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La isla del Mediterráneo que reúne calas preciosas, buena mesa y una historia misteriosa por descubrir
Road trip por Cerdeña, una de las perlas del Tirreno: clima inestable, viento, curvas y caminos de cornisa con vistas maravillosas del Mediterráneo.
No se ven las estrellas en el puerto de Civitavecchia. Son cerca de las nueve cuando el operario da la indicación de subir al ferry, una nave enorme que navegará toda la noche por el Tirreno hasta Olbia, la ciudad más importante del norte de Cerdeña.Aunque dicen que es mejor no tener expectativas, llego a este viaje ilusionada. Después de años en movimiento descubrí que me gustan las islas. Será por esa condición esencial y excepcional de ser pequeños universos, de crear endemismos: en el caso de Cerdeña, el ciervo sardo, ciertas especies de aves y el murciélago orejudo. Hay bosques de alcornoques, una gruta de millones de años que se puede visitar y vestigios de piedra de una civilización, la nurágica, que duró desde el 1700 a. C. hasta la época de los romanos. Las islas requieren un movimiento extra dentro del viaje, y llegar en barco es llegar lento, como si el cuerpo necesitara tiempo de prepararse para estar aislado.Consulté el clima: nubes, sol, agua y viento. Pasará de todo en apenas unos días. Viajar en temporada baja tiene esa inestabilidad, molesta en los días lluviosos, pero también está bendecido por la gracia de casi no cruzarse con turistas. De no hacer filas, de encontrar lugar sin reservar, de fluir.Me habían hablado del viento. Todavía no conocía la canción “Vento sardo”, de Jorge Drexler y Marisa Monte, inspirada en un viaje en velero por la costa sarda: “Vamos levantar a vela / Abrir a janela / Ventilar a dor / Vamos a nombrar al viento / Celebrar su aliento purificador”.En el interior del ferry no se siente el viento. El salón principal se parece a un casino, con alfombras mullidas, sillones cómodos y una barra. Hay un partido del Milan que mantiene atentos a varios. En una mesa cercana al bar, dos parejas comparten una botella de Prosecco y, hacia el fondo, varios intentan dormir estirados en los sillones. El ferry tiene capacidad para 3.000 pasajeros, pero seremos unos pocos cientos, entre ellos camioneros que transportan alimentos y mercadería a las ciudades principales.Cerdeña es la segunda isla más grande del Mediterráneo después de Sicilia, que le gana por poco. De norte a sur tiene 270 kilómetros y, de este a oeste, en el tramo más extenso, unos 150. Si se cuenta el perímetro costero, con sus penínsulas, golfos y bahías, alcanza los 1.800 kilómetros; eso la convierte en un destino de playa, históricamente, para los italianos y, en la última década, para famosos que veranean en la Costa Esmeralda, en el norte. Porto Cervo y Porto Rafael, entre otros hotspots, se convirtieron en lugares exclusivos con residencias privadas y amarras para yates millonarios. Por allí pasan Leonardo DiCaprio, George Clooney, Rihanna, Beyoncé y Bradley Cooper, entre otras celebrities, además de royals europeos como los príncipes de Gales y las familias reales de Mónaco y Dinamarca.Antes de reclinar las butacas para descansar repaso el plan de viaje. La primera parada es Olbia. Llegaremos antes de las siete de la mañana; me pregunto si habrá algún café abierto a esa hora.Piedra sobre piedraSuelo viajar con pistas. A veces es el nombre de un artista o un lugar; otras, un músico, un plato o una fruta. Antes de partir, me hablaron de Los Tenores de Bitti, un grupo folclórico coral de la provincia de Nuoro que entona poesías, cantos populares y sonidos ambientales: un bar de pueblo, el bosque, el interior de una iglesia o una ruina nurágica. ¿Cómo suenan los lugares?Salimos del ferry pasadas las seis de la mañana con las ventanillas abiertas y la fuerza de la voz de esos cuatro tenores que parecen hablar el idioma de la tierra. Serán parte de este viaje que comparto con un amigo italiano.Otra pista: por la cineasta Isabel Coixet, que adaptó un cuento para su última película Tres adioses, conocí la obra de Michela Murgia, escritora sarda que murió a los 51 años, en 2023. En varios de sus libros rescata tradiciones y secretos de la isla. En La acabadora cuenta la historia de una mujer misteriosa que acompaña –y hasta practica eutanasia– a las personas que sufren en el tramo final de su vida. Esa figura, la acabadora, todavía existe en el interior más profundo. En Viaje a Cerdeña, Murgia escribe 12 recorridos por la geografía cultural de “la isla que no se ve”. Así la llama y se enfoca en el lado oculto, que se escabulle y aparece, va y viene como las olas y es parte de la identidad.