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“Espero que vaya preso”: la extraña sentencia judicial a Hamlet en un teatro de Buenos Aires
Cuando el personaje de Shakespeare es tratado como un asesino común y es defendido por notables abogados
Pasadas las 20 del viernes, en el Teatro Regio del barrio de Colegiales comienza el primer juicio a Hamlet, el famoso personaje creado por William Shakespeare. Se lo acusa de haber matado a Polonio, el reciente esposo de su madre, Gertrudis; y padre de Ofelia, su novia. La secretaria pide a los presentes que se pongan de pie para recibir a la jueza. Todos cumplen la solemne consigna a contramano del protocolo que rige en las obras comerciales en las que el público aplaude el ingreso de los protagonistas famosos y convocantes. Es el primer gesto de extrañamiento de esta propuesta sumamente inquietante que, en su primera función, no pudo sortear ciertos desajustes. En el escenario (o el estrado, para apelar al lenguaje tribunalicio) en este primero de los tres juicios sobre un acusado que hace unos 400 años era el Príncipe de Dinamarca. Ahora, Hamlet es un chico del sur de un barrio “picante” del conurbano. De buenas a primeras, se juzga a Hamlet como un asesino común. Aunque, con esa familia en la que una madre a dos meses de la muerte de su marido, se casa con el hermano del difunto y apaña siempre a su hijo; claramente se está frente a un típica familia disfuncional con varios papeles flojos. Graciana Peñafort fue su abogada defensora el viernes pasado. En el solemne espacio se ubicaron Manuel Garrido, el fiscal; Natalia Ohman, la jueza, ocupando un lugar central; Leonardo Ghioldi, perito psiquiatra; Santiago Maffia, perito forense y Paula Garrido, la secretaria judicial. Todos ellos son reconocidas y experimentadas figuras del poder judicial. Durante tres horas reprodujeron esta estricta formalidad de un juicio por jurado tan cargado de elementos teatrales. Julián Larquier interpretó a Hamlet; Bárbara Massó, a Ofelia, su novia; y Alejandra Flechner, a Gertrudis, la madre del imputado. En cada butaca del desbordado teatro había un anotador y un lápiz para, llegado el caso, ir tomando apuntes. Es que 12 personas del público elegidas por azar tenían que decidir si hubo intencionalidad en este crimen representado cientos de veces en escenarios como en la pantalla grande. Todo este dispositivo plagado de estrictas reglas legales y sus derivas forma parte de Hamlet, continúe, una inquietante performance creada por el director catalán Roger Bernat y el dramaturgo suizo Yan Duyvendak que se presentó en una de las salas del Complejo Teatral de Buenos Aires y que forma parte de la batería de interesantes propuestas programadas por Paraíso Club. Según los creadores el eje de esta sucesión de corrimientos que toman como base la tragedia shakesperiano es “llevar al espectáculo de la ley al escenario” y explorar la compleja pregunta sobre la naturaleza de la verdad.Culpable o inocente, esa es la cuestión En Hamlet, continúe, luego de ciertos pasos formales y la presentación del caso les toca hablar a los tres testigos. La primera es Ofelia. Es muy clara en lo que dice. “Espero que Hamlet vaya preso. Ahora no tengo papá ni novio”, confiesa, contrariada y tajante la actriz Bárbara Massó. Llega el turno de Gertrudis, la madre, a cargo de Alejandra Flechner. En su interpretación, opta por darle a su personaje chispazos de una comicidad que mantendrá durante todo el juicio aun estando sentada sin que la jueza la deje hablar. El fiscal le solicita que recuerde si había notado un cambio de personalidad en su hijo antes del asesinato de su nuevo marido. “Sí, porque dos meses antes de mi casamiento yo me había quedado viuda. Mi hijo quedó muy mal con la muerte de su padre y empezó a estar muy raro, se emborrachaba mucho. De verdad, debo decirlo”, dice quien, minutos antes, se había comprometido a decir la verdad y nada más que la verdad. Hamlet, a cargo de Julián Larquier, también suma su propia verdad. Reconoce sus problemas con el alcohol. Señala que para ganarse unos pesos trabajó en una panadería, y como paseador