Criador de petisos campeones, Iván Callegari guarda una relación especial con esa raza equina, con la que comparte hasta el año de nacimiento

Cada criador equino es un orgulloso defensor de la raza que elige. Y es entendible que así sea, porque detrás de un caballo que entra a la pista hay historias familiares, muchas expectativas y un intenso trabajo de años.
Pasaron 43 años desde que el Petiso Argentino fue inscrito en los registros de la Sociedad Rural Argentina. La misma edad que tiene Iván Callegari, quien asegura tener una conexión especial con esta particular raza, tan versátil y longeva que, a menudo, marca el camino de varias generaciones dentro de una misma familia.
Lejos de achicarse, el petiso sueña en grande: “Somos pocos pero crecemos año a año”, celebra Martina Nogués, presidenta de la Asociación de aquella raza equina

En efecto, la historia misma de la raza está grabada en su cabaña, Malaika. Es que la misma pertenece a la familia de su esposa, actual presidenta de la asociación y bisnieta de uno de los propulsores del Petiso Argentino a nivel nacional. Es un extenso legado que continúan con sus hijos, los cuales configuran ya la quinta generación dedicada a esa actividad.
“Es una raza muy noble y muy fiel, y nace de la idea de lograr un Criollo en miniatura, que come la mitad y ocupa la mitad de un caballo grande. Es muy fácil tenerlos y usarlos todo el tiempo”, explicó Callegari.
Pero, detrás de esas cualidades, está el trabajo continuo de criadores como él, que son quienes llevan adelante la selección genética de la raza y, durante años, preparan a los ejemplares para brillar en las pistas. La última gran demostración la dio en la exposición de Palermo, donde uno de sus petisos, el “Mitata Bombo Legüero” fue consagrado campeón.
Mirá la entrevista completa:

-¿Cómo es el trabajo de preparación de un equino? ¿Qué implica?
-Desde que el petiso entra al box, le cambia su vida. De estar suelto en el campo, se lo empieza a domar, a preparar, a entrenar y también se lo cura, se le da de comer lo que necesita y se lo cuida mucho. Para competir, entre tres o cuatro meses antes ya tiene que estar con mucho más cuidado extra.
-¿Y qué te genera como criador tener un ejemplar campeón?
-Es una satisfacción enorme, porque es un proceso larguísimo. Desde que elegís el padrillo y lo cruzás con la yegua tenés 11 meses de gestación, luego de que nace tenés que ver si va a ser bueno y va a andar bien, y en ese caso lo preparás por varios años más. Si lo traés, y encima te llevás el premio, es un montón.
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