“Para los sardos la piedra es el principal lugar simbólico de la memoria, ya que son de piedra las señales más evidentes de una historia antiquísima que no ha dejado muchas otras señales visibles”. Para la autora, la asociación mental entre Cerdeña y piedra sólo es superada por la que existe entre Cerdeña y el mar, y ambas comienzan antes de poner un pie en la isla. Recordaré sus palabras en unos días, al mirar de frente las nuraghe de Palmavera, cercanas a Capo Caccia: restos de piedra de forma circular de una cultura que existió únicamente en esta isla y en partes de la vecina Córcega.Los isleños tienen sensaciones mixtas con el turismo: les choca el exceso de la temporada alta –julio y agosto–, cuando llegan cerca de dos millones de personas, más que la población de la isla. Durante el viaje, veo alguna pintada en aerosol en contra del turismo y pienso en la película La vita va così (La vida funciona así, 2025), de Riccardo Milani, que cuenta la historia de un pastor sardo que vivía con sus vacas a metros de una playa fantástica del sur de la isla. Un día, un grupo inmobiliario compra las tierras circundantes para hacer un resort cinco estrellas. Compra todo menos la casa del pastor, que se niega rotundamente a venderla. No le importan los millones de euros que le ofrecen a lo largo de los años: dice no. Y vuelve a decir no.No pudieron comprar la tierra del pastor, pero, en el norte, la isla está tapizada de residencias turísticas y hoteles cinco estrellas, la isla vendida.–Es hermosa la geografía de la Costa Esmeralda, pero no tiene alma. Para conocer la isla hay que entrar en los pueblos, hablar con la gente –dice mi amigo, que ya ha venido otras veces.En temporada baja, eso sucede sin planificarlo. Da la impresión de que los habitantes vuelven a adueñarse de lo que es suyo, y disfrutan.AndiamoVamos por caminos secundarios que atraviesan pueblos medievales iluminados por el sol y, media hora más tarde, llueve sobre un rebaño de ovejas que corta la ruta, cruza y trepa la colina sembrada de arroz. Paro en un negocio enorme, como un depósito, que vende artesanías sardas. No quiero comprar, sí mirar qué se produce. Me detengo en una tabla que parece de madera, pero es de corcho, liviana y extra suave al tacto. Cerdeña es uno de los grandes productores de corcho del mundo. Se usa para tapón de vinos premium, artesanías y aislación. En la zona montañosa de Berchidda, en la región de la Gallura, en el norte, veo los cultivos de alcornoques, mezclados con encinas. Nos detenemos para apreciar de cerca un tronco cuidadosamente pelado hasta donde comienzan las ramas. Es el procedimiento para extraer el sughero, en italiano, corcho. La primera extracción se realiza recién a los 30 años de plantado. Luego, cada nueve o diez años, con estricto control para que sea una práctica sustentable.Salvo algunas ciudades más pobladas, la mayor parte de la isla está formada por pueblos de unos cientos o pocos miles –2.000 o 3.000 habitantes–, con personas mayores que se reúnen en el bar frente al ayuntamiento a tomar café o vermut. Las cortinas del bar son cadenas de sughero que se rozan suavemente al correrlas para entrar.Enseguida, los hombres que están en la única mesa ocupada me cuentan sobre el Time in Jazz, el festival de Berchidda –cada año, en agosto– creado y dirigido por el reconocido trompetista local Paolo Fresu.Aunque no buscan la independencia, los sardos se sienten distintos. Basta una conversación corta para que se refieran a Italia como “el continente”. Los del continente y nosotros, como si no fueran todos italianos. Son gente orgullosa de la belleza de su tierra, del mar –“es mejor que el Caribe, ya lo verás”, me dijo uno–, del Vermentino y el Cannonau –cepas autóctonas–, de la historia y hasta de sus bandidos: “¿No conocés a Graziano Mesina? Aunque no vayamos a Orgosolo –dijo mi amigo–, te voy a contar su historia porque es un ícono sardo”.Donatella y CorradoFertilia queda cerca de Alghero, en la costa oeste. Después de unas horas de viaje paramos en el Kairos Pub a tomar un cappuccino. Donatella y Corrado están sentados en un banco frente al lungomare. A propósito de nada, quizás del cielo encapotado, entablamos una conversación. Tienen tiempo y bajan de su departamento a mirar y conversar con los vecinos. La familia de Corrado es originaria de Emilia-Romagna y, hace varias décadas, poco antes de la guerra, llegó aquí en busca de trabajo.A principios del siglo pasado esto era un pantano. En 1936, Mussolini fundó el pueblo con el objetivo de “italianizar la isla”, que en ese momento tenía una fuerte presencia catalana, principalmente en Alghero. Todavía se habla catalán en algunas familias y hay intentos, impulsados desde Cataluña, para que no se pierda.Corrado trabaja en excavaciones para la bodega Sella & Mosca, una de las más grandes de la isla y de Europa, con vinos premiados de las cepas Vermentino, Cannonau y Carignano. Los suelos arenosos cercanos al mar crean terruños buscados por su mineralidad y su expresión.–Si te das vuelta, podrás ver la arquitectura fascista en la iglesia, en ese monumento, en los jardines y en el trazado del pueblo. La crearon pensando en una “ciudad ideal” –dice Corrado.La arquitectura racionalista de Fertilia contrasta con el casco antiguo de Alghero, de calles enredadas y tonos sepia, con restos de muralla y esas torres altas, redondas, construidas en los siglos XVI y XVII, que fueron bastiones defensivos y cárcel y hoy, en cambio, son oficina de turismo, mirador o sala de exhibiciones. En las afueras de la ciudad, a lo largo de la costa, se ven más torres deterioradas, pero todavía enteras, como