Nahuel Ortiz Vidal: “Voy en busca de la obra imposible de vender”

¿Olfato o destreza? ¿Qué hay detrás de la carrera de éxitos de Nahuel Ortiz Vidal, el galerista que en diez años convirtió varios récords en el arte argentino? Se bate a sí mismo su propia marca y tiene en Barro una verdadera fábrica de estrellas. ¿Cómo lo hace?Un gol tras otro. Primero vendió a Eduardo Costantini por alrededor de medio millón de dólares la familia completa de arcilla de Gabriel Chaile, grupo escultórico monumental con el que el artista había sido convocado por Cecilia Alemani para la muestra central de la 59ª Bienal de Venecia, en 2022. Ya en Art Basel 2019 había dado el batacazo con cada una de las ollas populares que el tucumano había llevado a Basilea. Desde entonces, la carrera de Chaile no paró de ascender. En Venecia, llegó a las seis cifras para unas moles que hubo que trasladar en barco... un viaje tan caro que pensaba que las piezas se transformarían en obra efímera. Ahora, en Malba Puertos, la familia tiene una sala propia para su exhibición permanente.Siri Hustvedt: “Me gustaría llegar a la tumba con una pequeña bocanada del humo de Paul Auster”En la siguiente edición de la bienal más importante del mundo, el éxito no fue solo material: la Chola Poblete recibió una Mención Especial, y pasó a ser la cuarta artista argentina en recibir un galardón, después de Antonio Berni, Julio Le Parc y León Ferrari. Una mujer trans, con raíces indígenas e identidad marrón ingresó en ese podio de grandes varones, de la mano de Barro. Había sido invitada a exponer en la muestra principal, en una pared de veinte metros, ocho grandes acuarelas. Enseguida, Ortiz Vidal las ubicó a todas.Para ese año, 2024, hizo saltar la banca del arte argentino con la venta de la obra más cara vendida en el país: el ciclo Argentina, de Mondongo, quince paneles de 45 metros lineales de plastilina, fue adquirido por Andrés Buhar por US$ 1.270.000. El dueño de Arthaus ya había comprado antes las Calaveras #2 y #8, y el Baptisterio de los colores. El último récord era de 2019, por la obra Sin título de Jorge de la Vega, de 7 metros de largo exhibida en arteBA 2019 y vendida por la galería María Calcaterra, en US$ 1.200.000.Hay otras operaciones millonarias de las que Ortiz Vidal no puede hablar todavía. Pero fue un gran movimiento haber vendido este mes la instalación de Matías Duville en el Pabellón Argentino de la Bienal de Venecia, a pocos días de haberse inaugurado. El comprador no fue ninguno de aquellos coleccionistas voraces, sino una mecenas, Amalia Amoedo, que también había sido sponsor del envío. Lo que adquirió no son treinta toneladas de sal y carbón sobre las que es posible caminar, sino el dibujo de doce metros de largo que fue boceto de la instalación, registros fotográficos y de video, el sonido y las instrucciones para replicarla donde quiera. ¿El valor? Una cifra intermedia entre la familia de Chaile y los paisajes de Mondongo. ¿US$ 700.000? Debe andar por ahí. El envío a Italia fue un esfuerzo de producción, una gran apuesta, porque este año no hubo apoyo estatal para costear el envío nacional. “Eso nos dio total libertad, porque en la Argentina hay muchos bandos. Si recibías plata de uno u otro, te iban a cuestionar”, opina Ortiz Vidal. Su primera vez en Venecia, en 2013, fue con Nicola Costantino y la videoinstalación de Evita que terminó intervenida por contenidos y panfletos partidarios. “Eso termina arruinando los pabellones. Si tuviera que volver a elegir, prefiero que no ponga un mango nadie para no quedar atado nunca a una bandera política. Hay un consenso muy grande con el proyecto de Matías porque es muy bueno, pero también porque no recibió ningún apoyo de ninguna parte política de la Argentina”, dice Ortiz Vidal. Implicó un fondeo importante y la producción general del envío, que no fue sencilla, en la que trabajó todo el equipo de la galería, y diez personas comandadas por la directora de Barro, Bárbara Golubicki. A Venecia viajó todo el staff. “Cada uno con una misión: hablar con clientes, con instituciones, con curadores. La directora fue la productora general, trató con iluminadores, con el de la sal, con el del carbón, con el de la imprenta”, enumera. Muchos de los artistas que viven por el mundo, viajaron a apoyar: Pablo Reinoso, Chola Poblete, Nicanor Aráoz, Agustina Woodgate, y una posible próxima incorporación, Trinidad Metz Brea. Esto habla de una relación muy cercana. “Los quiero, pero no puedo ser muy amigo porque hablamos de plata, de proyectos, del taller. Tengo una relación súper cordial, pero muy profesional”, señala Ortiz Vidal. ¿Es ojo, es instinto, es negocio? “La verdad, es una persona muy dinámica y está teniendo un ojo muy atinado, no es azar. Si no hubiera partido de un material y una selección interesante, no habría logrado estas cosas. Algo de ojo hay, seguro. Y también intuición”, confirmaba a LA NACION Buhar, uno de sus mejores clientes. El año pasado, por ejemplo, le compró en arteba una pintura de Guillermo Kuitca nunca vista en el país, Tres