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Vivía en Tigre, nunca había cruzado ni el Atlántico ni el Pacífico, pero se animó con Japón y se quedó: “Al principio me mareaba”
Pisó Tokio y se largó a llorar. Llevaba encima unas 35 horas de vuelo, la ansiedad del que jamás viajó tanto y tan lejos, el paso frenético por el aeropuerto de Estambul, algunas expresiones aprendidas en japonés, maratones interminables de animé, colecciones de manga y toda una vida de soñar con estar en ese preciso lugar. Japón la recibió con un mural de Kitty donde se podía leer “Bienvenido a Tokio” y otro de Hatsune Miku, una cantante virtual que ya conocía. Entonces Karen Balmaceda (31), oriunda de Tigre, especialista en marketing, módica viajera que jamás había cruzado ni el Atlántico ni el Pacífico (su único viaje al exterior había sido, ida y vuelta sobre el Río de la Plata, a Uruguay), lloró. No pudo parar de llorar. La esperaban las luces, los edificios, el vértigo de una noche tokiota que ahora, a más de un año de haberse establecido allí, es parte de su vida. “Al principio me mareaba, realmente salía a la calle y me mareaba –cuenta, vía zoom-. Esos edificios gigantes, los carteles. Yo decía ‘esto es loco, no entiendo nada’”. El departamento argentino; el país JapónA través del monitor, Karen sonríe. Vive en un departamento compartido con otros argentinos, y se recluyó en una habitación para hablar tranquila. Del otro lado de la puerta, sus amigos preparan ñoquis para la cena. En la Argentina son las ocho de la mañana; allá, las ocho de la noche. Es 29 y ellos, aunque adaptados a la vida nipona, no olvidan ciertas tradiciones. “Total, es lo más fácil de hacer: harina, papas, salsa…, eso se consigue”, comenta. Se la ve relajada; como todos los días, hoy trabajó de guía turística para grupos de hispanohablantes. Su lengua materna es un activo en un país donde prácticamente nadie habla español, y donde el turismo desde España y Latinoamérica no para de crecer. Karen tiene un activo adicional: desde chica se interesó e investigó sobre un país cuya belleza contribuye a divulgar. -¿Qué te decidió a ir a Japón? -Japón siempre me gustó, desde que era muy pequeña. Pero bueno, mi familia y yo venimos de una clase social baja, por lo que semejante viaje se me hacía imposible, impensable. Decía: “no tengo que ilusionarme porque no va a pasar, no hay chances”. Sin embargo, a medida que fui creciendo y tomando diferentes trabajos, ahorrando de a poquito, empecé a pensar que capaz se podía dar. Fui juntando toda la plata que podía, cualquier monedita que me entraba, la ahorraba. Y en un momento me propuse tratar de ir de vacaciones. Tuve la suerte de que un amigo, Hernán, también tenía ganas de venir acá. Así que empezamos a organizarlo. Justo en ese momento me hablan del Working Holiday, un programa para estar todo un año en Japón y trabajar. Yo tenía 29 y me parecía que ya era grande para que me aceptaran. Pero miré los requisitos y vi que podía hasta los 30 años. Y me puse a juntar los papeles que pedían: títulos del secundario, universidad, antecedentes penales, comprobantes de que vas con dinero suficiente. Te piden también una carta que diga para qué querés ir. Con mi amigo escribimos lo que nos salía del corazón y lo presentamos. A la semana nos dijeron: “Chicos, tienen tres meses para salir del país”. De golpe, rápido, había que salir a comprar el pasaje, preparar todo, organizar las valijas, despedidas por acá, despedidas por allá, hablar en los trabajos. Yo estaba con un trabajo fijo en marketing, y mi amigo recién había entrado a una empresa de tecnología. Habíamos presentado los papeles diciendo “si sale, bien y si no, nos vamos de vacaciones”. ¡Y de repente, teníamos que renunciar a nuestros trabajos porque nos íbamos un año! -¿En qué momento pasó todo esto? -Febrero de 2025. No es que sea lo más fácil del mundo lograr la visa, pero tampoco es imposible. Si tenés todos los papeles en regla, y si tenés un trabajo, las posibilidades están. Y la verdad es que acá te quedás un poquito y ya te empezás a acostumbrar. -¿Qué te atraía de Japón? -La cultura del animé y la música, esas dos cosas, me engancharon mucho. Empecé a ver diferentes animés, mangas, y me empezó a interesar también el idioma. Recuerdo que, cuando recién arrancaba YouTube, veía muchos tutoriales sobre el idioma. Después, en la época de la pandemia, me puse a estudiarlo más seriamente, en el CUI. Acá me pasa que entiendo lo que me están diciendo, pero me resulta un poco difícil todavía terminar de armar oraciones. Tiro palabras sueltas, más o menos como puedo, y ellos me entienden, también, como pueden. Y si no, confío en el traductor de Google. Por suerte, inglés ya sabía antes de venir. -¿Cómo fueron los primeros días? - Al principio me mareaba, realmente salía a la calle y me mareaba. -¿Cómo fue pasando el mareo? -El primer tiempo aproveché para pasear, porque quería ver lo más posible. Hice Kioto, Osaka, las infaltables. También Nara, Takayama, Hiroshima. Me enamoré de Okinawa... En Tokio me tomé el tiempo de visitar lo más que podía. Hasta