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Geena Davis: la historia de una actriz que se negó a convertirse en un fantasma de su propia fama
La intérprete, que se empeñó en construir una carrera tan desafiante como diversa, sintió en carne propia cómo Hollywood le daba la espalda tras cumplir 40 años, pero se negó a quedarse cruzada de brazos
El regreso de Geena Davis a la primera plana de la conversación pública gracias al estreno de The Boroughs: jubilación rebelde, fue una de las mejores noticias del último tiempo en el terreno del streaming. Y sí, la actriz que cumplió hace pocos meses sus 70 años tiene en sus espaldas una larga trayectoria, numerosos éxitos de taquilla, un premio Oscar y el recuerdo de toda una generación por aquellos personajes inolvidables como el de la beisbolista de Un equipo muy especial o la Thelma de Thelma & Louise. Pero Geena Davis ha sido mucho más a lo largo de estos años que estuvo fuera del ojo público, o por lo menos corrida de las luces que siempre señalan aquello que está en agenda o resulta noticiable. Fue modelo de vidriera en su juventud, aprendió a hablar sueco en un intercambio estudiantil, es ávida lectora y ha escrito dos libros (uno de memorias y otro infantil con sus propias ilustraciones), fue organista de la Iglesia Reformista de la congregación de Wareham donde nació, compitió en tiro al blanco con arco en las pruebas olímpicas del 99, fundó una organización que utiliza estadísticas para crear mayor diversidad en medios de comunicación. Además, es una experta en tallar calabazas para Halloween. ¿Qué más?“Fui una mujer fuerte en la pantalla mucho antes de serlo en la vida real”, escribía hace unos años en sus memorias, Dying of Politeness, algo así como “Muriendo de cortesía”, en referencia a esa tendencia a pedir permiso para cada acción propia de muchas mujeres de su generación. Pero el cine convirtió a Davis en una figura internacional, y si bien al comienzo le dio popularidad y cierta cuota de poder, con el tiempo le demostró que debía afirmarse en otro terreno, con voz propia e intereses claros. Eso hizo a partir de pasar los 40 años, en los 2000, y no solo diversificó su actividad laboral, combinando la actuación con la escritura, las inquietudes sobre el contenido de los medios masivos con la vocación de transformar la educación infantil, sino que reflexionó sobre su largo historial en Hollywood, sus papeles famosos de los 80 y 90 en películas como Beetlejuice, La mosca o Un tropiezo llamado amor, por la que ganó el Oscar a Mejor Actriz de reparto, dando lugar a una nueva etapa de su vida, más consciente de sus límites, más audaz con sus posibilidades. Pero no siempre proyectó a esa mujer algo despreocupada y vulnerable que encarnó en la ficción durante sus años de juventud. Su timidez la dominaba cuando llegó desde Wareham, en Massachussetts, a Los Ángeles, luego de pasar por la Universidad de Boston sin llegar a graduarse en dramaturgia, y entrenarse en las filas de la agencia de modelos Zoli Agency en Manhattan. Fue en ese tiempo cuando resultó la elegida casi al azar por el director Sydney Pollack mientras buscaba una chica linda y esbelta para el personaje de la actriz de telenovelas April Page en Tootsie (1982). El éxito de la película la impulsó a conseguir algunos papeles en televisión, casi como llevando a la realidad lo que había parodiado en el cine, con apariciones en Bufallo Bill -en la que llegó a escribir un episodio-, El auto fantástico, La isla de la fantasía, Remington Steele y Muelle 56, todas entre 1983 y 1984. Hasta llegó a tener su propia serie, Sara, que duró solo 13 episodios y fue cancelada. Ya en su siguiente incursión en el cine con Fletch, el extraordinario (1985), una comedia de acción junto a Chevy Chase, Davis perfiló esa jovencita simpática y despistada, a menudo inmiscuida sin saberlo con el peligro, que luego la haría famosa. Lo cierto es que a Davis le costó quitarse los pruritos de su crianza en una familia cuyos padres eran oriundos de Vermont, algo conservadores; el padre como diácono de la congregación religiosa y protector de la comunidad, la madre como maestra. “Nos habían enseñado a no pedir nada, a no necesitar nada. Y, por otro lado, a ofrecerlo todo. Por ejemplo, mi padre arreglaba las tuberías, la calefacción, el auto o lo que fuera de todo el barrio. Si íbamos a casa de amigos y me ofrecían golosinas, tenía que decir que no. La mamá de mi mejor amiga cocinaba de maravilla y preparaba un pollo con ajo, y yo lo olía y pensaba: ‘Bueno, ya es hora de ir a cenar a casa’. Y ella me decía: ‘Geena, ¿querés quedarte?’. ‘No, gracias’, le contestaba. Y entonces llamaba a mi mamá y le decía: ‘Lucille, Geena se queda a cenar’. Me rescataba de mi propia cortesía”, revelaba en una extensa entrevista con The New Yorker en 2022 a propósito de la publicación de sus memorias. Sin embargo, esa timidez no le impidió perseguir su vocación cuando se hizo evidente. “Tenía un plan muy claro en mente -recuerda- porque sabía que quería dedicarme al cine, no al teatro. La mayoría de mis compañeros de universidad querían dedicarse al teatro, así que todos nos mudamos a Nueva York. Nadie me dijo que, si quería hacer cine, debería ir a Los Ángeles. Así que mi plan era: me convertiría en modelo, y entonces me ofrecerían papeles en películas, porque en ese momento Lauren Hutton estaba apareciendo en todos lados. Pensé: ‘Solo necesito hacerme famosa como modelo para entrar en el cine, ¡porque es mucho más fácil ser modelo que actriz!’”