noches, que a fin de junio tendrá su activación en el auditorio de Arthaus.Ortiz Vidal habla de fe: “Lo primero para mí es creer en los artistas, porque lo que siempre pensamos en la galería es qué le podemos dar a nuestros artistas para ayudar en sus carreras. En este caso, cuando pasamos del primer presupuesto de Duville a lo que terminó saliendo, es delirante, se multiplicó por cuatro, pero sólo íbamos a conseguir el pabellón de la calidad que se consiguió si hacíamos todos el esfuerzo extra de ir atrás del artista. Yo voy en busca de la obra imposible de vender. Y para que una obra sea imposible de vender, primero tiene que existir”, confiesa. ¿Qué es una obra imposible de vender? “Por ejemplo, la obra más importante del arte argentino, Civilización occidental y cristiana, de León Ferrari. Esa obra interpela a cualquier espectador, se entiende en cualquier museo del mundo y tiene una potencia que me pone la piel de gallina de evocarla. Es un desafío pensar cuánto valdría. ¿Quién la puede comprar? ¿Cuánto está dispuesto alguien a pagar por ella? ¿Se puede vender? Con Argentina no encontrábamos nadie que tuviera el compromiso de comprarla, y hoy está dando la vuelta por todo el país, en una gira federal, y va a ir a otros países. No me gusta la obra guardada en un depósito”.En marzo, otra artista de su escudería, Agustina Woodgate, fue noticia al cautivar a los reyes Felipe VI y Letizia en el stand de Barro de la feria Arco de Madrid. Pasó este Midas y vendió un díptico, un mapa y un proyecto. Artista que toca, se convierte en oroSi hay algo que tiene Ortiz Vidal es oficio: tercera generación de subastadores, trabajó en la empresa familiar Subastas Roldán desde los 22 años. A los 37, en 2014, decidió lanzar Barro, su primer espacio propio en una nave industrial de 1920 de más de 500 metros cuadrados en La Boca, con un puñado de artistas prestigiosos: Diego Bianchi, Duville, Mondongo. También tiene presencia de vendedor: es alto y fornido, usa trajes o elegante sport, siempre impecable, nunca ebrio ni despeinado, de buen humor, seguro de sí mismo. Sabe tratar con coleccionistas en formato gentelman. Sabe conducir subastas y bajar el martillo con gracia. Habla un inglés sin estridencias. Tiene códigos y etiqueta.Dejó la empresa familiar, aunque vive en la misma cuadra, y suele usar las oficinas donde abundan los maestros del arte argentino. “Cuando veo un Pettoruti o un Berni pienso que ya no puedo hacer nada más por la carrera de esos artistas; no puedo incidir, no puedo ayudar. Sólo vender. En cambio, con los artistas contemporáneos es el día a día, estar en la trinchera y ver cómo la historia del arte se va construyendo”, explica. Sus artistas dicen que tiene coraje y comprensión. También hay un equipo que trabaja con él, una buena estructura y fondos para invertir. Desde hace años participa en ArtBasel (Basilea y Miami), Frieze Nueva York, Fiac (París), Art Dubai, Contemporary Istanbul (Estambul), The Armory Show (Nueva York), ARCO (Madrid), artBO (Bogotá), Proyectos LA (Los Ángeles) y arteba. Lanza publicaciones, acompaña muestras en museos internacionales… Son pocos sus representados, dieciseis (pero qué dieciseis), a los que acaban de sumarse Luciana Lamothe y Analía Saban. “Los que pueden, van comprando sus talleres, que es algo con lo que los persigo. Quiero que todos puedan tener casa y taller, porque la carrera de los artistas fluctúa mucho”, observa.La historia de cómo incorporó a Chaile, una de sus máximas estrellas, es de cuento. Chaile trabajaba y vivía en una pieza de La Verdi, una residencia de Ana Gallardo, cuando recién había llegado de Tucumán. Iba a las inauguraciones de la galería y, un día de esos, se le acercó y le dijo que quería entrar a Barro. Tomaron un café a la semana siguiente y quedaron en que le iba a acercar obras: “A las dos semanas lo llamo porque no me había traído nada y me explica que no podía comprar materiales. Le di un adelanto… y conquistó el mundo”, recuerda. “Nahuel es un galerista con convicción. Es joven, pero tiene una experiencia tanto heredada como propia que ha sabido integrar en su rol, y eso le permite moverse con soltura dentro de la escena local e internacional”, analiza la Chola Poblete. En lo personal, tiene una buena relación con él, aunque también es el tipo de vínculo que busca construir con los galeristas que la representan. “Una relación de trabajo basada en el diálogo y el respeto mutuo. Hay momentos en los que no coincidimos, pero siempre logramos llegar a un acuerdo. No hay que olvidar que un galerista también es un socio, y por eso exijo un trato horizontal a la hora de trabajar”, sigue la Chola. En general, en el ambiente, se estipula que un galerista cobre entre el 30 y el 50% del importe de una transacción. “Armamos equipo. El artista es tu socio. Vos necesitás que esté enganchado con vos y vos con él para poder correr esta carrera de largo aliento. El arte contemporáneo es una maratón, no son 100 metros”, compara el galerista. Mondongo también destaca su
Leer nota completa en La Nación →