Adriana Fiedczuk: “Cecilia Grierson cumplió la misión sobrehumana de adelantarse un siglo a su época”

Adriana Fiedczuk, museóloga, tomó fragmentos de una historia que el tiempo y ciertos prejuicios habían opacado y les devolvió el brillo necesario para una mujer única como Cecilia Grierson (1859–1934), primera médica argentina y pionera del feminismo nacional, quien bajo el lema “Res non Verba” (acciones, no palabras) transformó la medicina social y abrió el camino de la enseñanza académica para las mujeres. Fiedczuk es licenciada en museología, investigadora y autora. A lo largo de su carrera profesional se ha destacado por su labor en el rescate histórico y biográfico, desempeñándose como editora de su propia investigación, revisada y ampliada, sobre la primera médica argentina. Su trayectoria está vinculada, entre otros espacios, con la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ) y al ámbito de la Reserva Natural Provincial Santa Catalina. Precisa tanto en sus palabras como en sus conceptos y fuentes, explica que para la biografía de Grierson consultó archivos de alto nivel académico, como el Fondo Documental Cecilia Grierson de la Universidad de San Andrés y los registros del Consulado Británico. Por este trabajo se consolida como una investigadora y biógrafa clave en el rescate de la historia de las mujeres en la Argentina. —¿Quién fue Cecilia Grierson? —Cecilia Grierson fue una mujer de espíritu indomable que, bajo el lema “Res non Verba” (acciones, no palabras) desafió las convenciones de su época para convertirse en la primera médica argentina y en una pionera fundamental de la medicina social. Su legado abarca desde la fundación de la primera Escuela de Enfermería de Sudamérica hasta la apertura de la enseñanza académica para las mujeres, transformando la práctica hospitalaria con un enfoque humanitario y pragmático. Además, su labor como líder del movimiento feminista nacional buscó elevar la dignidad y los derechos civiles de la mujer, promoviendo una “individualización femenina” que permitió a las argentinas decidir sobre sus propias vidas. —¿Cuánto le dejó a la lucha por la igualdad de género? —Creo que fue la verdadera pionera del movimiento feminista en la Argentina, ya que su lucha no fue solo un reclamo de derechos, sino una transformación profunda del rol de la mujer en la estructura social. Su impacto comenzó a escala global cuando, en 1899, se convirtió en la primera mujer sudamericana en participar de un Congreso Feminista Internacional, en Londres. Esa experiencia la impulsó a fundar, en 1900, el Consejo Nacional de Mujeres, con el objetivo de elevar el nivel intelectual y cultural de sus pares. Más tarde, su compromiso la llevó a distanciarse de los sectores más conservadores para presidir el Primer Congreso Femenino Internacional en 1910, en el que se debatieron el acceso a la educación, la formación intelectual de las mujeres y la protección de las trabajadoras. Grierson obtuvo un reconocimiento social que trasciende su título universitario. Así lo rescata su biógrafa a través de una investigación rigurosa: “Fue una mujer excepcional que puso cuerpo y alma para modificar la condición femenina en la sociedad argentina, superando obstáculos constantes con una voluntad de hierro”. —¿Qué fue lo primero que te conmovió de Cecilia Grierson cuando empezaste a investigar su vida? —Lo que más me impactó fue su tenacidad, su valentía al desafiar el rol que ocupaba la mujer en esa época, al transgredir los cánones impuestos por la sociedad y su rebeldía al no querer aceptarlos; luchar incansablemente hasta conseguir ser escuchada, algo que lamentablemente se vio reflejado en el agotamiento físico y emocional de sus últimos años de vida. También me conmovió su profunda honestidad al final de sus días, cuando reconoció con humildad que su carácter impulsivo y exigente le había causado dificultades. Encontrar a esa mujer vulnerable y sensible, que buscaba consuelo en la pintura y que enfrentó su propia muerte con un estoicismo sereno, fue lo que terminó de conectarme emocionalmente con ella. —Fue una mujer que dejó una huella, que trazó un camino. —Puso el cuerpo y el alma para que la mujer argentina pudiera modificar su condición dentro de la sociedad. Su figura y su obra merecen trascender públicamente como un homenaje a una mujer tenaz, de objetivos claros; una luchadora incansable, dinámica y decidida. Aunque suele asociársela p con ser la primera médica argentina, su labor superó ampliamente ese título: fue una pionera que abrió las puertas de la enseñanza universitaria a las mujeres y la verdadera precursora de la medicina social en el país. Ella misma lo resumía con claridad: “Mi vida fue un enorme trabajo”. —¿Qué aspectos te llevaron a elegirla para investigar y construir su biografía? —No solo fue la primera médica o la fundadora de la Escuela de Enfermería, sino mucho más: aportó una enorme cantidad de creaciones e innovaciones, muchas hoy olvidadas o desconocidas. Su figura merece trascender porque su obra requiere de un genuino reconocimiento