Fertilidad y salud mental: una conversación necesaria

Hoy, 4 de junio, es el Día Internacional de la Fertilidad. Pero hablar de fertilidad no es únicamente hablar de biología o de reproducción. Es hablar de deseo, proyectos, identidad, vínculos y futuro. Sin embargo, cuando aparecen dificultades para concebir, la conversación suele reducirse a aspectos médicos, dejando en un segundo plano una dimensión igualmente relevante: el impacto emocional y psicológico que atraviesan quienes viven esta experiencia. Cuando una persona o una pareja inicia el camino hacia la búsqueda de un hijo, lo hace asumiéndose fértil. No por ingenuidad ni soberbia, sino porque cultural y subjetivamente estamos preparados para asumir la salud antes que la enfermedad. La infertilidad aparece entonces como una irrupción inesperada que obliga a repensar la vida, reorganizar expectativas y redefinir, muchas veces, el propio proyecto vital. La Organización Mundial de la Salud reconoce a la infertilidad como una enfermedad que afecta no sólo el cuerpo, sino también la salud psicológica y social. Y allí radica una de las claves más importantes: comprender que no se trata simplemente de “no poder tener hijos”. La infertilidad atraviesa profundamente la vida cotidiana, la pareja, la sexualidad, los vínculos familiares, las amistades y la relación con uno mismo.Existen condicionamientos culturales, mandatos y expectativas sociales acerca de la maternidad y paternidad que pueden aumentar el sufrimiento, la culpa y la sensación de inadecuación. Problematizar esos discursos es necesario. Pero también es importante no reducir el deseo de tener hijos a una mera construcción social. Para muchas personas, ese deseo es profundamente íntimo, genuino y constitutivo de su existencia. Y cuando no puede concretarse, aparece un duelo real, complejo y muchas veces invisible. La infertilidad no suele verse a simple vista, pero pesa. Se vive entre consultas médicas, tratamientos, esperas, frustraciones y silencios. A menudo también aparecen comentarios bien intencionados, pero profundamente dolorosos. Frases que intentan aliviar, pero que muchas veces terminan profundizando la soledad de quienes atraviesan este camino y minimizando la complejidad de su experiencia. El aislamiento social también forma parte de esta realidad. Muchas personas dejan de asistir a reuniones, evitan conversaciones o callan lo que sienten por temor a no ser comprendidas. La infertilidad continúa siendo un tema invisibilizado, incluso cuando afecta a millones de personas en todo el mundo. “¿Cómo llorás por algo que nunca existió pero que sentías como si ya fuera tuyo?”. La pregunta de Rupi Kaur resume una de las experiencias más invisibilizadas y dolorosas que atraviesan muchas personas. Porque el sufrimiento asociado a la infertilidad no siempre encuentra palabras, reconocimiento social o espacios donde ser validado. Por eso, el desafío clínico y social no está en buscar una única explicación, sino en poder alojar la complejidad de cada historia. Escuchar sin juzgar. Acompañar sin minimizar. Sostener sin imponer soluciones. Quienes trabajamos en el acompañamiento integral de la fertilidad sabemos que nuestro rol excede el consultorio. Implica también una responsabilidad ética y humana: construir espacios más empáticos, humanizados e informados. Animarnos a abrir conversaciones difíciles, cuestionar prácticas naturalizadas y generar una verdadera cultura del cuidado del otro. Porque hablar de fertilidad también es hablar de salud mental, vínculos y humanidad. Y porque acompañar el dolor de aquello que todavía no llegó -o quizás no llegue- también es una forma profunda de cuidado.
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