General
La ciudad soleada que atrae con sus chufas, paellas y ecos del Mediterráneo
Historias, personas, curiosidades y palabras clave para trazar un recorrido por la tercera urbe más importante de España
De las 12 puertas de la muralla medieval que rodeaba Valencia, quedan dos: Serranos y Quart. El hotel está frente a la Puerta Serranos, una gran abertura bajo dos torres de piedra, enormes, semicilíndricas, del siglo XIV. Primera mención a los siglos, y serán varias, y varios los siglos: Valencia se construyó sobre capas de historia y estilos arquitectónicos que se superponen, de iglesias sobre mezquitas, donde el tiempo y la mezcla se hacen visibles en altares, capillas y fachadas.Desde la habitación del hotel veo el puente Fusta y, por debajo, el antiguo cauce del río que, en 1957, luego de una inundación, fue desviado y se convirtió en el Jardín del Turia, un parque urbano de nueve kilómetros, el más largo de Europa, un río verde. Dicen que cuando un político lanzó la idea de hacer ahí una autopista, los valencianos se crisparon de rabia y fue un no rotundo. En 2024, Valencia fue elegida Capital Verde Europea, un premio para ciudades comprometidas con la sustentabilidad y la ecología urbana.Extramuros pasan autos, motos y bicicletas: la ciudad tiene 200 kilómetros de ciclovía, lo considera un logro y va por más. Un paseo popular es pedalear hasta el Parque Natural de la Albufera, un valioso humedal costero.Intramuros, aunque ya no existen las murallas adosadas a las puertas, aparecen varias ciudades: la romana –en el Centro Arqueológico Almoina caminé sobre sus ruinas–; la medieval –la de la Lonja de la Seda, donde los mercaderes compraban y vendían telas sofisticadas–; la barroca –la de los estucos en la fachada del Museo Nacional de Cerámica–; y la modernista, con el Mercado Central, la Estación del Norte y las obras del arquitecto Javier Goerlich Lleó, que trazó la fisonomía urbana del siglo pasado.El Centro de Arte Hortensia Herrero, el nuevo templo del arte contemporáneo en el antiguo Palacio Valeriola, atesora en el sótano una muestra donde repasa la historia de la ciudad a través de sus épocas: la romana, la visigoda, la islámica y la cristiana.Desde 2019, Valencia es sede del festival Open House, con recorridos y visitas gratuitas –desde el art déco y el brutalismo hasta el neofuturismo–, que celebran la arquitectura moderna.Intramuros, leo carrer y avinguda, calle y avenida en valenciano. A pesar de eso, no lo escucho tanto como el catalán. La prohibición durante los años del franquismo de su uso en el ámbito público lo confinó al interior de las casas y provocó un retroceso.A orillas del Mediterráneo, Valencia es el puerto más importante de España después de Algeciras y la tercera ciudad más poblada, con poco más de 800.000 habitantes. Muchos llegaron atraídos por la calidad de vida, el sol, las playas, el patrimonio histórico y la cocina de mercado. En las revistas de expats figura en el ranking de las mejores ciudades del mundo para vivir. “Por mi trabajo puedo vivir en cualquier lado y hace 10 años elegí Valencia; me encanta esta ciudad”, dice Stephanie Schulz, una alemana que, desde que vive acá, no tiene la piel tan blanca.A ellos se suman los inmigrantes por necesidades económicas y por estudio, y de ese conjunto resulta una ciudad multicultural con más de 120 nacionalidades: el taxista que me lleva del aeropuerto al hotel es sirio; el camarero, italiano; la empleada del hotel, polaca; y, al terminar esta visita, el conductor que me llevará a la estación será boliviano. El resto se cruza en las calles.Ciudad de origen del gran pintor español Joaquín Sorolla, de la porcelana Lladró y de las Fallas, esa fiesta de arte y pirotecnia –Patrimonio de la Humanidad– que cada marzo revoluciona la rutina con petardos, desfiles y polémicas.El final de este viaje coincide con la previa de las Fallas: todos los días a las dos de la tarde suena la mascletá, un show aéreo de explosivos que se lanzan desde un espacio enjaulado frente al Ayuntamiento. Dura unos cinco a siete minutos y, al final, la gente califica qué tal fue respecto de años anteriores. “Si vienes en temporada de Fallas sentirás que Valencia huele a pólvora –dice una valenciana–, incluso más que al azahar de las naranjas”, y me pregunta si sabía que la pólvora que se usó en el Super Bowl LX fue de Valencia.Extramuros, la arquitectura se expande y sorprende en construcciones como la Ciudad de las Artes y las Ciencias, diseñada a mediados de los 90 por Santiago Calatrava, y el flamante estadio de básquet Roig Arena. donde ya cantó Rosalía. Es la última apuesta del valenciano más rico y la quinta fortuna de España, según Forbes: Juan Roig, presidente y propietario de Mercadona, la cadena líder de supermercados.Valencia es una ciudad creyente. Intramuros, hay pruebas –documentos, estudios arqueológicos– de que ese cuenco, tallado en ágata, montado sobre una base de oro con perlas y rubíes y expuesto en una capilla de la catedral, es el mismísimo Santo Grial, el cáliz utilizado en la Última Cena. Este año se celebra el Año Jubilar del Santo