Crianza: el camino para que los chicos desarrollen un yo fuerte

La sociedad de consumo y el movimiento de crianza permisiva y/o respetuosa mal entendida naturalizan la propuesta de que evitemos a nuestros hijos el dolor y el sufrimiento desde muy chiquitos. Al mismo tiempo, los adultos somos un permanente modelo de “atajos” con el objetivo de no sufrir (un vaso de vino para levantar mi ánimo si estoy bajoneada, un energizante para poder jugar al fútbol cuando el cuerpo me pide a gritos que no lo haga y descanse, un trago para entonarme antes de salir, etc.).No nos conectamos con lo que nos pasa, evitamos justamente las señales que nos permitirían entender, procesar y fortalecernos para enfrentar los inevitables contratiempos de la vida. Y también ayudamos a nuestros hijos a evitar conectarse con lo que sienten. De este modo, no adquieren junto a nosotros los recursos para afrontar, transitar, procesar, resolver o tolerar esos incómodos estados. Cuando llega la adolescencia, algunas tentadoras conductas adictivas como el alcohol, el vapeo, el cigarrillo, el TikTok, que tienen al alcance de la mano, vienen a ocupar un lugar privilegiado para ahogar sus incomodidades, soledades, miedo a crecer o a quedarse solos, inseguridades y pesares en un trago o en una inhalación, en una pantalla, sin darse cuenta de que solo logran postergar –no evitar– el encuentro con lo que les pasa.Cortisol. Qué es, cuál es su función y por qué recomiendan bajar sus nivelesNuestro objetivo es que desde chiquitos fortalezcan su persona y sus recursos internos hasta tener un yo fuerte, resiliente, que se inclina ante los vendavales sin quebrarse; que aprendan a esperar, a frustrarse, a esforzarse, a postergar el placer, que se animen a sentir, tolerar y procesar angustias, enojos, desilusiones y tristezas de modo que puedan aceptar esos estados emocionales, que puedan conectarse y hablar de lo que les pasa, pedir ayuda o simplemente compañía.La palabra adicción implica falta de palabras (dicción). Intentemos acompañar a nuestros hijos a poner palabras a lo que les pasa, haciendo uso de algunas de las muchas oportunidades que nos –y les– ofrece la vida.El modelo adictivo¿Y qué pasa con los adolescentes que en tantos casos pierden el criterio a la hora de elegir lo que ingieren o usan? Veamos qué pasó antes en sus vidas que hoy no tienen los recursos para decir que no a algo que les hace mal. Es por la falta de fortaleza y de recursos internos, pero se agrega a menudo la falta de información, sumado a que en esa etapa ellos no quieren escucharnos cuando hablamos de posibles riesgos. Su idea omnipotente es “a mí no me va a pasar eso” o, eventualmente, “falta mucho para que me pase” (y entonces no me preocupa).No ayuda tampoco la fuerza e intensidad del permanente bombardeo de mensajes que les llegan por múltiples canales, muchas veces subliminales, aquello que se muestra, pero de lo que no se habla, peligroso porque entra sin que le abramos la puerta y sin que los chicos registren que hay algo de lo que tienen que defenderse.El alcohol les resulta dulce y relajante; o fuman un cigarrillo o vapean para sentirse o hacerse los grandes, porque se sienten inseguros, para ser iguales a sus compañeros; o se “pierden” en una pantalla para no conectar con ellos mismos. Ven disfrutar de estos recursos a los adultos y a los adolescentes mayores, a quienes ellos quieren, valoran y admiran. También a los “famosos”, por suerte, ya no explícitamente en las publicidades.Estemos atentos al modelo “adictivo” (o no) que mostramos; es decir, lo que nosotros hacemos delante de ellos. Intentemos, esforcémonos por procesar las cosas que nos pasan sin recurrir a pastillas, exceso de comida, café, trabajo, compras o ejercicio compulsivos.Hay que estar dispuestos a acompañar a nuestros hijos en la integración de una amplia gama de emociones dolorosas, para que no necesiten usar mecanismos que los debilitan, como negar, reprimir, echarle la culpa a otros, ni otros métodos para escapar de esas situaciones. De este modo se van fortaleciendo y pueden tolerar niveles crecientes de estrés, dolor, ofensa, desilusión, sufrimiento, inseguridad, incomodidad, enojo, miedo, celos y otras emociones “oscuras” (así las llamo en capacitación emocional para la familia); pueden hablar de lo que sienten, piensan y de lo que les ocurre y de esa forma hacerlo propio, atravesarlo y procesarlo, y no necesitan tomar tentadores atajos para evitarlo.Nuestros hijos requieren también padres que estén dispuestos a poner límites adecuados para cada edad, entendiendo el valor de los “no”, de modo que vayan internalizándolos. Que desde adentro de ellos empiecen a escuchar: “No es bueno para vos”, “No quiero que lo hagas…”. Es importante la presencia atenta (vigilia) de los padres en el largo camino del fortalecimiento, desde la infancia hasta la adultez plena de nuestros hijos.
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