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Torturas, masacres y cuerpos a los tiburones: el asesinato del dictador caribeño que sumió a su país en el terror durante 31 años
El 30 de mayo de 1961, hace exactamente 65 años, un comando rebelde asesinó a Rafael Leónidas Trujillo, “el Chivo”, uno de los dictadores más brutales en la historia de Latinoamérica
-¿Está muerto el Chivo?-Requetemuerto, Negro. Rafael Leónidas Trujillo va por la carretera que lo lleva de la sede de gobierno de su país al pueblo de San Cristóbal. Allí lo espera una de sus jóvenes amantes. Es la noche del 30 de mayo de 1961. Ese hombre atildado, de bigote fino y modales refinados, es el amo y señor de la República Dominicana. Hace más de 30 años encabeza en esa nación caribeña una dictadura sangrienta, cimentada en crímenes brutales y en un personalismo obsceno, que llegó hasta el extremo de llamar Ciudad Trujillo a la capital del país y Pico Trujillo a su montaña más alta. Falta poco para las 10 de la noche. El elegante Chevrolet Bel Air en el que viaja el tirano con su chofer pasa por el kilómetro 7 de la citada ruta. Un auto lo sigue. Otros dos lo esperan a la vera del camino. El dictador no lo sospecha, pero tiene los minutos contados. Un puñado de hombres, hartos de los excesos del “Chivo” -así lo llaman por su fama de macho cabrío-, se ha complotado para asesinarlo. Y la hora ha llegado. La dictadura más sangrientaEn el siglo XX, Latinoamérica fue una región en la que abundaron las dictaduras. Son muchos los historiadores que coinciden en que, en ese contexto, la de Trujillo fue una de las más sangrientas de todas. Desde 1930 hasta 1961 dirigió con mano de hierro los destinos de su patria. Fue la llamada “Era de Trujillo”. Si bien hubo dos períodos en los que puso presidentes títeres, en esa treintena de años el mandatario, ultimado a los 69 años, fue dueño absoluto de la vida y la muerte de sus compatriotas. Trujillo nació en San Cristóbal en 1891, en el seno de una familia de clase media. En un país con una política en general convulsa y sometida a las ambiciones de los Estados Unidos, el joven Rafael Leónidas encontró la oportunidad de su vida precisamente cuando, en 1916, este país ocupó militarmente la República Dominicana. Los ocupantes llegaron con la justificación de que debían organizar la política y la economía de la nación invadida. En 1918, Trujillo ingresó en la Guardia Nacional Dominicana, un cuerpo militar nacional adiestrado por marines norteamericanos. Allí, el futuro dictador encontró siempre la forma de ascender en sus cargos: era sanguinario con el enemigo -rebeldes que combatían la ocupación-, gran tejedor de alianzas y un experto en adular a sus superiores. La llegada al poderEn 1924, cuando los estadounidenses abandonaron la isla - que República Dominicana comparte con Haití- Trujillo ya ostentaba un alto cargo en la Guardia Nacional. Tres años después lo nombraron general y lo pusieron al frente del ejército de su país. Cuando tres años después estalló una revuelta contra el presidente dominicano, Horacio Vásquez, Trujillo dejó hacer a los rebeldes, que llegaron al poder de la mano de Rafael Estrella Ureña. Poco después este nuevo mandatario llamó a elecciones. Allí se presentó el general dominicano, que ya comenzó desde la previa al sufragio a utilizar la fuerza de sus hombres para intimidar a sus opositores políticos. Finalmente, resultó electo y el 16 de agosto de 1930 asumió como presidente de República Dominicana. Desde allí y hasta su muerte se estima que el régimen de este dictador atroz dejó un tendal de 50.000 muertos. Muchos testimonios aseguran que los restos de muchos de sus opositores desaparecidos terminaban devorados por los tiburones del Caribe. Además de reprimir con detenciones, tortura o muerte cualquier manifestación contraria a sus aires de grandeza y megalomanía, el Generalísimo -así se hacía llamar Trujillo- tuvo en su haber varios casos que resonaron internacionalmente por su brutalidad. Masacres y crímenes atrocesEl primero de los que pueden mencionarse es la Masacre del Perejil. En 1937, en la frontera de República Dominicana con Haití, soldados de este primer país ejecutaron a golpes a miles de haitianos o hijos de haitianos. Se llamó de esa forma a la matanza porque los soldados de Trujillo llevaban consigo ramitas de perejil y pedían a los aldeanos que repitieran esa palabra. Como en la lengua criolla de Haití es difícil pronunciar ese término como lo haría un hispanohablante, los que no tenían la dicción castellana firmaban su sentencia de muerte. Entre fines de septiembre y comienzos de octubre de ese año fueron asesinados en este ominoso episodio de la historia dominicana entre 9000 y 20.000 haitianos. En la década del 40 Trujillo estructuró el sistema de represión de su régimen. Se crearon centros clandestinos de detención y tortura y se produjeron más asesinatos políticos. El brazo que llevó adelante el terror estatal fue principalmente el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), que dirigía el sádico lugarteniente del dictador, Johnny Abbes García. Otro de los casos en los que se evidenció la atrocidad del régimen fue en la desaparición y asesinato