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“Siempre seguimos dialogando con los que ya no están, y el tiempo transforma incluso lo que parecía irreparable”
A partir de viejos VHS con mensajes de los últimos tiempos de su madre, el actor y dramaturgo Patricio Abadi reconstruye en la obra Lenguajes del adiós un vínculo filial pleno de realidad, tan impregnado de afecto como de inconsistencias
Dentro del teatro contemporáneo argentino, donde el under todavía conserva mucho de ritual secreto y trinchera emocional, Patricio Abadi construyó su imperio. Ese que se enorgullece de convertir la intemperie personal en poesía escénica profundamente humana. Dramaturgo, director, actor y narrador de vínculos, Abadi lleva más de dos décadas explorando personajes atravesados por el deseo, la pérdida, la fragilidad y la necesidad de encontrar un lugar en el mundo. Tal vez las masas no vinculen su nombre a su prestigiosa trayectoria, pero Abadi alcanzó la certificación de pluma indiscutida de la escena nacional como coautor de El equilibrista, fenómeno teatral protagonizado por Mauricio Dayub, que ya lleva más de ocho temporadas consecutivas de éxito y obtuvo decenas de premios, entre ellos el ACE de Oro y el Konex de Platino. Y lejos de dormirse en los laureles, escribió junto con Nacho Ciatti Caer y levantarse, obra con la cual Luciano Castro encontró uno de los trabajos más elogiados de su carrera. Pero nada es casualidad y sí constancia. Quien haya circulado por el circuito off de la ciudad de Buenos Aires entre 2009 y 2020 habrá visto un título subversivo: Ya no pienso en matambre ni le temo al vacío, obra de su autoría, que bajo su dirección asume 18 itinerantes temporadas en las que más de 160 actores probaron su protagónico.Pese a la efectividad de Abadi a la hora de crear piezas artesanales reconocibles, existe algo suyo que parece provenir de otra época. Su sensibilidad literaria poco frecuente, su manera de hablar con palabras de gran espesor y una memoria afectiva que interpela a propios y ajenos. Quizás porque el teatro, para él, nunca fue un oficio, sino un modo de sobrevivir. En plena crisis de 2001, a sus jóvenes 20 años, retirado de una convivencia familiar difícil y en monoambiente semivacío en la zona de Palermo encontró en la escritura y en las clases de actuación su redención. Más tarde, tras la separación de la madre de su hijo, llegó incluso a vivir dentro de un teatro, rodeado de escenografías, ensayos y funciones, como si en lugar de darle vida con su historia a una obra, ésta fuese delineando su recorrido.Ahora, sentado en el Salón Dorado del Teatro Nacional Cervantes, el mismo espacio donde siendo apenas un aspirante a dramaturgo, volvió a cruzarse con su madre después de años de distancia, Abadi anticipa Lenguajes del adiós, una obra nacida del duelo por la temprana pérdida de su madre, Ernestina Acevedo -o “Nené”, como le decían todos-, de los videos caseros grabados durante la enfermedad de la mujer y de la certeza que el teatro, en su caso, funciona como una manera de cerrar aquello que la vida deja inconcluso. Las primeras palabras de Abadi son contundentes: “Es un proyecto que vengo macerando desde hace mucho tiempo. Y fue un gran aprendizaje, porque trabajé en contra de la tendencia propia y de la época, que son la velocidad y la efectividad”, arranca. “Mi madre murió de cáncer de páncreas en la habitación de nuestra infancia, tomada de mi mano, cuando ella tenía 56 años. Le habían detectado la enfermedad, pero cuando fuimos al cirujano y el médico le describió todos los órganos que debía intervenir en el trayecto hacia el páncreas, lo compleja que era la operación y que la expectativa de vida ni siquiera le garantizaba una longevidad, todo cambió. Luego de pensarlo un par de días, mi madre nos juntó a mi hermano y a mí y nos dijo que no se iba a operar. Al decirnos eso, decretaba que le quedaban tres meses de vida. Esto fue en 2007. Yo tenía 26 años. Entonces a partir de ahí, con mi hermano Roberto aceptamos acompañarla en esa decisión, y al mismo tiempo respetar el derecho a decidir a qué iba a exponerse y a que no”.-Es decir que esta obra lleva poco menos de 20 años de proceso.-El proceso creativo, aún sin saberlo, podríamos decir que comenzó cuando mi hermano compró una cámara y empezamos a registrar los momentos de mi madre en el período cuando todavía estaba bien y no había entrado en el declive final de la enfermedad. Ella, que era profesora de literatura y una persona con una elocuencia cautivante y ya estaba muy entregada a esos videos, empezó a hablarnos en cámara sobre Alejandra Pizarnik, el alma, cuestiones metafísicas, algunas más superficiales y otras más profundas. A ojos de hoy diría que fue muy vital la aparición de esa cámara porque empezó a circular en la familia una complicidad que jamás habíamos vivido.-La obra estará en el Teatro Cervantes, un lugar que tiene especial significado para vos y en esta historia...