La Filarmónica brilló junto a la extraordinaria Midori

Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Temporada 80º aniversario. Dirección: Zoe Zeniodi. Solista invitada: Midori (violín). Programa: “Poéticas en contraste”. Concierto para violín y orquesta en Re Mayor op.35 (Allegro moderato-Moderato assai. Canzonetta-Andante. Finale-Allegro vivacissimo) de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893). Poema sinfónico nº 3 “Bosques de Maiernigg” In Memoriam Gustav Mahler de Mauricio Charbonnier (1979). Sinfonía nº 2 H.153 (Molto moderato-Allegro. Adagio mesto. Vivace non troppo) de Arthur Honegger (1892-1955) en estreno argentino. Sala principal del Teatro Colón4 starsCualquier violinista pecaría de cierta rusticidad al lado de Midori, la solista invitada de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires para el concierto de Tchaikovsky, el único que el compositor ruso le dedicó al instrumento. No tanto por la manera de entender la partitura, sino por la delicadeza, el refinamiento y las cualidades extraordinarias de su sonido. Midori Goto es, desde hace al menos cuatro décadas, una celebridad de rango mundial, una intérprete no solo superdotada sino sobre todo excelsa, por lo que su nombre en la cartelera del Colón aporta el brillo y prestigio de su figura.De entre esas cualidades se destacan: en la fluidez y profundidad de su canto, la articulación de un legato inagotable y homogéneo que hace de su línea una continuidad perfecta. La elegancia casi melancólica, lejos de cualquier arrebato sentimental, que manifiesta de entrada en el inolvidable tema del primer movimiento. La precisión milimétrica en la afinación y el rigor rítmico en que se mantiene imperturbable (lejos como se dijo del romanticismo exacerbado), con una dicción notable en los pasajes más virtuosos y las figuraciones a velocidad, cuya transparencia y exactitud, siempre impecables, no admiten ni una semicorchea “sucia” o “resbalada”. La sutileza con que ejecuta los ornamentos (los trinos de la Canzonetta en el segundo movimiento, por ejemplo), los pianissimos y sobreagudos celestiales a los que llega con tanta naturalidad. Las dinámicas amplias con que recorre el espectro dentro de cada frase y en la construcción general de la obra. Y, como complemento de un discurso musical exquisito, una apariencia escénica que, por su contextura y fragilidad, vuelve aún más mágica la ejecución en vivo. Una violinista que sin dudas se encuentra en una dimensión infrecuente entre los músicos de nuestro tiempo.Dicho esto, y al margen de las famosas exigencias técnicas que demanda el concierto (tildado en su época de intocable), el clima galante en que se desenvuelve la composición hizo más propicio un despliegue de virtuosismo y elegancia que de carácter y emoción.La orquesta, a cargo de su titular Zoe Zeniodi, acompañando Tchaikovsky fue más efectiva en las cuerdas y en los tuttis. Se percibió en cambio vacilante la sección de los vientos (tanto en el ritmo como en la emisión del sonido y la cohesión de los instrumentos), desde el comienzo del segundo movimiento, en particular pronunciado hacia el final del mismo. En contraste, una selección de Midori fuera de programa, profunda y consistente con Johann Sebastian Bach (Largo de la Sonata nº 3 en Do Mayor para violín solo y el Preludio de la Partita nº 3 para violín solo BWV 1006). Austera y concisa, pero a la vez cálida.La segunda parte comenzó con la obra de un joven compositor argentino, Mauricio Charbonnier (1979) en calidad de estreno: “Poema Sinfónico nº 3 Bosques de Maiernigg” que, como su forma (típica del siglo XIX), así lo indica, evoca la serenidad del paisaje en una música accesible y agradable.Por último, en la ejecución más destacada y lucida de la Filarmónica: la interesantísima Sinfonía nº 2 de Honegger para orquesta de cuerdas. Una obra oscura y pesimista, donde el conjunto, que sonó compacto, concentrado y articulado entre sí, alcanzó los mejores momentos de la noche en cuanto a calidad de interpretación y comunicación del mensaje musical. Magníficas las voces graves sosteniendo la tensión con un dramatismo sobrio y austero, las violas, en su ostinato inalterable del primer movimiento y los violines con un fraseo contenido nunca brillante ni estridente. Y por supuesto, destacado pasaje de la trompeta, portadora de luz, victoria y esperanza en los compases finales. Juntas, todas las líneas, lograron transmitir el vértigo y la esencia conmovedora de una composición impactante, exhibiendo en ella la jerarquía de una Filarmónica contundente, noble y expresiva.
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