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El ser querido: una mujer sin filtros que espera un milagro en plena terapia intensiva
La obra, que combina el drama y la comedia, está protagonizada por Jorgelina Aruzzi
Autora: Jorgelina Aruzzi. Dirección: Jorgelina Aruzzi, Dalia Elnecavé. Intérprete: Jorgelina Aruzzi. Diseño de escenografía y vestuario: Clara Hecker. Diseño de iluminación: Paula Fraga. Música original y diseño sonoro: Rafael Varela. Fotografía: Nacho Lunadei. Producción general: Andrea Stivel, Sebastián Celoria. Teatro: Astros (Corrientes 746). Funciones: miércoles, a las 20. Duración: 70 minutos. Nuestra opinión: Muy buena.“El ser querido” es una frase que oscila entre la mención del afecto y la fría distancia. ¿Querido de quién? ¿querido por quién? Lo que falta es alguna marca de pertenencia, de vínculo. Pero a medida que avanza la propuesta puede comprenderse que ese péndulo en los afectos tiene una razón de ser.La escenografía es simple: unas telas celestes, dos sillas, una mesita, un metrónomo y una guitarra. El espacio se revela junto con el relato. Las telas dividen el espacio semiprivado de una terapia intensiva. La protagonista tiene a alguien internado. Dialoga con interlocutores imaginarios y su principal destinataria es la hija de un hombre añoso que, sin embargo, ha logrado sobrevivir de manera sistemática y sorpresiva.Jorgelina Aruzzi construye un personaje femenino que está en el borde del cansancio, en el margen dolorido del dormir sentada y mal alimentada con la comida del hospital. Las primeras destinatarias de su enojo (construido a base de insultos) son las hijas del hombre que cuida y que no son sus hijas. Repite una y otra vez: “No reanimar”. Las palabras que aparecen sueltas, como descolgadas, se van articulando en una trama que se arma a medida que la puesta se desarrolla. Entonces, se comprenden los insultos: las hijas decidieron que no se hicieran maniobras de reanimación, que simplemente lo dejaran partir. Pero la protagonista que espera, luego se sabrá que lo hace desde hace mucho tiempo, desea la llegada de un milagro.De a poco, se va comprendiendo quién es el internado, un músico de poca monta y muchas ínfulas, con un serio problema de alcoholismo. A esta altura es interesante preguntarse cómo se construye una historia con circunstancias como la espera silenciosa en una terapia intensiva, la presencia de solo una intérprete y el avance del tiempo representado de manera acelerada. Si la decisión hubiera rondado el cuento dramático no habría nada llamativo. Sin embargo, el lugar límite en el que se ubica tanto el personaje como lo que cuenta es justamente la zona de riesgo. La mujer tiene un vínculo con el hombre internado difícil de describir. Ella misma dice que lo cuida, que lo cambia, que lo sostiene, que desea un milagro para él. No encadena sus palabras de manera coherente y ordenada, por el contrario, va escupiendo información salteada, desordenada, que quienes escuchan deben acomodar. Así nos enteramos de que lo conoció cuando tenía 17 años, que proyectaba ser un músico importante, que solo le interesa el rock, que su único éxito no tuvo su firma porque no respondía a su género musical favorito, con todas las consecuencias imaginadas. Nos enteramos de que sus hijas no quieren que lo reanimen, pero luego se comprenden dos cosas: quién es Ale y el vínculo real con la mujer que lo defiende.Ella, la que funciona como garantía de la historia, es una mujer rota: dientes marrones, despeinada, pantalones remendados, gestos desgarbados y dolores constantes por pernoctar en una silla. Busca provocar el milagro. De hecho, cuenta que probó de todo porque la ciencia no pudo resolver y ahora tiene la última esperanza: ella que no sabe tocar la guitarra quiere hacer sonar para el hombre dormido la música de su guitarra favorita para que despierte.Pero todavía no se dijo lo más significativo: el humor que se pone en juego en estas circunstancias. Todo orienta a pensar en el drama, pero la elección de estos personajes y el modo de contarlo están más cerca de la risa que del llanto. Para que esto funcione, la construcción de este personaje es fundamental, con un cuerpo que no sabe y no puede quedarse quieto, con una ausencia absoluta de filtro para lo que dice, con una mirada corrida respecto de todas las cosas, con una capacidad a toda prueba para no ver lo que resulta evidente. Bajo la superficie de lo patético y de un humor nada intelectual se inscriben los dilemas más intrincados sobre las relaciones, la enfermedad, la muerte y las creencias. 4 stars