El gobierno de Milei ya es otro gobierno

El Gobierno está en una situación ambivalente. Las encuestas muestran que la declinación de su imagen frente a la opinión pública se detuvo. Pero aquel debilitamiento, que parece haber tocado un piso, dio origen a una nueva administración. Existen cambios que se produjeron durante los últimos meses que dan la sensación de que difícilmente el oficialismo siga siendo el mismo. Aunque revierta la caída. Una encuesta elaborada por la consultora de Hugo Haime, con base en el índice de aprobación y desaprobación de la gestión Milei, exhibe una leve suba en el nivel de aceptación: pasó de 34 a 35% entre los meses de abril y mayo. Mientras tanto, el rechazo a la administración libertario cayó de 63 a 61% en el mismo período. El gobierno de Milei ya es otro gobierno: el editorial de Carlos Pagni en Odisea Argentina (01/06)El escenario se repite en la evaluación de las expectativas sobre la Argentina de acá a un año, que es una pequeña muestra del pensamiento del electorado sobre la capacidad del Gobierno para resolver problemas. En abril, quienes consideraban que el país iba a estar mejor representaban al 32% de los encuestados. Un mes más tarde, esa cifra trepó a 33%, frenando la caída que el índice experimentaba desde diciembre. El mismo fenómeno se tradujo en quienes aseguraban que estaríamos peor: pasaron del 50 a 48%. Se trata así de pequeños movimientos que dan la idea de que la dinámica de deterioro del oficialismo se ha detenido. Estos pequeños datos se encuadran en un marco en el que aparecen fenómenos que dan cuenta de modificaciones más estructurales. Por ejemplo, quién es el principal responsable de los problemas económicos de la Argentina. En los dos primeros años del desembarco de Milei en el Ejecutivo, La Libertad Avanza podía responsabilizar por las dificultades a la herencia recibida, y con mucha lógica. Aquel paradigma cambió. Hoy es Milei el culpable de aquella dimensión: el 42% de los encuestados imputan las dificultades materiales a su política económica. Por el contrario, un 33 por ciento todavía atribuye la responsabilidad al kirchnerismo. No es la única variación molesta para el Presidente. Dentro de un ranking de conocimiento y evaluación de dirigentes nacionales, la senadora Patricia Bullrich tiene una imagen positiva del 41,7% contra una imagen negativa del 55%. Milei, mientras tanto, se encuentra en el orden del 38,7% y 60,9% respectivamente, cifras que se presentan como un obstáculo en un eventual balotaje. Hay un significado oculto en esta comparación: el universo de la opinión pública oficialista -el no peronismo- ubica a Bullrich por encima del jefe de Estado, lo que lleva a la exministra de Seguridad a emitir señales de diferenciación. Cristina Kirchner goza de un 42,7% de imagen positiva y un 56,4% de imagen negativa, convirtiéndose en la figura con mejor concepto en el país. Dichos números son prueba del marcado nivel de polarización política en la Argentina. Aquellos que no comulgan con las ideas del mandatario se miran mejor en el espejo del peronismo y ven en la ex presidenta a la principal líder opositora. Hay quienes interpretan que esta circunstancia se debe, en cierta medida, a su silencio. Le va mejor cuanto menos aparece. Estos números impactan de lleno en la estrategia discursiva del Gobierno, con un Milei que se aferra al peligro kirchnerista para diluir diferencias de matiz existentes con Mauricio Macri o Pro. Así lo demostró, entre otras tantas oportunidades, al dar inicio a las sesiones ordinarias en el Congreso, a través de un discurso insultante contra la bancada kirchnerista. Las palabras del Presidente contrastan con el discurso de Luis Caputo, ministro de Economía, quien pretende dejar en claro ante los inversores que no existe riesgo alguno sobre la vuelta del kirchnerismo. Si bien la polarización no resulta inconveniente para el líder de LLA, sí lo es para Axel Kicillof, quien se encuentra por debajo de Cristina Kirchner -39,5% de imagen positiva y 52,9% de imagen negativa-, con quien comparte electorado. Se trata de un dilema para el gobernador bonaerense respecto de su carrera electoral, que todavía no lanzó. Otro dato interesante: el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, sostiene una brecha de 40,5% entre imagen positiva y negativa -26,3 y 66,8 respectivamente-, lo que agiganta la incertidumbre sobre por qué tanto Javier como Karina Milei continúan sosteniéndolo. Adorni era la gran apuesta del oficialismo y quien representaría al Gobierno en la gran batalla por el electorado de la Capital Federal. Ese trono hoy está vacante, con otros aspirantes a ocuparlo. Una de ellas, que todavía no asomó la cabeza, es Pilar Ramírez, líder del bloque libertario en la Legislatura porteña y ojos y oídos de la Secretaría General de la Presidencia en la política de la ciudad de Buenos Aires. El Gobierno de Milei opera en otro contexto. Ya no es lo que era y enfrenta otros demonios. Uno de ellos es el proceso de sustitución de liderazgos ante la opinión pública, que el propio