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Nuevos algoritmos para el evangelio de siempre
Por primera vez una encíclica papal incluyó temas vinculados con la IA, pero algunos muy analógicos problemas de fondo siguen ahí
En una época en la que se le pone Inteligencia Artificial a todo, un papa tan remozado como León XIV se subió a la tendencia. En su primera encíclica dosificó IA en el título y en un capítulo de cinco. Suficiente para llamar la atención mundial al documento pío, pero sin abundar en un tema demasiado complejo para explicarlo con parábolas bíblicas. De hecho, la propia encíclica plantea contradicciones entre las afirmaciones y el aprovechamiento que la Iglesia ha sabido hacer de los algoritmos que critica. Por un lado, entiende la búsqueda del bien común “como una realidad viva donde las personas aprenden a reconocerse vinculadas las unas a las otras y corresponsables de la res publica”. Por otro, hace uso de la comunión que facilita la interconexión global.En un mundo de casi ocho mil millones de personas, hay más móviles que cabezas. El 95 por ciento de esas conexiones son de banda ancha, según el informe anual de la organización GSMA. El mismísimo León XIV reconoce ese potencial al relanzar Vatican News en multiplataforma, diciendo que como “herramienta de evangelización, ofrece una oportunidad de crear una red y un intercambio de dones entre Roma y la iglesia de tu país”.Pocos bienes y servicios se distribuyeron más rápida y equitativamente que los digitales. El teléfono tardó un siglo para alcanzar mil millones de usuarios. La televisión, menos de cincuenta años. El teléfono móvil alcanzó el millardo en un tercio de ese tiempo, pero WhatsApp lo hizo en cuatro años. Internet tardó siete años. ChatGPT, dos meses.La facilidad con que cualquier persona de cualquier lugar puede estar en contacto con cualquiera con su modesto abono local no tiene precedentes. La economía basada en datos permite a las plataformas dar sus servicios de manera gratuita. Pocos sistemas son más accesibles para aquellos que no tienen otra cosa para intercambiar.El pedido papal de incluir “entre los bienes que están destinados universalmente a todos” a “las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales…” ya está atendido. El pobre necesita que su teléfono funcione para trabajar, no ser dueño de una telefónica. Ni siquiera costear su mantenimiento con el IVA que paga en los alimentos básicos. Los países que eligieron este sistema son los que tienen las conexiones más inestables y con peor velocidad. El papa se preocupa por “un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos, entre quienes pueden participar en la revolución digital y quienes permanecen al margen.” Pero la brecha entre países pobres y ricos no es digital sino estructural.La peor discriminación es la de alimentación y educación, que hace que un joven africano no acceda a la misma pantalla en iguales condiciones que el europeo, como un porteño no lo hace igual que un patagónico. Las enormes diferencias en condiciones educativas y económicas no dependen de los gigantes de internet.El último papa que visitó Argentina lo hizo en un mundo sin internet y sin teléfonos, en un país que llegó a la telefonía móvil sin haber conocido teléfonos públicos por políticas de estado. El único papa argentino, que no visitó su tierra, supo hacer llegar su palabra desde las decenas de cuentas en múltiples idiomas de @Pontifex en X, YouTube, Instagram y Facebook.En el siglo XVI, la imprenta de Gutenberg tradujo la Biblia a idiomas herejes y rompió el monopolio del latín y los exégetas de entonces. El miedo de perder el control de la palabra santa hoy se reactualiza con la inteligencia artificial, a la que cualquiera puede consultar la Biblia o las encíclicas papales.De hecho, si pasamos por IA la veintena de encíclicas de los últimos cuatro papas, confirmaremos que los problemas de fondo siguen ahí. Esperando su solución desde mucho antes de que existiera internet.