de Jesús Galíndez. Era un escritor, abogado y docente español exiliado a República Dominicana que estuvo por un tiempo cerca de Trujillo. Fue funcionario y profesor de Ramfis, el hijo del tirano. Cuando contempló algunas de las acciones salvajes del trujillismo, el vasco Galíndez huyó a los Estados Unidos. Allí denunció los excesos que había presenciado y dijo incluso que Ramfis no era hijo biológico del dictador.En la noche del 12 de marzo de 1956, el español fue secuestrado en Nueva York. Lo sacaron de su departamento, lo drogaron y lo llevaron a Dominicana en una avioneta. Según la página del ministerio de inclusión español, Galíndez se habría encontrado con Trujillo y luego los sicarios del dictador le sacaron los ojos, le cortaron la lengua, le arrancaron las uñas y le machacaron los huesos con un mazo. Después, quemaron su cuerpo y lo echaron a los tiburones. La víctima tenía 41 años. Betancourt y el hartazgo de Estados UnidosEn 1960 la maquinaria criminal del tirano llevaría a cabo otras dos acciones infames. En junio, agentes del Generalísimo colocaron una bomba en una calle de Caracas por donde pasaría el coche del presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt. Este mandatario era un fuertísimo crítico de Trujillo, a quien trataba de sinvergüenza y de canalla. La bomba explotó, el auto del presidente voló por los aires, pero el venezolano salvó su vida, aunque terminó con quemaduras importantes en ambas manos. Como ocurría con otras dictaduras en el centro y en el sur de América, en la República Dominicana también había una fuerte intervención de los Estados Unidos. En el contexto de la Guerra Fría, los norteamericanos querían a toda costa evitar que los regímenes comunistas hicieran pie en esos países, algo que terminó pasando en Cuba en 1959. En un principio, entonces, las administraciones de la Casa Blanca hacían la vista gorda a las aberraciones cometidas por el gobierno dictatorial de Trujillo, porque era un aliado en la lucha contra el avance rojo. Pero con el tiempo, los crímenes de la tiranía resultaron tan graves que Estados Unidos fue poniendo más distancia. El intento de asesinato de Betancourt fue la gota que rebalsó el vaso. Dwight Eisenhower, entonces presidente estadounidense, ordenó cerrar la embajada de su país en República Dominicana y permitió que se desarrollara un plan para eliminar a Trujillo.La CIA aprobó entonces la entrega de unas carabinas semiautomáticas M1 y otras armas a quienes ya estaban organizando el complot contra el dictador. Eran dominicanos hastiados del régimen, incluso varios de ellos militares y con un pasado próximo a la administración de Trujillo. El crimen de “las Mariposas”Pero faltaba todavía otra matanza que conmovería al mundo. El 25 de noviembre de 1960, las hermanas Patria, Minerva y Teresa Mirabal, opositoras al régimen, fueron interceptadas por agentes del SIM mientras volvían de visitar a sus maridos presos políticos. Los hombres de Abbes mataron a las tres mujeres a golpes y luego simularon que habían fallecido en un accidente automovilístico. El asesinato de las que se conocieron popularmente como “las Mariposas” y el burdo intento de ocultarlo generó una enorme indignación en la población dominicana. Se precipitaron entonces las acciones para matar al tirano. Para enero de 1961, con la asunción de John Fitzgerald Kennedy como presidente de los Estados Unidos, los planes norteamericanos para ayudar al fin de Trujillo continuaron en pie. El plan estaba en marchaEn febrero de ese año, el Secretario de Estado Dean Rusk escribió al presidente estadounidense para informar de los avances del complot a Trujillo: “Nuestros representantes en la República Dominicana han establecido contactos con numerosos líderes de la oposición clandestina. Y la CIA ha sido autorizada recientemente a gestionar el envío de armas pequeñas y material de sabotaje a dichos líderes fuera de la República Dominicana”.Pero Estados Unidos realizaría un cambio de planes. Cuando, en abril de 1961, fracasó estrepitosamente en Bahía de Cochinos una operación urdida por los Estados Unidos para terminar con Fidel Castro en Cuba, Kennedy decidió no arriesgar a su país a embarcarse en otro operativo internacional que fracasara. Entonces, JFK ordenó que se dejara sin efecto el plan para asesinar a Trujillo. Pero los disidentes ya estaban completamente decididos a ejecutar su cometido. Tenían los hombres, las armas y las agallas para hacerlo. La noche del asesinatoFinalmente, llegó el día. El 30 de mayo, un espía de los disidentes que trabajaba en el garage donde paraba el Chevrolet azul modelo 57 del sátrapa dominicano les dio una información valiosa. Trujillo saldría esa noche a ver a Mona Sánchez, una de sus amantes, que vivía en San Cristóbal. Y lo haría sin custodia. Solo él y su chofer. El equipo de conspiradores, que estaba conformado por una docena de hombres, tenía como principales organizadores a Antonio de la Maza, Salvador Estrella, Antonio Imbert y Amado García Guerrero. Ellos supieron entonces qué ruta tomaría el déspota y en qué lugar emboscarlo. A las ocho de la noche, estaban todos listos para dar el golpe. Imbert, militar que había sido colaborador de