La lapicera se quedó sin tinta

La estilográfica que empuñaba Alberto Fernández y que no se atrevió a utilizar como le ordenaba Cristina Kirchner, su patrona, quedó finalmente sin tinta cuando el “plan platita” de Sergio Massa le secó el tanque y le gastó la pluma. La “lapicera” es el instrumento que plasma el poder del Estado en todos sus niveles, pero cuando se la usa para firmar cualquier cosa, la sociedad se funde y la pobreza se difunde.“Sanciónese”, “promúlguese”, “decrétese”, “ordénese” y hasta “archívese” son verbos que conjugan los gobernantes para organizar la vida en común. No obstante su pésimo currículum, solo el Estado puede viabilizar esfuerzos ciudadanos que se frustrarían en su ausencia: la justicia, la defensa, los puentes y caminos, las vacunaciones y la lucha contra el fuego. Provee, además, el marco institucional que requiere el progreso colectivo y que llamamos seguridad jurídica. Desde garantizar la propiedad privada y las libertades individuales hasta dar firmeza a los contratos.A pesar de su majestad, el Estado es vulnerable al uso y abuso de la “lapicera”. Cuando el capital social ha sido destruido y los lazos interpersonales están dañados, a diferencia de los países nórdicos, emergen mercados de decisiones públicas al mejor postor, como en las ferias y los bazares, en desmedro del conjunto. Oficinas innecesarias, cargos redundantes, jubilaciones sin aportes ni años, subsidios al voleo, legislaturas superpobladas, asesores fantasmas y privilegios sectoriales.En una entrevista reciente, el exministro Aníbal Fernández declaró, para sorpresa del público, que “no tocaría nada de lo realizado por Milei”. En boca de un conspicuo peronista sus palabras podrían haber contribuido más a reducir el riesgo país que las compras de reservas por el Banco Central. Según Fernández, la sociedad argentina realizó un sacrificio enorme con el plan libertario, por lo que desarmarlo abruptamente sería perjudicial. Omitió decir que en el cierre del cuarto kirchnerismo la pobreza alcanzó al 41,7% de la sociedad y que, ese “sacrificio” la redujo al 25%. Y simuló desconocer que la industria nacional no sufre por la inevitable apertura al mundo sino por el “costo argentino”, basural pestilente de cargas laborales, presión fiscal y ausencia de crédito, resultado de tantas “lapiceras” desbordadas que enriquecieron a los sindicatos, multiplicaron el gasto público y, con la inflación, evaporaron la moneda.Las lapiceras malversadas han creado marañas de intereses cuya reversión suscita quejas, marchas y reclamos pues afectan tanto a justos como a pecadoresPara que el déficit cero sea sustentable se requiere aliviar a quienes no llegan a fin de mes y a las Pyme que no pueden competir por el peso de esos desatinos. Las lapiceras malversadas han creado marañas de intereses cuya reversión suscita quejas, marchas y reclamos pues afectan tanto a justos como a pecadores.La Argentina no crece desde hace 15 años, pero la población “pide flan” y la heladera está vacía. Es imposible llenarla sin corregir las causas de la decadencia. Es el gran desafío que ahora enfrentamos, casi sin herramientas. Sin moneda ni crédito, y con un riesgo país insólito para nuestro potencial productivo, no hay muchas alternativas para recomponer los ingresos y evitar caer, nuevamente, en hiperinflación.Al aprobarse la segunda revisión de Acuerdo de Facilidades Extendidas por parte del FMI, el gobierno nacional se comprometió a presentar una propuesta de reforma tributaria antes de fin de año, considerando que convivimos con más de 155 impuestos, múltiples regímenes especiales como el de Tierra del Fuego y una recaudación cuyo 25% depende de gabelas distorsivas, como las retenciones, el impuesto al cheque o los ingresos brutos provinciales. Pero cualquier reforma tributaria requiere una fuerte reducción de gastos para no desequilibrar, ni durante una transición, el ancla fiscal.Cualquier reforma tributaria requiere una fuerte reducción de gastos para no desequilibrar, ni durante una transición, el ancla fiscalEn la Argentina hay 4 millones de empleados públicos, de los cuales 3 millones son provinciales y, medio millón, municipales, además de 1,5 millones de pensiones no contributivas. La “casta política” incluye 1525 legisladores, de los cuales 329 son nacionales y 1196 de las 24 legislaturas locales. Hay concejos deliberantes en 2234 municipios del país, con cargos rentados. La clase pasiva duplica aquel número, con 8 millones de pasivos que dependen de un sistema previsional desfinanciado por falta de aportes. En 2001, eran solo 3 millones, pero la lapicera “solidaria” los multiplicó hasta absorber el 47% del presupuesto nacional. El envejecimiento poblacional agrega el costo de solventar la salud de adultos mayores y también las discapacidades, en muchos casos abusivas o fraudulentas. Todos esos gastos, que limitan los recursos para otros destinos, están blindados con derechos adquiridos, acciones de amparo y cautelares que se tramitan como “máquinas de hacer chorizos”.Esas cifras estratosféricas presionan sobre los fiscos y dificultan la reducción de los impuestos distorsivos y las tasas abusivas. Es un desafío para todos, no solo para Javier Milei. Suele llamarse “experimento libertario” al actual tránsito al borde de un precipicio, como si fueran menos riesgosos los atajos menos experimentales y bien conocidos de Axel Kicillof, Sergio Massa o del incorregible peronismo federal.Suele llamarse “experimento libertario” al actual tránsito al borde de un precipicio, como si fueran menos riesgosos los atajos menos experimentales y bien conocidos de Axel Kicillof, Sergio Massa o del incorregible peronismo federalEl programa en curso apuesta a recargar el tanque de la lapicera mediante la gradual demanda de dinero y no con un chorro de billetes para “reactivar” un consumo artificial que luego se fugue al dólar y espiralice los precios. Ello requiere inflexibilidad en los gastos y consistencia en las decisiones para generar confianza en la moneda, como ya ha comenzado a percibirse. Si se encaran reformas de fondo con apoyo parlamentario y de los gobernadores, se acelerará el círculo virtuoso y la lapicera recuperará una grafía prudente, conforme a la tinta que vaya cargando.El gobierno proyecta un nuevo consenso fiscal para reducir tributos nacionales, provinciales y municipales con un ojo puesto en el “costo argentino”. Y, así como los gobernadores, con buenas razones, reclaman fondos a la Nación, por su parte deben dar transparencia a los gastos, reducir excesos de personal, eliminar el clientelismo, las contrataciones directas, las jubilaciones especiales, los abusos docentes, los registros de constructoras y las colegiaciones forzosas.“Disolver”, “reducir”, “achicar”, “liquidar” y “prescindir” son verbos imperativos que la política siempre elude, pero que ahora deberán reafirmar al unísono las 24 lapiceras menores, siguiendo el ejemplo de la pluma mayor, para igualar las oportunidades de los argentinos, nivelar la cancha de las Pyme y consolidar el buen rumbo del país.
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