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Fantasmas, leyendas urbanas y tragedias de la ciudad de Buenos Aires
Diego Zigiotto, periodista y agente de turismo, es un especialista en la historia porteña y cuenta, en una charla con LA NACION, verdades y mitos de la Reina del Plata
“Me gusta ver la reacción de la gente cuando se entera de ciertas cosas de Buenos Aires. Una de las principales es el tema del Cabildo, que todo el mundo piensa que es el de 1810, pero cuando les decís que no es ese mismo Cabildo te miran como diciendo: ‘No me podés decir esto, porque yo crecí con esa idea, ¿cómo que no es?’“.El que habla es Diego Zigiotto, un hombre que ha sabido unir todas sus vocaciones -periodista, escritor, agente de turismo- para llevar adelante un noble objetivo: dar a conocer Buenos Aires, especialmente, a sus propios habitantes. “Me di cuenta de que los porteños no conocen la Ciudad”, asevera este apasionado en la Reina del Plata que ya escribió siete libros sobre la Capital de la Argentina. “No, porque el Cabildo de 1810 era de adobe -continúa el especialista, rebatiendo una creencia arraigada- y le sacaron partes, le sacaron la torre... si ves una foto del Cabildo de 1931 quedó una cosa irreconocible. Entonces lo tiraron abajo y lo volvieron a hacer en el 40. Lo hizo el arquitecto Mario Buschiazzo. Nada es de 1810. Hicieron una réplica similar porque el Cabildo era mucho más grande y ya estaba destruido de hecho”. Zigiotto trabajaba de productor en un programa radial pero decidió abrir otros horizontes y comenzó a estudiar Turismo. Tenía la idea de poner su propia agencia de viajes, pero para ello pensó que debía hacerse conocer por sus futuros clientes. “Se me ocurrió hacer salidas por Buenos Aires”, cuenta en su charla con LA NACION y añade: “Hice ‘Buenos Aires misteriosa’ primero y fue un golazo. De hecho, se sigue haciendo hoy y comenzó hace 22 años”. Ocurrió un día en que el guía turístico le abrió la puerta al escritor. Es que, en las diversas salidas, la gente se sentía abrumada por los datos que escuchaba. Entonces, alguien le sugirió a su cicerone porteño que sería bueno tener toda esa información por escrito. Así nació el primer libro de Zigiotto, Mil y una curiosidades de Buenos Aires. Y fue un éxito. Se sumaron también Mil y una curiosidades del Cementerio de la Recoleta (él trabajaba allí como guía), los libros Buenos Aires misteriosa y algunos otros más, siempre sobre la Ciudad. Actualmente, son cuatro los tours de fines de semana donde se habla de misterios, leyendas urbanas y fantasmas en distintas barriadas porteñas. “Me pareció una buena manera de mostrar la Ciudad. Pero a veces en algunas radios me presentan como ‘el especialista en fantasmas’. Y no, nada que ver, lo mío es Buenos Aires”, aclara el periodista. De todas formas, a lo largo de la charla Zigiotto sí va a hablar de algunas apariciones y presencias espectrales, pero también desmitificará ciertas leyendas instaladas como reales a través de los años. La charla será sinuosa. Sin embargo, se va a empezar desde el principio. Con la primera fundación de Buenos Aires, la realizada por Pedro de Mendoza en 1536. Aquí aparecerá la primera sorpresa. “No fue estrictamente una fundación, sino solo un asentamiento, porque Mendoza no portaba un acta fundacional, que otorgaba la Corona de España. Entonces siempre decimos las dos fundaciones, pero la de Juan de Garay, en 1580, fue la real”. El primer fantasma–Pedro de Mendoza no fundó entonces Buenos Aires, pero se dice que trajo el primer fantasma, ¿cómo es esa historia?–El fantasma de Osorio. Se lo llama el primer fantasma oficial. En la expedición de Pedro de Mendoza todo lo que podía salir mal, salió mal. Él venía muy enfermo de sífilis, deliraba y cuando llegó acá casi no bajaba del barco. Al principio los indios eran amistosos, después no. Encerraron a los españoles. Pedro de Mendoza quiso volver y murió en altamar. Los que se quedaron, murieron de hambre o huyeron a Asunción.–¿Y el fantasma?–En ese tiempo empezaron a decir que salía todo mal por culpa de Juan Osorio. Él era un lugarteniente de Pedro de Mendoza que se llevaba bien con los marineros. Había otro lugarteniente que se llamaba Juan de Ayolas, al que le caía mal Osorio. Entonces, Ayolas le llena la cabeza a Mendoza para deshacerse de él. Le dice que Osorio estaba preparando un motín y Mendoza dice que lo ajusticien. Bajan en la bahía de Guanabara, en Río de Janeiro, y lo matan a Osorio. Dicen que con tantas puñaladas que se le salió el ánima del cuerpo. Ahí empezaron todos los problemas, hubo dos barcos que se perdieron, incluso uno con el hermano de Mendoza, tormentas... y todos decían: “Es el fantasma de Osorio”.–Ese primer asentamiento se quema, ¿fueron los españoles o los indios?–No, lo queman los poquitos expedicionarios que quedaban. Decían que el fuego iba a purificar todo. –Después llega Juan de Garay, en 1580, que funda la ciudad, pero ¿qué nombre le pone?