de perros. Dice haber matado a Polonio pensando que era una rata que estaba escondida adentro de un placard y detrás de una cortina. Expone haber tenido un arma blanca en su mano porque “cualquiera en este barrio tiene un cuchillo”.Acto seguido llegan las apreciaciones de los fiscales, sus aportes, sus lecturas del caso reproduciendo ese rito procesal que hemos conocido tantas veces en el cine. Pero Hamlet, continúe tiene lugar en un teatro con un “elenco” híbrido conformado por talentosos juristas y talentosos intérpretes con momentos un tanto tediosos por ciertos formalismos procesales, monólogos a cargo de no actores de una fuerte teatralidad y con los aportes de los intérpretes de mucho millaje en escenario que apelan a intensidades y a perfiles de abordaje de sus personajes muy distintos entre sí. Para el momento del alegato, Graciana Peñafort despliega todos sus herramientas teatrales, que son muchas. “Hace 400 sabemos que Hamlet mató a Polonio”, comienza llamando las cosas por su nombre. El punto será, explica, saber si tuvo voluntad de hacerlo teniendo también en cuenta su contexto social y su vulnerable situación familiar. “No se olviden nunca que lo que debemos de parte del Estado democrático es defender el principio de inocencia”, apunta. Desde la perspectiva teatral, su alegato como el del fiscal Manuel Garrido (el que pide de 8 a 25 años de prisión por el delito de homicidio simple) son dos brillantes monólogos improvisados en el momento a cargo de dos actores (que, en verdad, no lo son) que manejan los tiempos, el uso del espacio escénico, la intensidad del relato. Antes de conformarse el jurado es Hamlet quien decide tomar la palabra. “Me siento muy solo, muy triste [...] Es muy raro todo esto..., pero se lo dedico a mi papá, que está en el cielo, seguramente con el Indio [Solari]”, dice, confundido. Así son las cosas en esta nueva y provocadora versión del tercer acto, escena 4, de Hamlet. Los otros juicios y el momento de la sentenciaEn los 204 juicios performáticos que tuvieron lugar en otras ciudades del mundo en donde se presentó esta propuesta, Hamlet fue declarado inocente en 111 oportunidades, detalló el director catalán Roger Bernat en una de las dos únicas oportunidades que tomó la palabra. En Zurich, le otorgaron una compensación económica por el tiempo que había pasado en prisión preventiva. En Hong Kong fue condenado a cadena perpetua.En los tres juicios llevados en el Teatro Regio el viernes, cuya abogada defensora fue Graciana Peñafort, Hamlet fue declarado culpable con dos años de prisión no efectiva porque ya había estado un año preso y buena conducta. En la del sábado, cuyo abogado fue el constitucionalista Ricardo Gil Lavedra, inocente. Según testigos presenciales, para hacer uso de términos de la justicia, su alegato en la defensa del Hamlet fue sumamente contundente y festejado por el público. El mismo veredicto se repitió el domingo, cuya función fue agregada a último momento por la demanda de entradas. En esa oportunidad, el abogado defensor fue Vadim Mischanchuk. En las tres oportunidades, el resto del equipo también fue variando para evitar posibles vicios de la repetición.La primera noche todo el protocolo (con su cuarto intermedio y su receso mientras el jurado debatía en una sala cerrada) demandó tres horas, con momentos un tanto tediosos, y tuvo un final sumamente desdibujado que terminó opacando el resultado final. Según otros testigos presenciales, en las del sábado y el domingo el mecanismo se ajustó de tal manera que Hamlet, continúe se redujo a las dos horas. Es de imaginar que de ese modo se debe haber potenciado el efecto de esta propuesta sumamente provocadora que contó con la complicidad de reconocidos abogados, fiscales, jueces y peritos que se sumaron a esta reflexión sobre la construcción de la justicia en el marco de lo teatral, con sus propias leyes. Y como parte de este juego contante de corrimientos es el mismo público quien cumple un rol decisivo. Fueron ellos los que en dos de los tres juicios declararon inocente al chico del conurbano que, tal vez, no sepa dónde queda Dinamarca.