encontrar un trabajo fijo, estuve dando vueltas por diferentes barrios. Menos en Shibuya, porque siempre hay mucha gente, en cada barrio de Tokio encuentro algo lindo. Pasa mucho esto: capaz estás en plena ciudad, hacés unos pasos y te encontrás un templo, un santuario precioso o un paisaje hermoso. “Claro, estoy en Japón”, decís. A mí me pasa, a veces, que paro un segundo, me siento en algún banquito y digo: “¿es verdad que estoy acá?” -¿Qué tal los primeros trabajos? -Trabajé en un restaurante de carne al que van mucho los turistas. Tomaban mucha gente extranjera, para que pudieran hablar con los clientes. Estuve ahí algo de tres, cuatro meses. Fue divertido porque conocí mucha gente de muchos países. Un día, Hernán me dijo que se había puesto a trabajar de guía turístico. Me animó a probar: ya había dado muchas vueltas por el país, toda la vida estudié sobre Japón, sobre su cultura, por gusto propio. Así que fui a ver qué onda. Al toque me dijeron que necesitaba gente porque hay muy pocos guías que hablen español. Por suerte, salió bien. En este trabajo conocí mucha gente hispanohablante y me hice amiga de argentinos que también son guías. Me armé un grupo bastante grandecito de argentinos, y cada vez que vemos un argentino lo adoptamos. Solemos hacer juntaditas, como los 29, cuando hacemos ñoquis. -¿Viviste la exigencia laboral japonesa? -Cuando trabajaba en el restaurante te podían llegar a pedir una hora más porque acababa de llegar mucha gente. Una hora más, 15 minutos más. Eso sí: siempre te pagan, sí o sí, las horas extra. Estás un minuto de más, ese minuto te lo pagan. Así que cero quejas en ese sentido. Pero si decís que tenés otro compromiso o que estás muy cansada y necesitás volver a tu casa, te miran un poco mal. O te dicen: “pero vas a dejar que tu compañero se quede acá solo, trabajando”. Pero bueno, justo ahora el trabajo en el que estoy, de guías turísticas, pertenece a una empresa española, somos todos hispanohablantes, y es un poco más flexible. -¿En qué cosas te fuiste adaptando? -Me acostumbré a hablar en voz baja. En la Argentina estamos acostumbrados a hablar en voz alta, a reír fuerte. Pero acá no podés estar gritando porque es raro. Así que me acostumbré a mantener la voz un poco más baja. ¡Justo yo que soy de reírme a carcajadas! Pero la verdad que me gusta mucho Japón. Pasan unos meses y enseguida te acostumbrás. Es cómodo. Necesitás algo y sabés que salís y lo vas a conseguir. Todo está al alcance. Acá se usa una palabra que capaz es un poquito rara para traducir, “benri”: alude a que algo es conveniente, cómodo. Capaz que vas a una tienda y te encontrás un muñequito que lo tirás en el agua cuando estás hirviendo huevos y te marca qué tan dura está la yema. Cosas así, que no sabías que las necesitabas [sonríe]. También está la tarjeta de transporte, que también la podés usar como si fuera tarjeta de débito. Cómodo, conveniente. Lo que falla es la parte burocrática. Toda la vida me voy a quejar de eso. En Japón, todo lo que es documentos está en papel. Cada vez que tengo que hacer un trámite sé que voy a volver a casa con cinco papeles nuevos, y ya tengo varias carpetas llenas de documentos. Los japoneses tienen esto de que si algo funciona, no lo reemplazan. Por eso siguen usando el fax o el teléfono de línea. Pero bueno, la burocracia me molesta. Ahí está: una queja. El resto me maravilla. -¿En qué barrio estás viviendo? -En Ikebukuro. No lo cambio por nada. Es muy ciudad y al mismo tiempo es muy tranquilo. Los pocos que vienen acá son gente a la que le gusta el animé, porque hay muchas tiendas de animé. A nadie le recomiendo venir porque quiero que siga siendo tranquilo [se ríe]. -Encontraste tu lugar. -Me encanta, me encanta. Y me queda cómodo para ir al trabajo, porque de acá tengo media hora de viaje para cualquier punto de Tokio. - ¿Cómo te llevas con los terremotos? -Una de las cosas que más me frenaban para venir a Japón, eran los desastres naturales. Yo decía: “seguro que con la mala suerte que tengo, piso Japón y se parte la tierra, algo pasa”. Pero desde que llegué, la verdad está bastante tranquilo. Si llega a haber algún terremoto, algún desastre grande, enseguida te empieza a sonar la alarma en el celular o te llega una notificación. Yo uso una aplicación que me dice dónde fue el terremoto, de cuánta magnitud, si hay alerta de tsunami. Una vez estaba en Tsukiji, que es un mercado de mariscos, y me saltó alerta de tsunami. En ese momento estaba trabajando en el restaurante, en la sucursal de Tsukiji, y fui muy asustada a preguntarle a mi compañero japonés qué había que hacer. ¿Teníamos que correr? ¿Había que subir al tercer piso? Se mataba de risa. Y yo: “¿Qué hago? ¿Qué hago?” Me mostró bien la alerta, que decía: “altura máxima de las olas, un metro”. Eso se rompe acá, en la costa, y no pasa nada. A todo esto, estaba toda mi familia llamándome: “Karen, Karen, ¿estás bien?” Siempre que hay un terremoto en alguna parte del Japón, enseguida llegan los mensajes de la Argentina. -¿Volviste de visita en algún momento? -Todavía no. Me gustaría volver, visitar,