–El acta de fundación, que se perdió, decía: “Mando se intitule ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Ayres”. Lo que pasa es que el nombre de la Trinidad se dejó de usar, quedó el nombre del puerto. Por eso somos porteños. El nombre de Ciudad Autónoma de Buenos Aires se pone formalmente en 1996, nunca se le había cambiado, seguíamos siendo la Trinidad en los papeles. Vivíamos en una ciudad que tenía hasta otro nombre. Y ni siquiera lo sabíamos. -Ya que estamos en tiempos de Garay, ¿qué había en el lugar donde ahora está la sede central del Banco Nación, frente a Plaza de Mayo?-Se dice que Garay cuando distribuye los terrenos de la ciudad se había dejado esa manzana para él, pero no llegó a ocuparla. A los tres años, muere. Así que la gente aprovechaba y sacaba de ahí tierra para hacerse las casas. Después había gente que pasaba por el lugar, que no conocía porque venía de Córdoba, de Tucumán, marineros, y como en ese entonces no había iluminación terminaban cayendo. Buenos Aires era muy chiquita en esa época y la población era muy supersticiosa, entonces terminaron llamando a ese lugar “el hueco de las ánimas”. Ahí después estuvo el primer Teatro Colón, en 1857, el Banco Nacional en 1890 y después, el Banco Nación ya queda en 1944. –¿Puede ser que al subsuelo del Banco Nación se le diga hoy “el hueco de las ánimas”?–Sí, y nosotros decimos que hace unos años aparecieron abiertas algunas cajas de seguridad y nunca se encontró el culpable. Son los fantasmas, nadie se hizo cargo. Con información en mano, Zigiotto es muy efectivo para desarmar eso que se da en llamar mitos o leyendas urbanas. “Me da bronca –afirma–, porque está bien, a veces es más linda la historia vendible, pero es notable cómo se tergiversa todo”. De inmediato, pone de ejemplo su experiencia en el Cementerio de Recoleta: “Tiene 200 años de historia, y con todos los personajes que tiene adentro, entre ellos 21 presidentes, que la gente vaya a buscar fantasmas es para preguntarse: ‘¿Qué hicimos?’ [ríe]“. Rufina, la que murió dos vecesCuando escribió el libro del Cementerio de la Recoleta, el periodista tenía la intención de terminar con esos mitos. “Porque encima te estás metiendo con gente que existió”, dice y añade: “Cuando entré a trabajar allí, el director nos dijo: ‘Acá tienen que tener mucho cuidado con lo que dicen porque puede estar el nieto o el bisnieto de alguno de los que están acá’”.A modo de muestra, el escritor de Buenos Aires misteriosa expone el caso de Rufina Cambaceres, hija del escritor Eugenio Cambaceres, fallecida en 1902, a los 19 años, y sepultada en una bóveda de Recoleta. El mito urbano afirma que murió dos veces. Lo que se cuenta es que sufría de catalepsia, que fue enterrada viva y que, al despertar, se desesperó tanto por salir del ataúd que murió de un ataque al corazón. “La leyenda cuenta que el cuidador del cementerio encuentra el cajón torcido. Entonces lo rompen y descubren que ella estaba toda arañada igual que el raso interno del ataúd. Pero si lo pensás, en un féretro no te podés mover, además el cuerpo va adentro de una caja de metal”, dice el periodista.Otra de las versiones señala que la muchacha logró salir de su cajón, pero al llegar a la puerta del cementerio y mientras rogaba a los gritos que le abrieran, sucumbió de un paro cardíaco. “Esto tiene un poco más de lógica. En aquel tiempo a las personas que sufrían muerte súbita se las dejaba en el depósito que estaba al lado de la puerta”. Para sumar otro condimento a este caso, la bóveda de los Cambaceres tiene en su entrada una estatua en mármol de una joven que está tomando un picaporte. Todo indica que representa a Rufina. “La escultura es un poco ambigua. No sabés si está abriendo la puerta, está entrando o está saliendo”, añade Zigiotto. A la hora de explicar el origen de estas tétricas fábulas, el escritor exhibe una teoría: “Yo creo que quizá empezó en aquella época porque la madre de Rufina era cantante y ser artista era ser de moral dudosa. Surgió hasta el rumor de que asesinó a su hija porque salía con el novio de ella... seguramente la elite de esos años empezó a decir esas cosas. Andá a saber dónde arranca un rumor. Para mí fue eso”. Por fuera del cementerio, hay otra historia que suele deleitar a los porteños porque incluye una dulce revancha. Es la que cuenta que Corina Kavanagh mandó a construir el edificio que lleva su apellido en el barrio de Retiro con el solo objetivo de perturbar a los Anchorena. Es que esta familia, que habitaba el Palacio San Martín, actual sede de la Cancillería, podía ver desde su hogar, a través de la Plaza San Martín, la Basílica del Santísimo Sacramento, un templo que habían mandado a construir para sepulcro familiar. Pero como Mercedes Castellanos de Anchorena rechazó como prometida de su hijo a una hija de Corina, esta decidió levantar la enorme mole de hormigón en Florida y San Martín, una posición estratégica para bloquear a Mercedes y familia la vista de su iglesia. Pero por más bonita que resulte esta sofisticada venganza, las fechas y la tecnología señalan que es falsa: “Eso es muy fácil de probar -explica Zigiotto-. El Kavanagh se hizo muy rápido, en tres años. Se inauguró el 3 de enero de 1936 y Mercedes Castellanos había muerto en 1920. Incluso ahora con Google Earth hice el cálculo: si ella abría la ventana y mir