Presidente deberá analizar si es capaz de revertir. Tendrá, por ejemplo, que superar a Bullrich, a quién no saben dónde ubicar. La candidatura a vicepresidente estaría escriturada para Martín Menem. Ramírez se quedaría con la Jefatura de Gobierno en Ciudad. Se le endilga al Gobierno ser responsable también por la situación económica. No tiene resto para usar la carta de la herencia recibida. Del otro lado, un kirchnerismo amenazante que puede complicar la llegada de inversiones. El panorama necesita de una nueva interpretación. Dentro de este mundo hay un inconveniente central, sistemático e inocultable: la corrupción. Estalló la semana pasada un complejo caso vinculado a Arsat, la empresa encargada dentro del Estado del tendido de fibra óptica. La “niña de los ojos” de Julio De Vido generó durante el kirchnerismo 36.000 kilómetros de fibra óptica, contra 18.000 y 16.000 de Telecom y Telefónica. Es una gran perla para cualquier privatización o tercerización de funciones. El escándalo se debe a que se descubrieron depósitos en los que se robaban dispositivos que compraba Arsat. Producto de la pericias de teléfonos y llamadas, apareció en escena Gerardo Boschin, que había trabajado para la compañía de telecomunicaciones y actualmente se desempeña como gerente de contrataciones y compras.Es una clara ilustración de la falta de reflejos por parte del oficialismo. Mientras se desata la interna entre Santiago Caputo y Karina Milei, y Adorni gasta su vida en acomodar los números para elaborar un declaración jurada que nunca llega, Boschin es el protagonista de un escándalo que lleva semanas siendo investigado. Pero hasta el lunes mantenía su cargo. Sin embargo, no es el único involucrado ni el más llamativo. La pesquisa también salpicó a Facundo Leal, quien era llamado en broma “Facundo Leal a José Luis Manzano”, por su gran dependencia con el empresario y su socio Daniel Vila.Leal es un funcionario de Arsat, que pasó por varias funciones dentro del Estado, a quien le allanaron dos domicilios: un departamento en Palermo y una casa en Mendoza. Le encontraron, sumados en ambos domicilios, aproximadamente US$2.400.000 en distintas monedas, en efectivo. A este funcionario del Gobierno de Javier Milei le encuentran también cantidades de cocaína, ketamina y éxtasis. Y balanzas para pesar esas drogas. Este es un dato muy importante. No desde el punto de vista médico o sanitario. Es muy importante desde el punto de vista político. Porque Facundo Leal, que tiene, dicen quienes lo conocen, una gran adicción a las drogas pesadas, más o menos desde el año 2010, hoy está preso. Es una bomba de tiempo. En el Gobierno muchos se preguntan con temor cuánto aguanta la presión de la Justicia, la indagación de un fiscal, alguien con semejante nivel de adicción y en una situación de abstinencia y, obviamente, de estrés, como cualquiera que está pasando por un proceso judicial tan complicado.Facundo Leal es un mendocino que llegó a la ciudad de Buenos Aires, al Gobierno nacional, de la mano de un dirigente de la provincia de Mendoza llamado Rodolfo Gabrielli, que fue gobernador de Mendoza, ministro del Interior en la época de Duhalde, titular de la Casa de la Moneda en la época de Kirchner, de donde se fue en medio de un escándalo, y estuvo también en Arsat, una empresa de tendido de fibra óptica y tecnología, muy ligada a las telecomunicaciones. Leal estuvo allí durante el gobierno de Alberto Fernández. Está muy ligado, por la vinculación con los mendocinos, a Sergio Massa. Pasó después a la Agencia de Control de Aeropuertos, el Orsna. Pero seguía estando en Arsat. Porque, astuto, logró que el sindicato de telefónicos lo nombre delegado de la empresa, con lo cual, informalmente, porque esto no está previsto en los estatutos, él tenía un lugar en el directorio, que lo tiene hasta ahora.Su paso por el Orsna fue bastante escandaloso porque muchos empresarios de la construcción, que hacían obras en aeropuertos de distintos lugares del país, se quejaban de que algunos delegados de Leal pedían, hasta donde se sabe, coimas del 5% para que el Orsna habilitara determinadas obras para esas empresas constructoras. Esto se sabía, era vox populi en el mundo aeroportuario. Ocurría en un bar del Aeroparque Jorge Newbery, a la vista de todo el mundo. A pesar de todo esto, a Leal lo pasaron desde el área del Orsna a Transporte. Ahí trabajó con otro funcionario al que despidieron junto con Leal: Luis Pierrini, también mendocino, vicepresidente de Independiente Rivadavia, el club que controla Daniel Vila. Todo tiene que ver con todo y, por lo tanto, hay un vínculo entre Pierrini, Leal y el fútbol, a través de Vila. ¿Cómo llega Pierrini al gobierno nacional? De la mano de Juan Pazo. Era el secretario de Coordinación de Luis Caputo en el Ministerio de Economía. Fue después titular de ARCA. Pero, durante el gobierno de Macri, era superintendente de Seguros. ¿Por qué esto es importante? Porque Pierrini es el dueño de la compañía de seguros Triunfo, con sede en M
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