Las crisis son capaces de enseñar muchas cosas a quienes están dispuestos a aprender. Lo que Damián Martínez aprendió de la suya fue la capacidad por adaptarse, reconvertirse y perseguir lo que a uno verdaderamente le hace latir el corazón.
En su caso cuesta poco dilucidarlo: se trata de los fierros, que estuvieron presentes a lo largo de toda su vida gracias a Aceitera Martínez Sociedad Anónima, conocida también como AMSA. Aquella firma, que fue fundada por su abuelo en Rosario y heredada por su padre años después, sobrevivió a la crisis de 2001, pero no así a la desventura que causó un incendio quince años después, del cual fue difícil reponerse financieramente.
“A la empresa la reconstruimos con mi hermana, volvimos a activarnos, pero lo que nos generó no nos permitió continuar y tuvimos que verdérsela a nuestro proveedor que era Bunge. Fue un golpe pero si consideramos que la tercera generación, en general, funde las empresas familiares, esta debería ser un caso de éxito porque al menos trascendió hacia una multinacional”, dijo Damián en charla con Bichos de Campo.
Y como sucede en muchas historias, las famosas “casualidades de la vida” hicieron de las suyas y pusieron al empresario frente un proyecto que captó rápidamente su atención e interés: la producción de uva para vino.
Mirá la nota completa:
“Me invitaron a partir de un emprendimiento en Cafayate, Salta, que arrancó con la compra de unas 150 hectáreas de monte. Era para producir vino puntualmente para Catena Zapata, que se estaba desarrollando como un productor importante en la zona. La diferencia con otros proyectos de gente que sale de un sector para entrar en el mundo del vino es que a mí no me interesó tener una pequeña bodega boutique. No consideraba que no tenía valor agregado para generar. Lo que a mí me gustaba era la parte industrial”, recordó Martínez.
Fue así que aquel proyecto, sumado a las relaciones profesionales que generó tras integrarse al grupo CREA de Calchaquí, y sumado también al gusto que tomó por vivir al ritmo de esa provincia, puso al empresario frente a un nuevo nicho que tenía todo por explotar y desarrollarse.
“Los pequeños productores de Cafayate necesitaban servicios en un lugar donde es difícil manejarse. Ellos realmente son heroicos porque el sacrificio y laburo que hacen para hacer sus vinos acá es muy grande. Encontré mi lugar ahí y pusimos esta planta que hace fraccionamiento, etiquetado y guarda de vinos, en condiciones controladas”, señaló el empresario.
Fue así que, sin dejar de ofrecerle servicios a Catena Zapata, Martínez comenzó a compartir su maquinaria sofisticada con aquellos de menor escala.
“Catena Zapata y cualquier productor de 4000 a 5000 botellas pueden compartir la tecnología. Nosotros vamos con nuestro camión cisterna, buscamos el vino a donde lo hayan elaborado, lo traemos a la planta y hacemos el fraccionamiento. Incluso gestionamos los envases, consiguiendo mejores precios al comprar en cantidad, y nos encargamos de toda la logística. De esa forma le generamos un ahorro a toda la región”, afirmó el empresario, que hoy conduce AMSA Agronegocios.
Al servicio de producción con un viñedo eficiente y mecanizado, junto al de fraccionamiento, etiquetado y guarda, Martínez sumó un tercer proyecto complementario e igual de rentable: las “mini bodegas”.
“Creamos una bodega para dar servicios con equipos de frío, molienda de uva, y le alquilamos el espacio para que los pequeños que no tenían donde elaborar su vino vengan y se instalen con sus tanques. Le generamos la posibilidad de que vengan a elaborar. La inversión necesaria para la maquinaria es muy alta para un productor que haga 50.000 botellas A lo mejor tiene su finca y tiene 10 o 15 hectáreas, pero con esa unidad es imposible amortizar la inversión”, indicó el empresario.
Finalmente, con el objetivo de alimentar su costado más lúdico, Martínez destino un módulo de su planta a la producción de varietales a pequeña escala, junto a un club de vinos llamado Sociedad de Honorables Enófilos.
“La idea es que vengan y se pongan a hacer su propio corte, integrando los distintos varietales y definiendo incluso el tiempo de guarda que le quieren dar en barrica. Acá les damos 15 meses de crianza en barrica y se los ponemos a disposición con su etiqueta personal Nos dan la imagen y se la hacemos. El primer año elaboramos 15 barricas y se vendieron las 15. Este año ya estamos completando las 30 y la idea es llegar al 2027 con 50 socios máximo”, explicó.
“Es generarle mayor libertad a los socios. Acá no se cobra membrecía, no se vende superficie de viñedo atrás del proyecto. De esos hay muchos en Mendoza pero tienen un condimento inmobiliario. Acá solo tienen que tener ganas de hacerse su barrica, que son unas 300 botellas, con su etiqueta”, añadió a continuación.
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-¿Recuperaste finalmente un poco el entusiasmo de hacer cosas creativas?
-La realidad es que sí, yo esto lo disfruto mucho. Lo más lúdico puede ser este último proyecto, pero a mí lo que más me gusta son los fierros. Para mí, el gran gusto que me ha dado en todo este proyecto de Cafayate es la planta de servicios. Es mi origen, es lo que más valor agrega sin ninguna duda en el valle, y es lo que más disfruto.
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