“Disney no me interesaba”: se enamoró de los caballos, se instaló en la Patagonia y tiene un emprendimiento exitoso

El viento patagónico golpea la estepa y mueve apenas los pastos amarillentos. A lo lejos, un grupo de caballos Cuarto de Milla avanza entre los mallines de la estancia Alinco, cerca de Junín de los Andes. Celina Cabezas los mira en silencio, como quien contempla una vida entera resumida en una imagen. “Aunque llueva o no llueva, esto sigue siendo una belleza igual. El otoño le pega muy lindo a los colores, es impresionante. La estepa no tiene estos árboles y no llueve mucho, pero igual es maravilloso”, dice a LA NACION. Y en esa postal del sur argentino aparece condensada la historia de una mujer que encontró en los caballos mucho más que una pasión, halló su proyecto de vida.“Arrancó de una”: se encontró con una vieja cosechadora parada y como conocía todos sus secretos le devolvió la vidaLa historia de Cabezas comenzó lejos de la Patagonia. Nació entre los campos familiares de Cañuelas y Pehuajó, adonde viajaba desde Buenos Aires para pasar las vacaciones. Mientras otros chicos soñaban con parques de diversiones, ella solo quería volver al campo. “Iba solo al campo, a ningún otro lado, tampoco quería ir. Me hablaban de Disney y yo ni idea, porque no me interesaba”, recuerda.En la estancia La Agustina, en Cañuelas, construyó desde muy chica una relación profunda con los animales. “Mis amigos eran los caballos”, resume. Allí aprendió a montar, a arrear hacienda y a convivir con el ritmo rural. “Nuestra imaginación con los primos giraba en torno a los animales, en especial a los caballos, y ahí entablé una afinidad, una relación muy estrecha”, cuenta.Esa conexión era tan fuerte que incluso evitaba comentarla en el colegio. “No lo hablaba con mis compañeras porque nadie me iba a entender que mi mejor amigo era un caballo”, dice entre risas. Para Cabezas, los animales ocupaban un lugar central en su infancia. “Los caballos eran todo para mí. Sentía algo muy especial”, afirma.Su padre, productor ganadero, fue quien le transmitió esa sensibilidad. “Mi padre fue el que me inculcó siempre el amor por los caballos y sobre todo el respeto. Me decía: ‘háblale al caballo’, y yo le hablaba”, recuerda.Las caídas eran parte natural del aprendizaje. “Me he caído cientos de veces porque era muy chiquitita y no llegaba a apretar las piernas”, relata. Sin embargo, nunca desarrolló miedo. “Si me caía enseguida me levantaba y volvía a montar”, señala.A los ocho años sufrió un accidente serio y estuvo 40 días inmovilizada, pese a la gravedad su preocupación era otra. “Se me voleó el caballo y caí de espalda sobre el piso de ladrillo de la bebida. Me fisuré la pelvis y lo primero que le pregunté al médico fue cuándo podía volver a andar a caballo”, recuerda.Después de terminar el colegio Northlands comenzó a estudiar Agronomía, aunque su formación siguió ligada al universo ecuestre. Vivió en Estados Unidos y luego en Inglaterra junto a su marido, y aprovechó esos años para especializarse. “Siempre que pude estudiaba algo relacionado a los caballos”, resume. En St. Louis, Missouri, cursó Equine Science. Más tarde, en Inglaterra, estudió Techniques of Training en un colegio ubicado a una hora de Londres. Antes de partir al exterior, ya había tenido un primer acercamiento a la crianza. Su padre le había encargado ocuparse de la manada de caballos de trabajo. Allí empezó a cuestionar algunos métodos tradicionales. “Sufrí bastante porque veía el trato que la gente le daba a los caballos”, relata.Aunque reconoce que su padre tenía una sensibilidad especial, admite que las prácticas de doma de aquella época eran duras: “Los peones domaban de manera muy violenta, a la vieja usanza”.“Hay desesperación”: advierten que hace seis meses los empleados de una empresa láctea no cobranEl verdadero punto de inflexión llegó después de regresar a la Argentina. Fue entonces cuando descubrió la Patagonia y decidió empezar de cero. “Me enamoré de este lugar”, dice sobre la estancia Alinco, ubicada cerca de Junín de los Andes.
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