Riesgos y consecuencias de los procesos de polarización extrema

Uno de los emergentes más significativos del ciclo electoral reciente, en América Latina y en democracias más maduras, es la dinámica de polarización que promueven los principales protagonistas. La diferenciación entre candidatos es habitual y hasta necesaria en los distintos ecosistemas antes de la realización de comicios: la simplificación de argumentos, los contrastes más relevantes y los matices de personalidad y generacionales siempre formaron parte de la competencia electoral. Esto facilitaba la formación de preferencias de los ciudadanos y allanaba el camino para decidir el voto. Así, las elecciones servían para respaldar con legitimidad de origen a las autoridades electas y también para movilizar a la ciudadanía en torno a cuestiones de interés público, a la vez que muchas demandas latentes y potencialmente relevantes eran detectadas e incorporadas a los distintos programas y narrativas. Así, más allá del resultado concreto, las elecciones servían para testear el nivel de participación política, la calidad del debate y la congruencia (o disfunción) entre demanda de la sociedad y oferta del sistema de partidos. Esta mecánica habitual de la democracia contemporánea está siendo desplazada en los últimos tiempos por un proceso a menudo muy extremo, en el que predominan visiones del mundo (política, economía, sociedad) contradictorias. No se trata de una cuestión de matices ni diferencias partidarias o sectoriales. Tampoco de contrastar instrumentos o programas para resolver problemas puntuales. Esos procesos de polarización se caracterizan por la distancia ideológica, de valores, filosófica y conceptual entre los antagonistas. De hecho, las historias personales suelen profundizar las diferencias. ¿Es compatible este modelo con los imprescindibles consensos sobre reglas del juego, práctica del diálogo y negociación, espíritu de conciliación y cultura cívica que debe imperar en un sistema democrático? La casi desaparición de los “centros” en la política (tomando como referencia, a partir de la Revolución Francesa, el eje ideológico tradicional izquierda-derecha, que para muchos parecía haber sucumbido luego de la caída del Muro de Berlín, pero que renació con vigor en las “batallas culturales”), que representaban a una mayoría relativa de ciudadanos, tiene implicancias determinantes en la dinámica política más allá de los ciclos electorales, ya que contamina la lógica de relacionamiento a nivel parlamentario y, en un extremo, genera tensiones y conflictos que pueden escalar hasta convertirse en desafíos complejos en materia de gobernabilidad. Los “sectores moderados” eran analizados tomando como referencia la “Campana de Gauss” o, en términos matemáticos, la “distribución normal” de preferencias y, consecuentemente, de votos, con la mayoría ubicada en un amplio intervalo entre la centroderecha y la centroizquierda. La polarización implica una reducción muy notable de esos electorados, con un aumento de atractivo de los extremos. La imagen más gráfica es la de un campo magnético que genera atracción en dos polos, con un virtual vacío en el medio. Si a esto se suma una retórica de confrontación personal, por la cual los adversarios políticos pasan casi automáticamente a la categoría de enemigos y en la que suelen mezclarse visiones maniqueas y conspirativas, se entiende el riesgo ya no sólo de debilitamiento o erosión democrática sino, atención, de un deslizamiento hacia concepciones y prácticas autoritarias de poder. El legendario politólogo español Juan Linz, que de niño fue testigo del avance del nazismo en Europa y luego palpó muy de cerca el horror de la Guerra Civil en su país, alertó hace más de medio siglo sobre el riesgo que estos procesos generan para la sustentabilidad de la democracia. Como se prioriza la construcción y el fortalecimiento de proyectos de poder personalistas y con tintes (neo) patrimonialistas, este peligro se acentúa cuando existe, como mínimo, un fuerte desinterés respecto de la calidad institucional y, como máximo, una absoluta desaprensión o una visión utilitarista y mezquina de las instituciones. En elecciones en entornos tan diversos como Estados Unidos, México, Colombia, Perú, Brasil, Chile y la Argentina, se verifican alguno o todos los componentes señalados. Destaca el caso de Chile, donde perdieron predicamento tanto la vieja Concertación de Partidos por la Democracia (luego Nueva Mayoría) como Renovación Nacional, que gobernaron durante tres décadas. En un sistema político sin reelección, el reciente triunfo de José A. Kast (Partido Republicano) sobre la dirigente comunista Jeannette Jara, apoyada por el presidente saliente Gabriel Boric, constituye un ejemplo cabal de polarización extrema. Algo parecido ocurrirá en Perú, donde el próximo domingo se realizará el balotaje entre la derechista Keiko Fujimori, en su cuarto intento de llegar a la presidencia, y el izquierdista Roberto Sánchez, luego de una primera vuelta caracterizada por una profunda fragmentación y graves conflictos con el recuento de votos. En un país donde la crisis de gobernabilidad se volvió endémica, con una inestabilidad sin precedentes y escándalos permanentes de corrupción que contrastan con la estabilidad macroeconómica, quien sea ungido enfrentará un Congreso con capacidad para bloquear las iniciativas del Poder Ejecutivo y erosionar su legitimidad de ejercicio. Asimismo, el domingo pasado observamos en Colombia este mismo fenómeno en la primera vuelta entre el outsider de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, y el oficialista Iván Cepeda. La candidata del Centro Democrático, apoyada por el expresidente Álvaro Uribe, Paloma Valencia, apenas obtuvo el 7% de los votos. La mayoría de los sondeos pronosticaban una segunda vuelta entre estos protagonistas, pero Abelardo capitalizó el rechazo de parte de la sociedad colombiana a Gustavo Petro (que no aceptó el resultado de las elecciones), lo que perjudicó las chances de Valencia. Un antagonismo similar se había dado en las últimas elecciones en Brasil entre Jair Bolsonaro y Lula Da Silva y muy probablemente se repita entre el actual presidente y Flavio, hijo del anterior. Pregunta embarazosa: ¿Pasará lo mismo el próximo año en Argentina? Frente a los riesgos institucionales de la polarización extrema, Linz enfatizaba las ventajas relativas de los regímenes parlamentarios frente a los presidencialistas: en los primeros, la formación de coaliciones y el procesamiento de situaciones de pérdida de legitimidad y popularidad de los presidentes resulta mucho menos costoso y más efectivo, según la experiencia comparada. Un debate que sobrevoló durante las primeras décadas de la tercera ola de democratización, protagonizada por Argentina y buena parte de los países de la región. De hecho, la última reforma de la Constitución (1994) incorpora elementos puntuales de los regímenes parlamentarios, como la figura del (ahora tan denostado) jefe de gabinete de ministros, concebida como una derivada menor de los primeros ministros típicos de los parlamentarismos, donde ejercen como jefes del gobierno mientras que los jefes de Estado son los presidentes (o reyes en el caso de monarquías constitucionales). Más aún, ante cada crisis severa, como ocurrió en nuestro país en 2001-2002, regresa la idea de prescindir del presidencialismo y reemplazarlo por un sistema parlamentario o mixto, como la V República Francesa. A la luz de la actual crisis europea, donde el proceso de polarización es similar o aún más marcado que en el continente americano, es imprescindible adoptar una actitud prudente y cuestionarnos si los diseños institucionales son capaces de resistir olas tan vigorosas de malestar social y mala praxis de las elites políticas.
Leer nota completa en La Nación →