vegetariana durante seis años para no apoyar esos sistemas, pero como era campeona nacional (de kitesurf) hacía mucho ejercicio y empecé a sentir en mis articulaciones la falta de proteínas y nutrientes que la carne me daba. Entonces con mi esposo empezamos a producir huevo para nosotros. Fueron 100 pollitas.
-¿Qué producen hoy y cómo han desarrollado la comercialización?
-Hoy producimos huevo, pollo, puerco, res, pavo, productos de cuidado personal como cremas para la piel, también vendemos desodorantes, hago bloqueadores solares, productos listos para comer como barbacoas, cochinita de pibil, para los que quieren comer bien pero no tienen tiempo de cocinarse. También tenemos abejas y producimos miel.






-Los productos como los que ustedes producen, ¿cómo están en precio respecto de los más industrializados?
-Sí son más caros, pero creo que la gente que nos compra sabe que vale la pena. Que no lo pagues ahora no significa que no lo vas a pagar después. La gente que consume nuestros productos es gente super saludable, es una especie de seguro médico, no vas a tener que estar pagando tanto después en doctores. Y no sólo es producir un producto, también estamos regenerando la tierra, mejorando los espacios verdes, no contaminamos las aguas que usamos, y eso también cuenta. Por ejemplo, un huevo, si el industrial cuesta 2 pesos, el nuestro cuesta 3,5 pesos. Sí es una diferencia notable, pero en primer lugar estamos cuidando el espacio, también cuidamos tu salud porque no tienen antibióticos, ni promotores de crecimiento, y esas cosas.

-¿Y son más nutritivos?
-Si, claro, terminan siendo más baratos en proporción los nutrientes de nuestros productos porque son mucho más altos. Si el huevo industrial tiene 6 gramos de proteína el nuestro tiene 12 gramos de proteína. Pero no cuesta el doble, cuesta un poco menos del doble. Al final, parecen lo mismo, dos huevos, el industrial y el de granja, pero no lo son. Creo es importante fomentar la educación de las personas, que sepan lo que consumen.
-¿Qué es lo que más te gusta de lo que hacés hoy?
-Me gusta mucho estar con los animales, sólo ir a verlos por estar con ellos me encanta. Y también me gustan las relaciones, ir a conocer gente nueva, hacer tours por la granja. Hacemos uno al mes.

-Llegamos al pin-pong, ¿Cómo despejás tu cabeza después de un día largo?
-Ir a surfear, meterme al mar es como limpiar. Como meter un palo lleno de tierra y lo metes al ar y se le quita la tierra, a mí me quita todo lo sucio que pueda tener mi cabeza.
-Fuiste kitesurfista, de las mejores de México, campeona. ¿Cuándo fue eso? ¿Cómo? ¿Extrañás algo de esa vida?
-Eso fue desde los 18 a los 24 o 25 años. Fui campeona de México y segunda de Norteamérica. Y si, extraño el kite, pero algo lo sigo haciendo. Cada vez que hay viento vamos. Mi esposo también lo hace.

-También hiciste parapente y paramotor. Lo hice alguna vez y fue una sensación hermosa. ¿Cuál ha sido tu experiencia?
-A mí me encantaba, volé por muchos años, incluso yo llevaba gente. Me gustaba muchísimo volar y hacía mucho cross, que es tratar de llegar con el viento lo más lejos que pueda. Iba conociendo nuevos lugares, aterrizando en nuevos sitios. Era divertido y desafiante.
-En uno de esos vuelos cross tuviste un encuentro cercano con cocodrilos…
-Si, una vez estaba haciendo paramotor y se le metió una basurita al carburador que apagó el motor, entonces tuve que aterrizar en la islita en donde había muchísimos cocodrilos. Fue algo atemorizante porque vos veías en el lodo todas las huellas de patitas de cocodrilos. Yo mantenía el motor prendido para alejarlos. Pero iba con un amigo que había estado en la guerra de Kosovo y nos comunicábamos por radio, el llamó a la guardia, vino la cruz roja, se armó un rollo bárbaro.

-Entre todas las cosas que haces también pintás. ¿Qué pintás?
-Si, me gusta mucho pintar. Cuando pinto me voy a otro mundo y me encanta. Pinto de todo un poco, en mi casa de hecho tengo varias, un gallo, el que era mi perro, y otras cosas.
-¿Qué sabés de Argentina?
-El mate. Lo he probado y está rico. Tengo un amigo que es productor regenerativo en Argentina. Y él habla mucho de cómo produce él, nos pasó fotos aéreas de cómo está lleno de soja alrededor de su establecimiento. Por eso él hace producción regenerativa.

-¿Qué tal te va en la cocina?
-Me gusta mucho cocinar, siento que es la culminación de un esfuerzo fuerte que es la producción entonces es como honrar todo el trabajo ya hecho. Me gusta cocinar lo de temporada. Lo que vaya dando el huerto.
-¿Y tenés alguna especialidad?
-Me gusta hacer mucho unos chamorros adobados que aquí son una mezcla de chiles y chamorros de puerco al horno.

-¿Qué música te gusta escuchar?
-Me encanta la música, pero a veces me satura. Mi cerebro se distrae muy fácil. Entonces cuando escucho elijo música clásica, también toco el piano y me gusta por ejemplo Dvorak, que toca sinfonías lindas.
-¿Qué creés que le diría la Warenka que sos hoy a la que tenía 18? ¿Cómo podría allanarle el camino de lo que vino después?
-Creo que le diría que disfrute cada momento del camino. Que
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