.Finalmente, Davis nunca se hizo famosa como modelo, pero sí logró ascender en el cine de manera meteórica. En 1986 protagonizó La mosca junto a Jeff Goldblum, por entonces ya su marido (se habían conocido en 1985 en el set de Transylvania 6-5000, comedia de terror al estilo de las parodias de Mel Brooks, dirigida por Rudy De Luca, uno de sus acólitos). La película del canadiense David Cronenberg, una adaptación libre de la novela de ciencia ficción de George Langelaan -que ya había tenido una versión clase B en los 50 de la mano del veterano Kurt Newmann-, se convirtió en un éxito inmediato y en el pasaje definitivo de Cronenberg al terreno del mainstream, luego de sus primeras rarezas como Rabia o Cromosoma 3 (es cierto que ya había hecho La zona muerta, pero fue La mosca la película que resultó consagratoria para su estilo peculiar de body horror). Para Davis significó un salto de popularidad y una primera incursión en la ciencia ficción de cuyas filas se haría dueña apenas dos años después con el triunfo de Beetlejuice (1988). “No era lo suficientemente atractiva para ser un simple adorno, y la verdad es que yo no quería ser solo la novia del tipo que hace cosas geniales. Quería interpretar personajes interesantes”, escribía en su autobiografía respecto del porqué de sus decisiones extravagantes de la época. Y algo de ello es cierto: era una joven modelo, esbelta y espigada, pero con una belleza que se apartaba de la rubia hegemónica, con un don para la comedia, que podía darse el lujo de emprender un camino inusual en la actuación. Todos sus primeros personajes tuvieron algo de ese desafío, géneros que parecían reservados a los varones, criaturas del horror que no se asociaban a la tradicional ‘scream queen’ del slasher de los 80, actuaciones signadas por el exceso y la extravagancia. “En aquella época, la gente decía que interpretaba personajes excéntricos”, explica en The New Yorker. “Pero en la mayoría de esas películas, yo interpretaba a la ‘persona normal’. En Beetlejuice, me tomo muy en serio mi muerte. Y en La mosca”, no soy la que se convierte en insecto. Soy la que lidia con las consecuencias de lo que sucede, la que observa e intenta mantener la cordura. Incluso en Stuart Little, Hugh Laurie y yo actuamos con total normalidad al tener un ratón como hijo”.Es quizás esta etapa de la filmografía de Davis la que mejor nutrió la imaginación de los hermanos Duffer cuando imaginaron a Renée Joyce, la representante de artistas que interpreta en The Boroughs: jubilación rebelde, estrenada hace apenas unos días en Netflix. Deudores de directores como Tim Burton, o el Spielberg de E.T., al igual que con una pizca del clasicismo de Lawrence Kasdan o de los clásicos de aventuras de Dante o Zemeckis, los creadores de Stranger Things pensaron en Davis desde el recuerdo de sus primeros años como actriz, sumergida en un enredo donde las criaturas del espacio exterior dan rienda suelta a sus instintos e inventiva.Seductora con esa voz grave que nunca ha perdido, ingeniosa en sus intervenciones y con sus grandes ojos siempre absortos en la sorpresa, Renée recuerda un poco a la desprevenida Valerie de Hay un marciano en mi vida (1988) cuando los amores con un apuesto extraterrestre le traen más de un dolor de cabeza. O la espectral Bárbara de Beetlejuice, atribulada por los nuevos moradores de esa casa de ensueño en Connecticut que fue puesta en venta cuando ella y su marido se convirtieron en fantasmas. Aquellos personajes marcaron el ímpetu de una actriz que estaba dispuesta a empujar los límites, a sacudir sus propios prejuicios frente a la actuación. “Con Un tropiezo llamado amor creo que fue la primera vez que tuve consciencia de lo que implicaba salir de mi zona de confort. Mientras leía la novela [El turista accidental, de Anne Tyler], descubría a Muriel Pritchett tan colorida y excéntrica, y Anne Tyler tiene un lenguaje descriptivo increíble, así que podía imaginármela perfectamente. Dustin Hoffman me había dado un consejo cuando estaba en Tootsie. Me dijo: ‘Leé muchos libros. Y si ves algo que te gusta, intentá conseguir los derechos’. Yo dije: ‘¡Sí!’. Y luego descubrí que los derechos se habían vendido hacía meses”. Un tropiezo llamado amor (1988), dirigida por Lawrence Kasdan y coprotagonizada junto a William Hurt y Kathleen Turner -la pareja que había deslumbrado en Cuerpos ardientes, la ópera prima de Kasdan- fue la verdadera bisagra en la carrera de Davis. Antes incluso de la célebre Thelma & Louise (1991). Porque no solo le valió el único Oscar de su carrera, sino que le permitió interpretar a uno de los personajes más atractivos de ese tiempo, creado por la exquisita pluma de Tyler, aferrado a los contornos de Baltimore -como toda la literatura de la autora- y sensible a lo humano en el terreno del amor. De interpretar personajes