social y un homenaje a quien puso el cuerpo y el alma para que la mujer argentina modificara su condición dentro de la sociedad. —¿Cuál es el origen de Cecilia Grierson? ¿Qué se sabe de sus antepasados que llegaron a la Argentina? —Ella nació en noviembre de 1859 en el seno de una familia de origen británico, descendiente de pioneros escoceses que arribaron al país en 1825 a bordo de la fragata The Symmetry of Scarboro para fundar la Colonia de Monte Grande, en Santa Catalina. Su abuelo, William Grierson, fue quien reunió a estos granjeros en Escocia, y su padre, John Parish Robertson Grierson, creció en ese entorno marcado por una religiosidad rígida y un profundo amor por la lectura, rasgos que influyeron decisivamente en la infancia de la futura médica. —Nació en una familia forjada en una gran aventura... —Sí. Su espíritu se forjó en el cruce de esas herencias: la perseverancia y la disciplina intelectual de su rama escocesa, por parte de su padre, combinadas con el costado sensible y rebelde que se suele asociarse con su ascendencia irlandesa por el lado materno —su madre, Juana Duffy, era irlandesa—. Esa síntesis le permitió desafiar los prejuicios de la sociedad del ochenta y transformar su voluntad en una puerta de acceso a la enseñanza académica para todas las mujeres argentinas. —¿Podemos decir que desafió a una época, a una sociedad? —Absolutamente. La vida de Cecilia Grierson fue un acto de rebeldía constante. Desafió a una sociedad que vedaba los estudios superiores a las mujeres y que, además, les negaba derechos civiles. Enfrentó un ámbito académico reservado a los hombres, soportó prejuicios y comentarios malignos, y rompió con el mandato social que limitaba el horizonte femenino al hogar o al magisterio elemental. Su desafío fue tan profundo que su propia hermana, Catalina, definió su labor como una “misión sobrehumana de adelantarse al siglo”. —¿Intentaron frenarla en muchas oportunidades? —De manera sistemática. El obstáculo más doloroso fue institucional: se le negó el acceso a la docencia universitaria en la Cátedra de Obstetricia, únicamente por ser mujer. Documenté casos en los que fue desplazada de cargos que ya ejercía con éxito cuando estos pasaban a ser rentados y quedaban en manos de hombres. También enfrentó barreras que ella misma calificó de “insuperables”, como la falta de apoyo oficial que provocó el cierre de su Escuela Técnica del Hogar, tras una década de sostenerla sin recursos estatales. A pesar de los intentos por invisibilizarla, nunca se amedrentó. Revolución en la atención hospitalariaEn el campo de la enfermería, Grierson marcó un hito al fundar en 1886 la primera Escuela de Enfermería de Sudamérica. Allí revolucionó la atención hospitalaria al concebirla como un verdadero “hogar para enfermos”, incorporando criterios de higiene, aireación y un enfoque humanitario que incluso transformó las salas pediátricas con plantas y juguetes. Más allá de los hospitales, su capacidad de innovación fue asombrosa: introdujo la enseñanza del sistema Braille en la Argentina, fue precursora de la enseñanza académica de la Kinesiología y fundó la Sociedad Argentina de Primeros Auxilios en 1892, siempre orientada al bienestar público. —Saliendo un poco de su rol como la “primera médica”, ¿hay alguna faceta científica de Grierson que hoy resultaría sorprendente o poco convencional para su época? —Algo que muy pocos saben es que fue una pionera al crear el antecedente de lo que hoy conocemos como gabinetes psicopedagógicos. Durante su viaje a Europa se perfeccionó en París con el Dr. Berillon en el uso del hipnotismo como método “hipnopedagógico”. Ella estaba convencida de que la sugestión podía tratar trastornos de conducta en niños, como la timidez, la “pereza” o incluso la tartamudez y el insomnio. A su regreso, abrió un consultorio en el que aplicaba estas técnicas de vanguardia, algo totalmente disruptivo para 1900. Pero no solo innovaba allí, también lo hacía en el hospital. Con un sentido práctico asombroso, decidió que las salas de pediatría debían dejar de ser lugares fríos: introdujo plantas, decoración alegre y juguetes para los niños internados, transformando el hospital en un verdadero “hogar para enfermos”. Ella veía lo que los médicos hombres de su tiempo, enfocados solo en la ciencia pura, ignoraban por completo. —Su retiro en Los Cocos, Córdoba, suele verse como un descanso, pero vos describís que tuvo una actividad casi frenética. ¿Qué descubriste de esa etapa? —Cecilia no sabía lo que era el descanso. En Los Cocos, además de donar terrenos para una escuela, impulsó la creación de un club de fútbol para los adolescentes de la zona. También era una apasionada del arte; era gran admiradora de la escultora Lola Mora y coleccionaba paisajes de pintores destacados. De hecho, donó una suma importante para premiar la mejor obra que retratara una niñez sana y feliz. Pero lo que más me conmovió fue su honestidad en la adultez. Cuando cumplió 71 años, en una entrevista, lejos de ponerse en un pedestal, reconoció que
Leer nota completa en La Nación →