-Sí. Cuando empecé a escribir, a mis 20 años, saqué una mención en el concurso Primera Obra de Argentores, algo que para mí, que había sido un alumno de colegio sin muchas luces, un universitario aceptable pero sin grandes logros, fue como una revelación. En ese jurado estaban Susana Torres Molina, Luis Cano y Mauricio Kartun, y los textos seleccionados se iban a leer aquí, en el Salón Dorado del Teatro Cervantes. Cuando llegó el día de la ceremonia, mientras estaba leyendo el texto apareció mi mamá en una butaca, a quien hacía tiempo no veía, porque estábamos distanciados. Por eso, volver a este espacio con esta obra sobre mi vínculo con ella, cierra una historia de dolor, pero también de infinito amor.-¿Quién era “Nené”?- Era una mujer muy llamativa. Muy bella, magnética, muy inteligente. Había sido modelo cuando era joven y después se volcó a ser profesora de literatura. Tenía una manera de hablar cautivante. Dominaba el lenguaje de una manera muy seductora. En mi casa la palabra era importante. Entonces cuando apareció la cámara, no hubo una sensación artificial, ni impostada. Ella enseguida dialogó con ese dispositivo con mucha naturalidad. En los videos se la ve consciente de que está siendo observada. A veces, incluso parece actuar. Cuenta anécdotas con histrionismo, improvisa, ironiza. Mi hermano siempre dijo que nuestra madre merecía estar arriba de un escenario, porque tenía una teatralidad natural impresionante.-¿Cuándo comenzó a concretarse Lenguajes del adiós?-En pandemia. Yo estaba cerrando un espacio de arte que dirigía y donde viví durante un tiempo largo, y cuando me estaba mudando encontré la caja donde estaban guardados todos los mini VHS de la época de su enfermedad. No sabía qué hacer, dudaba en verlos... No sabía si estaba en condiciones de remover todo ese pasado. Hasta que finalmente me decidí. -¿Nunca los habías visto antes?-No. Estuvieron siempre guardados, a la espera de ser vistos. Pero la pandemia tuvo algo extraño, de tiempo suspendido, acercamiento a la muerte, valoración del pasado; todo como si el tiempo estuviera detenido a la espera del fin o de un nuevo inicio. El teatro estaba apagado, las rutinas habían desaparecido y apareció un espacio mental para bajar a ese inframundo emocional. Finalmente, llevé las cintas a digitalizar. Me dieron un pendrive. Llegué a mi casa, me saqué el barbijo, abrí la computadora y puse Play. Quince años después volví a escuchar la voz de mi madre. Fue devastador y hermoso al mismo tiempo. Porque mi madre murió en una época en la que no es como ahora, que quedan registros de audios de WhatsApp. Hasta ese momento, mi forma de dialogar con ella era a través de los subrayados de los libros, apuntes. Uno con los subrayados de los libros se conecta con esa persona, porque ve sus intereses, el reflejo de lo que pensaba, lo que sentía. Pero los videos fueron mucho más directos. Su voz viva, sus silencios, sus respiraciones. Volver a entrar en mi casa, con ella ahí esperándome. Tenía 28 videos cortos, de entre cuatro y siete minutos cada uno. Algunos eran simplemente de ella en silencio, pero siempre con un registro casi actoral de su parte.“Llegué a mi casa, me saqué el barbijo, abrí la computadora y puse ‘Play’. Quince años después volví a escuchar la voz de mi madre. Fue devastador y hermoso al mismo tiempo”-Durante el proceso de escritura de la obra habrás reído, llorado, maldecido...-Sí, claro. Pero decidí no escribir la biografía de mi madre, sino la historia de mi vínculo con ella. Porque nuestra relación tuvo muchos claroscuros. Muchísimo amor, pero también muchos conflictos. Estuvimos distanciados largos períodos. De hecho, cuando la diagnosticaron, yo llevaba casi cuatro años sin verla. Y ahí empezó una especie de viaje hacia atrás. Empecé a recordar cosas que tenía olvidadas, escenas, discusiones, estados emocionales. Al mismo tiempo empecé a entender mejor mi propia vida. Descubrí, por ejemplo, cuánto tuvo que ver el teatro con mi sensación de destierro familiar.-¿A qué llamás destierro familiar?-Yo tendría veinte años. Teníamos una relación muy intensa y por momentos conflictiva. En aquel momento fue doloroso, claro. Pero hoy también puedo ver cuánto tuvo eso de fundacional para mí. Me mudé a un monoambiente en Santa Fe y Larrea. No tenía televisor ni internet. Llegué con un plato verde, un colador lila, una radio portátil que apenas funcionaba en AM, dos libros y una computadora. Ahí empecé verdaderamente a escribir. Nació Ya no pienso en matambre ni le temo al vacío. Apareció mi vida teatral de manera profunda.-¿Quiénes te apuntalaron? Pudo haber sido un derrumbe, sin embargo, fue un renacer.-Fue una época dura en todo sentido. Fines de 2001; El país estaba detonado económicamente, pero al mismo tiempo yo sentía una energía muy fuerte dentro mío. Estudiaba teatro todo el tiempo. Tomé clases con Augusto Fernandes, Norman Briski, Lorenzo Quinteros, Ricardo Bartís. Salía de cursar y volvía caminando, pensando escenas. Descubrí que podía imaginar mundos y verlos materializados por otras presencias, otras energías. Eso para mí fue revolucionario.-¿En tu familia había antecedentes artísticos, más allá de la literatura?-No. Y eso es algo muy loco. No había actores ni escritores de ficción. Mi madre era una gran intelectual, pero no escribía. Mi padre era textil. Mi tío José, psicoanalista. Entonces, el teatro apareció de una manera inesperada y salvadora. En el colegio yo era muy conflicti