Cáliz.Valencia fue noticia hace dos años por las inundaciones causadas por la DANA, que dejaron 237 muertos, una herida todavía abierta. Una tarde converso con una mujer sobre este episodio. Me cuenta cómo ese día y los siguientes dejó todo y fue a ayudar a desagotar espacios, pasar el trapo y volverlos habitables. Busca en el celular la foto: está con unos amigos y es difícil reconocer su cara, cubierta de barro. Pasa las imágenes de esos días con los ojos llenos de lágrimas.Intramuros, los bares anuncian la popular agua de Valencia –ginebra, cava, vodka y jugo de naranja– y, por la noche, los estudiantes se sientan en las mesas de la Plaza del Negrito. Las universidades de Berkeley y Florida tienen sede allí y hay intercambios con muchas otras, entre ellas la UBA. En Valencia estudian más de 50.000 jóvenes.Cuando le conté a una compañera de pilates que viajaría a Valencia, se emocionó: había pasado unos meses allí por un intercambio universitario y no la olvida. Antes de partir me pasó una lista de sus lugares preferidos, tan larga que alcanza para otro viaje. Me queda pendiente explorar más Ruzafa, barrio alternativo con mercadillos de ropa usada, talleres creativos y cafés de especialidad alrededor de un mercado donde se cruzan mujeres con carrito de compras, estudiantes en busca de ofertas y algún turista.Tierra de playas amplias como la de Malvarrosa, naranjas de exportación y almendros, el ingrediente estrella de los turrones de Jijona y Alicante, Valencia tiene la gracia de no ser tan turística como sus mayores, Madrid y Barcelona. Eso la vuelve amable para pasear, sin el agobio de filas y tours. Los responsables del área aseguran que trabajan para que siga siendo, ante todo, una ciudad para los valencianos.A continuación, pistas, circuitos y palabras para darle contenido a esta ciudad soleada.Dos plazasA veces, en los viajes, se instauran pequeñas rutinas, aunque uno pase apenas unos días. Cada mañana cruzo dos plazas casi seguidas. Salgo por el carrer de Serranos (atenta a los scooters que pasan como rayos) y, en la Plaza de Manises, giro a la izquierda, no sin antes admirar los azulejos del cartel, justamente, de Manises, un pueblo cercano a Valencia dedicado a la producción de cerámica. Antes de llegar a la Plaza de la Virgen, aparece el Palacio de la Generalitat y un jardín mínimo, como un pañuelo –nosotros le diríamos placita–, repleto de naranjos que ya han largado los azahares, un perfume capaz de torcer cualquier itinerario.La de la Virgen es una plaza seca, amplia. Me siento unos minutos en un escalón de piedra caliza para admirar la torre hexagonal de la catedral y la Fuente del Turia, un homenaje al río y a sus ocho afluentes que riegan la huerta valenciana.Muchas calles desembocan en la segunda plaza: la de la Reina, donde se encuentra la entrada barroca de la catedral. Ajardinada y abierta en medio del trazado abigarrado del casco antiguo, es una plaza con mucha información de gente, lugares, restaurantes y bares. Me siento unos minutos en un banco para mirar el Miguelete o Micalet, el campanario gótico que fue torre de vigilancia, morada del campanero y prisión.Quiero escribir sobre dos plazas y nombro cuatro; debe ser porque en la ciudad hay más de 40. Otra, de yapa: la de Rodrigo Botet –un filántropo valenciano que estudió ingeniería en Argentina–, una plaza mínima con la fuente de los patos bajo enormes plátanos, un rincón valenciano que recuerda a París.PaellaEl cocinero toma la paella y la coloca en forma vertical. Es grande, como para 15 personas, y lleva más de un kilo de arroz bomba. Tiene todo lo que debe tener la paella valenciana: pollo, conejo, chauchas planas –judías, acá en España–, tomate rallado y garrofón, un poroto blanco chato y cremoso. Por supuesto, hebras de azafrán, aceite de oliva, sal y pimentón de la Vera, dulce.En una paella no se esperan gambas, me dicen. Claro que no. Los ingredientes son de la huerta. Y dejo un secreto del chef: sale más rica si se cocina en fuego de madera de naranjo.Esta es la primera paella del viaje. La segunda es distinta: contiene “opcionales”, como alcaucil –alcachofa por aquí– y ramas de romero; y la cuarta, en el restaurante El Racó, en Meliana, al norte de la ciudad, será de hígado de toro (lleva también corazón, bazo, entraña, molleja y endivias). Es la especialidad de esa y otras localidades de la Huerta Norte, y vienen de lejos a probarla. También preparan la clásica paella valenciana con un opcional: caracoles.–Se los ponemos porque mi abuela se los ponía, y punto –dice Javier Gimeno, que atiende el salón mientras su hermano Paco cocina. Hace unos años obtuvieron el tercer puesto en el concurso de la mejor paella del mundo.–Ya no podemos ir porque el concurso es en domingo y Paco no se puede ir de la cocina porque esto está lleno de gente.Anoto una palabra que me encanta: socarrat, en valenciano, el fondo crujiente de la paella para rasparlo con cuchara.El sol radiante de una ciudad con 300 días soleados ilumina el azafrán. Le saco fotos a la paella en posición vertical. Es increíble que no se caiga el arroz. Recuerdo lo que di