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Apenas un periodista (y con eso alcanza)
Este domingo 7 de junio, cuando vuelva a celebrarse el Día del Periodista, voy a acordarme de todo otra vez. Empezando por esas piezas sueltas que, al ir uniéndose en el tiempo, completaron el rompecabezas de mi vocación. El gusto temprano por la lectura o la curiosidad por casi todo: el deporte, la ciencia, la música y la política. La fascinación por las historias en las que el periodista trabajaba como si fuera un detective para obtener la primicia con la que sacudiría al mundo. Con tal de lograrla, seguía adelante contra todo y contra todos, igual que cuando me metí en este camino que desilusionó ligeramente a mi familia, que hubiera preferido algo más tradicional y prestigioso como la medicina o la abogacía. Pero no, decidí ser apenas un periodista. Paradojas de un hogar de clase media en el que siempre había diarios a los que recurrir para matar el aburrimiento en las tardes de siesta, en las que era obligado a no hacer ruido para que pudieran dormir mis abuelos. Así nació el hábito de la lectura de las noticias sobre un papel rugoso que te dejaba los dedos manchados. La familia de uno puede contribuir, sin sospecharlo, a desarrollar la vocación que más adelante no verá con buenos ojos.Aunque no se diera cuenta, otros aportes a mi formación los hizo mi vieja al inscribirme en la Academia Cultura Inglesa y forzarme a tomar clases de inglés llueva o truene, y al obligarme a dominar, perdón por el viejazo, la máquina de escribir. Casi que puedo escuchar el estruendo que hacían todas juntas a la hora del cierre en las antiguas redacciones.También me voy a acordar de aquellos que me ayudaron a empezar, los que confiaron y me dieron oportunidades; los que ofrecieron esas palabras de aliento tan necesarias para los que recién están empezando. ¿Y los que no lo hicieron? ¿Los que dudaron, desalentaron, los que minimizaron y pretendieron quebrar mi voluntad? También ayudaron a su manera. Fueron el combustible para persistir y demostrarles, imaginariamente, que se equivocaban. Cada vez que alcanzaba un logro profesional, venían a mi mente. Como la mujer de un artista plástico muy conocido, que durante mi primer año en la Facultad de Periodismo me contrató como cadete para realizar trámites para su marido, un famoso pintor surrealista ya fallecido. Fue mi primer trabajo y ella no perdía oportunidad de poner en duda mi futuro en la profesión ante el más mínimo error de principiante.Traigo al presente esto, no como un ejercicio de rencor, sino más bien de orgullo por el viaje emprendido, por la alegría de haber podido cumplir el sueño de trabajar en una redacción, la gran escuela de este oficio. Ya lo dice el aforismo que recorre el gremio: un periodista que no pasó por una redacción es como un médico que no pasó por un hospital. La redacción es una incomparable mixtura de compañerismo, trasnoche, amistad, competencia, excepcionalidad, rutina, egos, excitación, cansancio, mezquindad y generosidad. A veces, también es una usina de situaciones hilarantes. El cine nos ha dado una idea aproximada de esa maquinaria ambivalente. Es la épica de Todos los hombres del presidente o de The Post, las películas sobre el Watergate y “los papeles del Pentágono”, pero también la prosaica búsqueda de la noticia de un periódico sensacionalista retratada en El diario.El altanero jefe de Gabinete del actual gobierno consideró hace poco que no tiene por qué dar explicaciones ante los trabajadores de los medios, a quienes atribuye oscuras intenciones, fruto de la clásica paranoia que invade a los que ocupan algún lugar de poder.Ver qué hay más allá de la superficie, entender, mostrar, informar, incomodar si es necesario. Esas son las motivaciones de quienes eligieron el oficio que Manuel Adorni desprecia. Para él, somos “apenas periodistas”. Para mí, alcanza y sobra.