El regreso de Philippe Herreweghe y la Orchestre des Champs-Élysées y el inolvidable concierto que dieron 17 años atrás

En 2009, con el Teatro Colón cerrado para su restauración, el belga Philippe Herreweghe, al frente de la Orchestre des Champs-Élysées, dirigió en el Teatro Coliseo la Sinfonía fantástica y Lélio, de Hector Berlioz. Fue un concierto musicalmente inolvidable porque se pudo escuchar a Berlioz como rara vez se lo escucha, con instrumentos de su época y con sus indicaciones de tempi. A Herreweghe no lo guía en su apego a la corriente de interpretación historicista ninguna ortodoxia principista; más bien, está convencido de que cada obra es siempre contemporánea si se la preserva en su estado original, si se la defiende como corresponde. Herreweghe hoy estará de vuelta para dirigir a la misma orquesta, esta vez sí en el Colón, invitado nuevamente por el Mozarteum Argentino. Diecisiete años después, aunque muchas cosas cambiaron en la orquesta, Herreweghe no se olvida del Berlioz de 2009: “Le agradezco que me haya hecho acordar de ese concierto -comenta-. Yo tengo el recuerdo de un encuentro muy intenso con Berlioz. Desde entonces, la orquesta fue madurando en su comprensión del lenguaje del siglo XIX. Hay ahora una sensibilidad más marcada para el fraseo, la retórica y la ductilidad natural del discurso musical. Nuestro trabajo con las fuentes históricas ayudó también a profundizar este enfoque y nos permitió una expresividad más fundamentada”. El programa de esta nueva visita comprende también dos obras: la Sinfonía n.º 8 en si menor, D. 759, “Inconclusa”, de Schubert, y la Sinfonía n.º 7 en la mayor, op. 92, de Beethoven. Herreweghe no ve en su decisión de armar de este modo el programa, como tampoco en su interés incondicional por Bach, una inclinación particular hacia la música alemana: “En realidad, mis preferencias no tienen nada que ver con la música que viene de Alemania. Tocamos cantidad de música italiana y también checa. Pero usted tiene razón al señalar que solemos hacer con bastante frecuencia música alemana o austríaca. Lo hacemos así porque las fuentes de la interpretación históricamente informada son muy ricas en el período que va del barroco al romanticismo temprano, y muy grande además la onda expansiva de la evolución en esos mismos años y en los países de habla alemana. Como pasaba con la Sinfonía fantástica de Berlioz, la Octava de Schubert tiene también algo parecido a un programa, aunque se trate aquí de un programa secreto. La historia es la siguiente. Aparte de su música, poco dejó escrito con palabras Schubert: apenas un puñado de cartas, algunos poemas y un relato onírico de menos de diez párrafos encontrado entre sus papeles que llamó “Mein Traum” (Mi sueño) y fechó el 3 de julio de 1822. La anécdota de ese sueño, narrado en primera persona, es simple y enigmática: un hijo, hermano de muchos hermanos y hermanas, es rechazado por su padre cuando rehúsa probar los manjares que se le ofrecen en un banquete. El hijo escapa a tierras lejanas. Tiempo después, cuando recibe la noticia de la muerte de su madre, regresa. La escena se repite con un jardín, que el padre juzga edénico, y el hijo, ominoso. Otra vez en tierras lejanas, canta canciones durante varios años. Escribe Schubert: “Si quería cantarle al amor, se transformaba en dolor. Y si quería cantar sólo al dolor, se transformaba en amor”. La reconciliación sobreviene con la muerte de una doncella piadosa: ante su tumba, padre e hijo lloran abrazados. A principios de la década de 1930, el musicólogo Arnold Schering imaginó que ese sueño podía leerse como el programa secreto de la sinfonía “Inconclusa”, que empezó a escribirse ese mismo año. Schering veía dos episodios (primero el desdén, luego la reconciliación) que tendrían su correspondencia en los dos movimientos de la sinfonía: el Allegro ilustraría el “sufrimiento terrenal”; el Andante, la “visión celestial” ante la tumba de la doncella.Es evidente que la presunción de Schering se apoya exageradamente en la coincidencia cronológica, pero, como sea, 1822 es el año crucial en el que empieza, si puede llamárselo así, el estilo último de Schubert. A Hereweghe, como antes con el programa que Berlioz escribió para la Sinfonía fantástica, el relato “Mein Traum” le parece “muy importante” para la comprensión de la Octava.–Documentos de esta clase pueden cambiar la perspectiva. Pero de manera un poco más amplia, ¿cuánto se modifica la práctica históricamente informada cuando se pasa del Renacimiento y el Barroco al Romanticismo? ¿Son problemas diferentes con soluciones diferentes, o hay soluciones que pueden generalizarse? –A medida que se pasa del Renacimiento y del Barroco al Clasicismo y el Romanticismo, el lenguaje musical va volviéndose más individual y expresivo. Si bien los principios del conocimiento histórico permanecen constantes, su aplicación tiene que adaptarse a un fraseo diferente (un fraseo más cercano al habla, diría yo), a un tempo más flexible y a dinámicas de mayor significación estructural. No podemos generalizar las soluciones: cada período demanda su propio equilibrio entre la fidelidad a las fuentes y una libertad musical viva, expresiva. –Más allá de la admiración que Schubert tenía por Beethoven, hay diferencias. Alfred Brendel, por ejemplo, dijo que Beethoven era como un arquitecto y Schubert como un sonámbulo. ¿Cómo entiende usted esa relación, sobre todo en la forma?–Yo percibo una afinidad sumamente significativa entre Beethoven y Schubert, y eso a pesar de sus temperamentos tan diferentes. Ambos comparten un mismo sentido de la forma y un compromiso muy profundo con el potencial expresivo de la armonía. Aun cuando la composición de Beethoven tenga mayor claridad arquitectónica y la Schubert parezca desarrollarse más espontáneamente, hay en los dos una contemplación de notable intensidad. La música de uno y de otro no se rige por la mera estructura, sino sobre todo por una expansión del espacio interior, emocional. –Sabemos de su enorme aprecio por la música de Anton Bruckner. ¿Le parece que Schubert prefigura a Bruckner en algunos aspectos? –Sí, descubro un aire de familia entre ellos, pero más en la forma interna que en la configuración externa. En Schubert, advierto ya esa relación tan particular con el tiempo. En este sentido, puede hablarse perfectamente de una prefiguración de Bruckner, aunque menos de la monumentalidad que de su respiración, de su confianza en la repetición y en la resonancia. De todos modos, Schubert sigue siendo para mí más íntimo, más frágil. Para agendarOrchestre des Champs-Élysées, con dirección de Philippe Herreweghe. Temporada del Mozarteum Argentino. Programa: Octava sinfonía, de Franz Schubert, y Séptima sinfonía, de Ludwig van Beethoven. Función: hoy, a las 20, en el Teatro Colón.
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