Philippe Herreweghe y la Orchestre des Champs-Elysées le aportaron brillo, carácter y frescura a las obras de Schubert y Beethoven

Concierto de la Orchestre de Champs-Elysées. Dirección: Philippe Herreweghe. Programa: Sinfonía n.º 8 en Si menor D. 759 “Inconclusa” de Franz Schubert y Sinfonía n.º 7 en La Mayor op. 92 de Ludwig van Beethoven. Sala: Teatro Colón5 starsComo el ebanista que restaura sus reliquias, quitando capas de lustre y pátinas del tiempo a la madera noble, así el director, que remonta siglos de un paisaje sonoro diverso, encuentra, en las mismas notas, la misma partitura, el corazón de la música en una vida nueva. Para comentar, de lo general a lo particular, el concierto sublime de Philippe Herreweghe y la Orquesta de Champs-Elysées para el Mozarteum Argentino en el Teatro Colón, una primera observación: la arquitectura del sonido en la disposición de la orquesta.Ya desde su ordenamiento (piramidal), en gradas, con los contrabajos marcadamente sobreelevados, en línea recta, al fondo y de frente al público, el planteo resultó en una diferencia acústica notable, no sólo a favor del relieve de los graves (que son, además de la base rítmica y armónica de todo discurso musical, también su cuerpo), sino también, para la transparencia. ¿Por qué la transparencia? Por el recorrido natural del sonido: la posición más común (lateral a la derecha del director) favorece el “empaste”. La posición frontal sobreelevada, la “transparencia”.Siguiendo el concepto: la decisiva selección de instrumentos a partir de lo que se da a conocer como una interpretación “históricamente informada” (esto es: de acuerdo a los recursos originales de la época en que fue compuesta la obra). Debido a una resonancia menor respecto de cuerdas y vientos actuales, la sonoridad de los instrumentos antiguos redundó en varios aspectos comparados con el estándar moderno: menos vibrato y fraseos precisos, detalles, articulación y texturas más ligeras. Presencia nítida de las voces intermedias, rescatadas con finura en las tramas del contrapunto. Menos homogeneidad y más colores y vitalidad armónica. Más nervio, más energía y velocidad, más capacidad de reacción y agilidad para los matices dinámicos y los reguladores de intensidad (crescendos, diminuendos).A diferencia de las versiones convencionales que a lo largo de los dos siglos que nos separan del repertorio presentado (la Viena de Schubert y Beethoven en el temprano siglo XIX), tendieron a expandir y amalgamar las sonoridades orquestales (y en el peor de los casos, a hacer de estas obras harto repetidas lecturas rutinarias a modo de repertorio básico), aquí el trabajo minucioso del maestro-artesano les devolvió a las obras el brillo, el carácter y la frescura. Como el ebanista que extrajo los barnices y descubrió el esplendor de la madera natural.En tal sentido, y coherente con su postura estética, Philippe Herreweghe es mucho más que un director. Es un artífice, un arqueólogo, el viejo Kapellmeister de las antiguas escuelas musicales. El músico total que jamás sube al podio a vanagloriarse de sí mismo, que entiende su rol no como un elemento decorativo sino creativo y forjador. Inmóvil prácticamente, sin batuta, dirigiendo con las manos y los codos apenas separados del cuerpo, a Herreweghe le bastan las miradas y unas pocas señales, breves y concisas (a la hora de dar el tempo, una entrada riesgosa o el cambio de compás), para obtener del conjunto el refinamiento y la perfección necesarias que sirven al mensaje de la música.En Schubert, el ataque y el cierre de las frases, los contrastes forte-pianissimo, la belleza de un protagonismo casi inusitado en ciertos pasajes de las cuerdas graves, la dulzura bucólica de los vientos, maderas y metales idílicos, y algunas delikatessen propias de un ensemble de esta jerarquía (por dar un ejemplo: ese acento sutil puesto como frutilla del postre, como pirueta de ballerina, en la ligadura de prolongación que cierra el primer movimiento con gesto distinguido).Y, en la segunda parte, la Séptima como una celebración de la “garra” beethoveniana, del pulso sin aliento, de la voluntad y la afirmación hecha sonido. Una interpretación que, con todas las características de la ejecución expuestas hasta aquí, sacudió los cimientos del teatro. Y de entre varias emociones que despertó, una que conmueve en particular: imaginar al hombre de su tiempo, confrontado por primera vez con esa fuerza de la naturaleza, genial y arrolladora, que fue Ludwig van Beethoven.
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